Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

OPERACIÓN CATARATAS (4, 5 y 6)

El ojo izquierdo.

Empujaron la camilla hasta un rincón de la cámara de descompresión. Para que nos relajásemos, no paraban de notificarnos lo que nos estaban haciendo o nos iban a hacer al tiempo que, tanto mujeres como hombres, lucían el rostro cubierto por una máscara, como huríes del Paraíso de Mahoma, lo que sin duda debía de ser un bálsamo para la mayoría de los que pasaban por allí.

Otro artificio para aumentar la emoción del momento: el enfermero cenizo.

Quienes me conocen ya habrán podido imaginar que yo iba superando las diferentes fases de la atracción con espíritu jovial. «Tengo en ustedes una fe ciega», iba diciendo. Y, si me preguntaban: «Qué, ¿cómo va?» —que me lo preguntaron muchas veces—, mi respuesta era invariable: «De momento, bien; de momento, bien. Todo va bien.»

Hasta que me encontré con el asistente de las gafas y el gesto adusto que me corrigió:

—No siempre todo va bien.

Vaya. El viejo truco. Equivalente a recordarme que los tornillos oxidados existen.

Sin perder la sonrisa y mirándole fijamente a los ojos, insistí:

—Sí. Siempre todo va bien.

Negó con la cabeza y remachó, como sólo puede remacharse un tornillo oxidado:   

—No. No siempre. No todo va bien.

Cuántas veces habré dicho a mis alumnos que se olviden de las palabras siempre y todo porque no existen, porque son vagas, meras muletillas que no significan nada. Siempre y todo son palabras torpes, de mal escritor. Y el enfermero de las gafas y la mirada seria acababa de recordármelo.

Yo carraspeé y, al tiempo que desviaba la mirada hacia un punto del techo, añadí, sonriendo:

—Siempre. Todo.

El viejo truco del enfermero oxidado.

Me inyectaron. Ah, sí. Te colocan. Yo estoy seguro de que la mayoría de los que montan en el Dragon Khan van colocados, ya sea de alcohol como de otras sustancias, pero allí el producto corre por tu cuenta. En la Barraquer, en cambio, ellos se encargan del añadido químico que ha de proporcionarnos el máximo placer en la experiencia. Ese placer que, según Epicuro, es la ausencia de dolor. Primero te sedan para dejarte como una seda, una sensación de ay que a gustín se está aquí. Luego, te atan. Ah, sí, como a las vagonetas de las montañas rusas, no vayas a salir despedido en una de las idas y venidas. Te sujetan con unas bandas anchas fijadas con velcro. Los brazos al costado del cuerpo, ahí quieto. Te pellizcan un dedo con una especie de aguja de tender la ropa que controlará tu tensión arterial. Luego, te duermen el ojo. Te inyectan (no en el ojo, eh, no sé dónde pero no en el ojo, que eso daría mucha grima) te inyectan algo que consigue que, en los instantes siguientes, sólo puedas verte un lado de la nariz. Una de las huríes de rostro tapado viene a pedirte que muevas el ojo izquierdo, que mires arriba, abajo, a la derecha y a la izquierda hasta que no sabes si has podido superar la prueba porque se te ha olvidado que tenías un ojo izquierdo. Y entonces, y sólo entonces, alguien empuja tu camilla para introducirte en el sancta sanctorum. Hasta ahora, sólo han sido subidas y bajadas más o menos divertidas y sorprendentes. Ahora, todos tomamos consciencia de que hemos ido a parar a cinco mil metros de altura y toca la caída libre.

(Continuará.)

 

 

OPERACIÓN CATARATAS (5).

El ojo izquierdo.

Te introducen entre aparatos y planchas metálicas muy próximas a tu rostro y a tu pecho hasta que te encuentran ante la máscara y las gafas y los ojos claros y atractivos de la doctora Barraquer.

Te saluda afectuosamente:

—Hola, señor Martín. ¿Cómo estamos? 

Tú le dices que bien y aprovechas la oportunidad para iniciar un discurso que prolongue la conversación un rato porque das por supuesto que no hay ninguna prisa, estas cosas hay que abordarlas sin urgencias ni precipitaciones. Sin embargo, ella corta mi verborrea con un amable:

—Ahora, mejor guardar silencio para que no se mueva nada.

Y procede.

Las sensaciones que siguen son líquidas. El tacto líquido de humedad en la comisura del ojo, el sonido líquido de manantial, la visión líquida de una acuarela abstracta en colores pastel. Tal vez por eso le llamen cataratas.

Para no pensar en tornillos oxidados, me concentré en el vídeo que estaba preparando, una versión de Miss Otis regrets de Cole Porter ilustrada con imágenes de la película Chicago y la serie Boardwalk Empire. No había encontrado todavía la manera de representar los versos referentes a la llegada de la mob a la cárcel y cuando ahorcan a miss Otis.

—Bueno, ya está  —dijo la doctora—.  Ha ido muy bien, eh.

Y supo decirlo de tal manera que parecía que gran parte del mérito fuera mío.

Tiraron de mi vagoneta. Era ese momento de la gran caída en que tendría que haber levantado los brazos —si no estuvieran sujetos por el velcro— y sonreído ampliamente para salir divertido en la foto que te hacen.

¿Ves?  En eso sí que falla la Clínica Barraquer: no te hacen una foto en plena experiencia, esa foto que luego ponen en un marco donde pone Dragon Khan Port Aventura —Operación Cataratas Clínica Barraquer— y te permite presumir con los amigos en la siguiente celebración. «Esto es cuando bajábamos en el Dragon Khan.» «Uy, ¡qué cara tan rara ponías!» «¿Qué te pasaba en el ojo?»

Vuelvo a estar en la cámara de descompresión. Todo sonrisas escondidas bajo los velos de huríes. Se me acerca el enfermero cenizo:

—¿Qué tal? 

—La experiencia más maravillosa de toda mi vida  —le digo para fastidiarle.

Me mira con odio. En aquel momento, tendría que haberme percatado de que detrás de aquella máscara verde no se escondía el Enfermero Cenizo sino el Doctor Mabuse en persona! 

Me cubren mi ojo inexistente. Noto el esparadrapo en los alrededores de cejas y ojeras, pero nada más. Me conducen hasta la zona de la cortina. Me desatan. Salto alegremente de la camilla y tienen que sujetarme porque estoy todavía bajo los efectos del sedante y las piernas son autónomas.

—Cuidado. Siéntese aquí.

A la guía del dorso de mi mano izquierda han enchufado ahora otro líquido procedente de una botellita que ponen en mis manos. Me siento en una silla de ruedas y me llevan directamente al box, sin pasar por la sala del televisor de Al-Jazeera, de los entrantes y de los salientes.

En el box me recibe Rosa María con su cálida sonrisa.

—¿Qué tal estás? 

—Estupendamente  —le digo. Qué si no.

Me tendrán en observación media horita, mientras se vacía gota a gota la botella de producto químico que la enfermera cuelga de un soporte por encima de mi cabeza. Instalado en el trono suntuoso, devoro una merienda que me traen a base de dos bocadillos de pan de molde con queso y jamón, yogur y agua mineral sin gas. Light pero apetitoso y nutritivo porque hace unas siete horas que no tomo nada, ni agua, por prescripción facultativa.

Otro detalle: en el Dragon Khan no te dan de comer. Más bien al contrario. Muchos de los usuarios, al bajar de las vagonetas, descomen. Yo prefiero comer.

(Continuará.)

 

 

OPERACIÓN CATARATAS (6).

El ojo izquierdo.

Al día siguiente, la doctora me quitó el parche del ojo, me miró con atención, me aseguró que todo había ido muy bien y se inició la semana de la visión descompensada y las gotas cada dos horas. En el ojo izquierdo tenía ciertas molestias soportables pero veía notablemente mejor que en el que todavía no me habían operado. Eso me mareaba un poco a ratos y me obligaba a descansar con los ojos cerrados, escuchando la radio como en mi tierna infancia; y me permitió usar parche negro de pirata —comprado en una casa de disfraces y útil sólo para presumir—  y reírnos un poco a propósito del tema.

A quien me preguntaba cómo había ido la operación, yo le respondía que me había gustado tanto que la semana siguiente pensaba repetir.

La semana siguiente, no obstante, las cosas se desarrollaron de una manera muy diferente.

Nunca segundas partes fueron buenas. O, como diría el amigo Enrique Ventura, Nunca segundas partes fueron buenas DOS.

El jueves, 20 de marzo regresé a la Clínica Barraquer con la sensación de un tedioso déjà vu y la arrogancia del veterano que mira desde las alturas a los pobres novatos asustados. Yo ya había pasado por aquello y podía darles a todos sopas con honda (con un breve entrenamiento previo, porque no he tenido nunca una honda en las manos).

No podía suponer que mi organismo y agitada biografía jamás permitirían una caída en la monotonía. Mientras que los poco imaginativos creadores de Port Aventura se resignan a que un segundo viaje en Dragon Khan sea repetitivo hasta la náusea, el equipo de guionistas de Operación Cataratas 2 se habían reservado unas cuantas sorpresas excitantes. Y no pensaron en Operación Cataratas 3 porque sólo tengo dos ojos (ojos de ver: omitiré cualquier referencia a Lobsang Rampa y a los escatológicos).

La amenaza de glaucoma, que en la primera experiencia se había mantenido al margen y nos había permitido trabajar sin sobresaltos, propició la trepidante aventura de Andreu Martín contra el Doctor Mabuse, en que se dieron episodios apasionantes como la lucha a brazo partido por clavarme la guía en el dorso de la mano. Nuestro héroe estuvo a punto de ponerse a aullar de dolor, pero no podía permitírselo, como se comprenderá, de manera que buscó la formulación de un sarcasmo del estilo de «¿Por qué no prueba de pincharme con una aguja, como hacen todos, y deja de jugar con el cuchillo del pan?», hasta llegar a la síntesis de un Collons! dicho con gran convicción. El Doctor Mabuse decidido a clavarme un tornillo oxidado en el ojo. Pero este material me lo reservo para mi próxima novela de terror. (¡No se la pierdan ni la dejen olvidada en sus asientos!) 

De momento, quedaos tranquilos porque, como siempre, Andreu salió indemne de la aventura, todo terminó con un feliz beso a la guapísima protagonista Rosa María y ya estamos galopando otra vez en busca de nuevas aventuras!

 

 

OPERACIÓN CATARATAS (3)

El ojo izquierdo.

Vienen a buscarme.

—Adelante. Ha llegado la hora.

Bueno, me levanto, me despido de Rosa María con un beso, me planteo si debería haber ido a hacer un pipí, ¿el último pipí? 

—No me han traído la báscula.

—¿La qué? 

—La báscula.

—Ah, bueno, no importa.

¿Cómo que no importa?

Vamos a ver: yo era consciente de que el tema de la báscula había sido introducido con infinita sabiduría para aumentar la tensión del momento. Uno de esos trucos sutiles que sólo conocemos los buenos novelistas y un par o tres de guionistas de Hollywood. Pero los buenos trucos son buenos porque suelen dar los resultados apetecidos. Así que ocupé la silla de ruedas atenazado por un nerviosismo similar al que atenaza a quienes se suben a las vagonetas del Dragon Khan. Que era lo que se pretendía. Vamos allá.

Me llevaron a una sala de espera donde se alineaban en sillas de ruedas como la mía cuatro o cinco personas, algunas con un parche blanco en el ojo, como de piratas buenos, y otras sin parche como yo. Los salientes y los entrantes.

Todas, eso sí, tanto señoras como señores, elegantísimos con su flamante pijama verde y unas zapatillas blancas de esas que dan en los hoteles de lujo. Me sentí raro con mi batín de cuadros y mis maltratadas pantuflas de andar por casa. Un enfermero caritativo me hizo quitar el batín, jurándome que lo cuidaría tan bien como si hubiera pertenecido a su querido bisabuelo. Lo que no supo cómo solucionar fue el problema de las zapatillas. Suerte que ya no disponía de mis anteriores pantuflas, que me regaló mi suegra y tenían la desternillante forma de enormes y acolchadas garras de tigre y tiré por fin a la basura hace un par de meses. 

Reinaba en aquella antesala el mismo ambiente de tensa camaradería que se puede encontrar en la cola de las montañas rusas o en las trincheras de primera línea de combate durante un período de calma.

Los comentarios podrían resumirse con el famoso chiste que contaba Steve McQueen en Los Siete Magníficos.

https://www.youtube.com/watch?v=pxZlv4XxM8g&list=UUEz2Bu3HUSpjyLjUqwKvS4Q

 

Ante nosotros, un televisor pasaba información de Al-Jazeera subtitulada en árabe.

Las vagonetas avanzaban ya y se habían anclado en el engranaje que con su sonido característico de cremallera se encaramaba hacia la cima del ingenio para dejarnos caer al vacío.

Nos iban llamando por nuestro nombre y cada uno de los nominados desaparecía detrás de una cortina. La misma cortina por donde aparecían otros pacientes con un ojo cubierto de blanco.

—¿Qué tal? 

—Oh, estupendo. Pero no dura más de siete minutos.

Por fin, pronunció mi nombre un joven lo bastante joven, alto y fuerte como para atraparme sin problemas en caso de que yo hubiera echado a correr en la dirección incorrecta. Crucé la cortina. Aun sin gafas (que había dejado en el box, al cuidado de Rosa María, junto con el reloj y la alianza), pude ver una sala que me recordó el interior de un submarino en película de Segunda Guerra Mundial, con cuatro o cinco camillas ocupadas por personas inmóviles. El enfermero me ordenó que me encaramase a una camilla y procedió a quitarme mis cochambrosas zapatillas. Son una gente tan bien preparada, tan endurecida por años de experiencias traumáticas, que ni siquiera hizo un mohín de asco. Pensé en la inmensa cantidad de pantuflas, zapatillas y babuchas inmundas que el abnegado joven habría manoseado a lo largo de su vida profesional.

—Túmbese  —me dijo. Me tumbé—.  Levante las manos. —Como en un atraco.

Las levanté para que cubriera mi cuerpo con una manta protectora.

Me clavó en el dorso de la mano izquierda una aguja tan suave como una caricia, que sujetó con esparadrapo. Me iba informando amablemente de todo: esto es la guía para la anestesia, ahora relájese.

Para distraerme y no agobiarme, decidí pensar otra cosa. No obsesionarme con lo que estaba pasando. Si no conocían mi peso, ¿cómo podrían calcular la anestesia que tenían que ponerme?  ¿Me pondrían anestesia como para dormir a un hipopótamo y no despertaría jamás?  ¿Me pondrían la anestesia necesaria para dormir a un mono titi y viviría mi Operación Cataratas retorciéndome de dolor bajo las manos de la doctora? Las vagonetas del Dragon Khan impactando contra la gasolinera. 

(Continuará.)

 

 

OPERACIÓN CATARATAS (2)

El ojo izquierdo. 

En la Clínica Barraquer todo está calculado.

https://www.youtube.com/watch?v=4nxPVNM-Leg

 

Las dos principales salas de espera del vestíbulo están pobladas en su mayoría por chilabas y turbantes, probablemente jeques, familiares de jeques, guardaespaldas y séquitos procedentes de los emiratos árabes, a menos que sean figurantes contratados en el Raval para dar tono. Como su forma de vestir no es especialmente lujosa, hace que te sientas uno más entre iguales y, cuando cierras los ojos aguardando a que te llamen, puedes imaginar que piensas en tus pozos de petróleo, tu harén o que estás tomando el sol en medio de tu desierto, con tu cervecita y tal.

Te llaman y te conducen a una habitación tan reducida que le llaman el box. En la pared, fotografías que plasman la actividad de la Fundación Barraquer en zonas pobres de África, donde practican a lo largo del año un sinnúmero de operaciones gratuitas a gente que ya se daba por ciega y que recupera la visión como quien vive un milagro. Ninguna broma al respecto. También debo destacar que la Clínica Barraquer hace precios especiales, muy rebajados, a quienes demuestran que perciben ingresos por debajo de una determinada cantidad.

El caso es que, en el box, hay de todo: televisor de plasma con tropecientos canales, la mitad de los cuales de Al Jazeera, un sillón formidable como un trono de rey ostentoso y un silloncito más modesto al lado.  Yo enseguida pensé que el gran butacón era para Rosa María, que me acompañaba abnegada y, dado el estado de postración causado por las cataratas, había tenido que transportarme en brazos desde el aparcamiento hasta allí pero no. La enfermera lo dejó claro: el butacón era para mí y para los acompañantes era la butaquita, así que me resigné y ocupé aquel mueble mullido en que cualquier emir habría pagado por instalarse definitivamente.

En el box, una especie de pijama verde y un gorro verde de plástico para impedir que algún mechón de cabellos de mi pelambrera pueda estorbar en la delicada operación. Yo había preguntado a uno de los médicos que me había atendido en días anteriores si debía llevar algún tipo de equipaje para mi odisea y me aconsejó un batín (por si el pijama verde me parecía demasiado frío) y unas zapatillas. Así que, por consejo de la enfermera, me quité toda la ropa excepto los slips o calzoncillos (yo los llamo calzoncillos, la enfermera, más joven y más moderna, los llamó slips), me puse el batín de cuadros —descubrí en ese momento que tal vez necesitaba un zurcido y un lavado— y mis confortables pantuflas, o sea, esas zapatillas de andar por casa, blandas, acolchadas y comodísimas, que tengo desde hace años y de las que suelo prescindir cuando vienen a entregarme un paquete porque eran el juguete preferido de Brisca cuando era pequeña y se pasó largas horas mordisqueándolas, deshilachándolas y deformándolas.

Rosa María, naturalmente, me preguntó:

—¿Estas zapatillas te has traído?

—No tengo otras  —respondí.

—Habérmelo dicho  —replicó ella con una mueca que significaba que ya sabía lo que me iba a regalar por mi cumpleaños. (¡Sorpresa!) 

Esperamos con paciencia de pacientes.

Alterné la práctica del sudoku con la amena conversación con mi esposa y esporádicas nuevas pruebas a las que me sometió concienzudamente una enfermera deliciosa, de esas bellezas que podríamos llamar infantiles: que si la tensión arterial, que si pincharme el dedo, para continuar dando trascendencia al asunto. Lo hacen de manera muy sabia, para que nunca bajes la guardia. Por ejemplo, cuando te someten a un pequeño test: ¿es usted alérgico a algo?, ¿qué medicamentos está tomando?, ¿a qué hora ha ingerido el último alimento?  «El último alimento» suena potente, ¿no?  El último alimento. Y definitivo. Y, por fin, el toque del peso.

—¿Cuánto pesa? 

Ahí sí que me pilló la encantadora enfermera. No sabía cuánto pesaba. Hacía siglos que no me había pesado. No soy de esas personas obsesionadas por el peso, como ese vecino que tenía en el otro piso, que tenía una báscula que cada día vociferaba su peso a través de los tabiques. Últimamente, la gente dice que me he adelgazado, pero con eso no bastaba. La enfermera sonrió y ladeó la cabeza como diciendo «Vaya, señor Martín, por fin una mancha en su historial». Uno de esos instantes en que piensas en tornillos oxidados. «Bueno, le traeré una báscula y se pesará», dijo mientras me miraba con ojillos malvados. No me trajo la báscula. ¿No traen la báscula?  El tornillo oxidado. Oh, Dios mío.

(Continuará.)

 

OPERACIÓN CATARATAS (1)

El ojo izquierdo.

Imagen 

 

Irse a operar de cataratas a la Clínica Barraquer de Barcelona es como subirse a una de las atracciones de Port Aventura, sólo que para vivir las peripecias del Dragon Khan, por ejemplo, no tienes más que pagar una entrada y hacer cola y, en cambio, para acceder al quirófano oftalmológico, tienes que superar previamente una serie de pruebas. Opino que los de Port Aventura deberían adoptar este sistema, que proporciona mucha más emoción a la experiencia.

Cualquiera que mida más de unos cuantos centímetros puede subirse a la vagoneta del Dragon Khan pero, ah, amigo, para ponerse en manos de la doctora Barraquer, tienes que someterte al examen de tu sangre, de tu azúcar, de tus transaminasas, rayos equis, electrocardiograma y otros aparatos de ciencia ficción que aseguran que estás en plenas facultades físicas y mentales. Por ejemplo, se aseguran de que tengas cataratas y, si no las tienes, te miran con la conmiseración que reservamos a quienes pretenden colarse donde no les corresponde, y te dicen: «No, muchacho, tú no eres digno de vivir esta aventura».

¿Os imagináis que hicieran lo mismo en el Dragon Khan?  Ah, no, lo siento, muchacho, no has pasado la prueba de la tensión arterial, no estás en condiciones de someterte a la práctica de este deporte de riesgo.

Puro montaje, claro. Luego pasa todo el mundo, que en las salas de espera y las camillas de la Barraquer tampoco es que yo haya visto supermanes y supermujeres. Gente normalita normalita, incluso un poco más decrépita que en la cola del Dragon Khan. No puede ser que haya tanta gente con cataratas en Barcelona y sí, en cambio, hay enchufes, compromisos y recomendados con pasta. A mí mismo, puestos a confesarlo todo, me dijeron que tenía unas cataratitas más modelo grifo que modelo Niágara para entendernos, que por lo visto podría haber esperado un par de años, pero bueno, les caí simpático y, a la hora de marcar apto o no apto, se decantaron por la primera opción.

Unas pruebas médicas de este tipo pienso que otorgaría a la montaña rusa un extraordinario plus de sensación de riesgo.

Porque lo que hace atractivas a estas prácticas es la sensación de riesgo. Si en el Dragon Khan uno vive el miedo de perder la vida, en la Operación Cataratas se tiembla ante la posibilidad de perder el ojo, que tampoco es moco de pavo (es el ojo). Todo el mundo sabe, si se para a pensar un momento, que ese riesgo no existe. Tanto detrás de la operación oftalmológica como detrás de la aparentemente frágil estructura del Dragon Khan, hay siglos de ciencia y de práctica, centenares de profesionales conscientes de su responsabilidad, miles de pruebas, prácticas, intentos y experimentaciones y millones y millones de euros invertidos para garantizar absoluta seguridad. Claro que una mente asustadiza y paranoica puede imaginar en la superestructura de la montaña rusa un tornillo oxidado y quebradizo que haya pasado inadvertido a los inspectores del parque y que, en un momento dado, se rompa al paso veloz del convoy haciendo ceder el andamiaje del ingenio unos pocos centímetros, creando un quiebro capaz de proyectar las siguientes vagonetas por los aires, como una bala de cañón que surcara los cielos hasta impactar en ese edificio de Salou donde había congregados unos vecinos en una reunión de comunidad, ese edificio que en los bajos tiene una gasolinera que se incendiaría y explotaría en una especie de hongo atómico, pero eso no ha pasado, seguro, no ha pasado, porque se sabría, ni pasará. Claro que algún paciente especialmente aprensivo puede imaginar que la doctora Barraquer podría estornudar mientras se ocupa de él y revivir así la peor imagen de Le Chien Andalou, pero eso no ha sucedido jamás ni sucederá. De manera que, para dar valor a la vivencia, para darle un poco de vidilla, hay que crear esa sensación de riesgo, esa breve inquietud, lo que los novelistas llamamos nudo, que nos prepara para el hondo placer y satisfacción de lo que conocemos como feliz desenlace o happy end.

(Continuará.)

 

 

 

La verdad sobre el incidente del miércoles 5 de marzo de 2014 en el cuartel de la Guardia Civil.

 

ImatgeJornada sobre Novela Negra en el Cuartel de la VII Zona de la Guardia Civil de la Travesera de Gracia de Barcelona. Inaugura el Director General de la Guardia Civil Fernández de Mesa que nos endosa su rollo pero no se queda a escuchar el nuestro.

Una primera mesa redonda en que participamos Carlos Zanón, la juez Concepción Cantón, la guardia Carmen López y yo. Segunda mesa con Lorenzo Silva, Alicia Giménez Barlett, el fiscal anticorrupción Fernando Bermejo y el comandante del cuerpo Daniel Baena.

Todos los ponentes estuvimos la mar de brillantes y hubo aplausos y preguntas por parte del público. Al final, cuando ya cerraba el acto la delegada del gobierno, una señora rubia que no recuerdo cómo se llama, me puse en pie y me dirigí al fondo de la sala.

Un agente uniformado vino a decirme que el acto aún no había concluido porque faltaba que nos regalaran una hermosa estatuilla. Aproveché para informarle de que me había levantado respondiendo a la llamada de la naturaleza y le pregunté si acaso disponían de algún servicio en las proximidades.

Me dijo que sí, que sólo tenía que salir al patio y buscar la puerta de la izquierda.  

Salí al patio y busqué la puerta de la izquierda. Entré por ella y me encontré en un ámbito oscuro. La siguiente puerta daba a un aparcamiento, otra me parece que daba a un despacho y la tercera estaba cerrada. Accioné el pomo y no se abría. Tal vez en otro momento hubiera pensado «Está ocupado» y habría recurrido a mi reconocida paciencia pero, en aquel momento, de pronto, tomé conciencia de que estaba en un cuartel de la Guardia Civil, a oscuras y tratando de abrir puertas cerradas, se me despertó la paranoia y mi comportamiento me pareció que resultaría muy sospechoso a cualquiera que me sorprendiera.

A lo lejos, la gente aplaudía y comprendí que enseguida alguien iba a pronunciar mi nombre para darme mi regalo y no iban a encontrarme en mi puesto. Decidí aplazar el alivio de mi vejiga para más tarde y regresar a la sala lo más de prisa posible. Giré como una peonza, perdido en la tiniebla. Ante mí, la puerta que daba al patio. Quise salir por allí, disparado, y comprobé que no era una puerta que daba al patio sino un ventanal, o no sé cómo llamarlo, un cristal muy transparente y muy blindado, una trampa mortal contra la que choqué de narices y rodilla con la fuerza de un ariete medieval que llama a las puertas del castillo.

A través del cristal impoluto pude ver en el patio que mi amiga Maribel, del departamento de prensa del Cuerpo Nacional de Policía, asistía a la tragedia y se llevaba las manos a la cabeza.

Lo siguiente que contemplé fue el suelo hacia el cual me incliné para no mancharme la ropa al notar el borbotón de sangre que chorreaba de mi nariz y empezó formando goterones ante mis zapatos antes de convertirse en espantoso chorro de grifo que creaba charco.

Tres obsesiones: no mancharme la ropa, esto no duele tanto como temía y qué van a pensar de mí estos señores.

Apareció una señora, probablemente procedente del servicio que yo no había encontrado, y me preguntó qué me había pasado. No sé si se lo conté bien con todos los detalles. Creo que le hablé del puto cristal con buenas palabras. Yo estaba muy ocupado sacando el paquete de kleenex del bolsillo y un pañuelito del paquete para empaparlo en sangre. También me preocupé, no sé por qué, de quitarme las gafas y guardarlas en el bolsillo de la chaqueta.

En el instante siguiente, llegó Maribel acompañada de unos desconocidos en uniforme verde. Consiguieron unos cuantos kilómetros de papel higiénico, hicieron una pelota con ellos y me la aplicaron en la nariz al mismo tiempo que insistían en que echara atrás la cabeza y mirase al techo.

Maribel repetía «¿Y las gafas? ¿Y las gafas?», intrigada ante el fenómeno de que se hubieran volatilizado de resultas del golpe.

También me preguntaba si me mareaba. «¿Te mareas?  ¿Te mareas?». No me mareaba, cosa rara en mí. Incluso me parecía que había de ser humillante marearme en un cuartel de la Guardia Civil.

Tras una minuciosa inspección, uno de los presentes supo encontrar una pequeña herida en mi ceja que también sangraba. «¿Y esto?», me decían. «¿Y esto?». Era tal mi grado de aturdimiento que me resultaba imposible verme la ceja, de manera que no sabía a qué se referían.

Me sentía avergonzado, no sabía cómo disculparme por ponerlo todo perdido. El lago rojo. Me tranquilizaba con la convicción de que me lo perdonarían, los guardias civiles son hombres y mujeres curtidos, acostumbrados a todo tipo de cataclismos, y seguramente no era la primera vez que el suelo de un cuartel se ensuciaba de sangre.

Con la cabeza hacia atrás, la catarata de sangre que hasta entonces había estado regando el suelo se desvió hacia mi garganta. «Trago mucha sangre», informé a quienes me auxiliaban. Me respondían que no, que no podía ser tanta, que es que la sangre es muy aparatosa, de manera que me esforcé en ignorar el fluido vital que iba deglutiendo en cantidades industriales, en aquella especie de autovampirismo. Me consiguieron una silla. «Siéntese, que sentado se sangra con más comodidad.»

—¿Te mareas?  ¿Te mareas? 

—Que no.

Cuando me senté, me entró ese sudor frío y sentí que toda la sangre que corría por mi esófago hacia el estómago se iba de mi rostro.

—Ahora me parece que sí me estoy mareando.

Pero no me escuchaban porque estaban con el asunto del hielo. Maribel pedía hielo.

—No hay  —dijo alguien—. El restaurante está cerrado.

—¿Cómo que no hay?  —protestaba Maribel con esa energía que Dios le dio—.  ¿No están sirviendo copas? ¿Y no hay hielo para el cava y el vino blanco?

Después de los parlamentos se servía lo que se llama un vino español. Allí tenía que haber hielo.

—Ah. Claro.

A la mención del vino, me pareció buena idea pedir un trago, como hacía no sé quién en no sé qué película. Aquel vaquero herido en el pecho al que ofrecían un cigarrillo que aliviase su agonía.

—Vino, vino  —repetía para hacerme el simpático. 

También repetía una y otra vez que estaba mareado como una sopa y que quería tumbarme en el suelo. Pero alguien se oponía, «no, en el suelo no» y me sujetaba con fuerza. ¿Echarme en el suelo?  No, de ninguna manera.

Vamos a ver, no es que yo me pase la vida golpeándome la nariz contra cristales blindados pero una vez, de niño, me mareé durante la misa porque iba en ayunas para comulgar, y otra vez me mareé al ver cómo operaban a un gato y las dos veces se solucionó el problema echándome en el suelo en decúbito prono y poniendo los pies en alto. De manera que impuse mi férrea voluntad de protagonista del drama y terminé en el suelo, mucho mejor así, con los pies en la silla, mano de santo.

Unas manos caritativas sustituyeron la pelota de papel higiénico empapada en rojo por otro tramo kilómetrico que ahora envolvía un paquete de hielo balsámico.

De inmediato pude constatar que mi sistema de coagulación funcionaba correctamente y había finalizado la ingestión de sangre.

Al fin, llegó el médico, un hombre con gafas, todo serenidad. Aplaudió la idea de tumbarme en el suelo después de preguntar si era un acto voluntario o si me había caído, me observó  con atención y me informó de que aquello no era nada y que me había roto el tabique nasal. «No se equivoque», me permití contradecirlo. «El tabique ya venía roto de antes.» Es verdad que tengo un orificio nasal más ancho que otro —pequeño defecto que a distancia no se nota—  pero eso es producto de cuando en el colegio de los salesianos nos enseñaban a hacer el pino. Un día, en casa, traté de explicarle a mi madre el peligro que encerraba esa práctica circense. Todo el cuerpo depende de la fuerza de los brazos —le contaba apoyando las manos en la mesa—  y, si te fallan los brazos… Le hice una demostración de lo que podía pasar si te fallaban los brazos y pegué un fuerte narizazo contra la mesa. Fue entonces cuando se rompió el tabique nasal dándome este perfil tan característico. Y, curiosamente, aquella vez dolió mucho más y sangró mucho menos. Curiosidades del mundo natural. O sea que le dije al doctor que no me había roto nada, que esta nariz tan peculiar ya venía de fábrica. Creo que no me hizo ningún caso.

Unos brazos de hierro me levantaron del suelo y me condujeron a la enfermería. Yo me quería hacer el valiente y decía que no necesitaba puntos de apoyo y que ya estaba mucho mejor. Trataba de bromear y, si hubiera tenido una baraja, les habría hecho un juego de manos para demostrarles mi estoicismo y entereza, pero ellos eran más poderosos. A partir de ahora, cuando hable en mis novelas de cómo traslada la Guardia Civil a los detenidos de un lado para otro, sabré de lo que hablo. Mantenía la pelota de papel higiénico y el hielo contra mi nariz y procuraba caminar como si no hubiera sucedido nada, con andares incluso un poco chulescos, como los que realiza Fred Astaire justo antes de ponerse a bailar claqué.

Dediqué un pensamiento a tantos y tantos personajes de novela negra que recibieron, reciben y recibirán trompazos en la nariz hasta caer inconscientes y nunca han disfrutado de otro cuidado que un vaso de agua fría arrojado a la cara y me compadecí de ellos y, una vez más, no me los creí.

Me tumbaron en una camilla cubierta con lienzo verde. El médico se empleó a fondo. Después de juguetear unos instantes con mis orificios nasales, nos tranquilizó a todos asegurando que yo ventilaba por ambos y ventilaba bien.

Un guardia civil compasivo tuvo la amabilidad de comparecer con un vaso de vino tinto y me lo enseñó de lejos. No fuera caso que, cuando terminásemos la sesión terapéutica la delegada del gobierno, los generales, los escritores y los demás ya hubieran agotado todas las existencias. Ante aquel vaso de tinto, me sentí acompañado y querido. Eso es importante cuando yaces en el lecho del dolor.

La sangre había dejado de manar a chorros y lo más vital, a continuación, era comprobar si yo sabía cómo me llamaba, cuántos dedos había aquí y cuál era el nombre de la delegada del gobierno, que ahí sí que fallé.

El señor doctor me recetó paracetamol, me advirtió de que había tenido una conmoción craneal y que, por tanto, si aparecía algún síntoma alarmante en las siguientes 36 horas, como por ejemplo una morbosa tendencia a escribir poesía o algo parecido, fuera corriendo —con cuidado de no tropezar- a las Urgencias de un hospital de mi confianza. En ese momento, supe que sobreviviría.

Me puse en pie a los gritos de «¡Con cuidado, con cuidado!», y recuperé la confianza en mí mismo al ver que era capaz de mantener el equilibrio yo solito. Di un fuerte abrazo a la querida Maribel, que se había hecho cargo de mi bolsa y mi bufanda y no se había apartado de mi lado en ningún momento. Fue uno de esos abrazos de final de película pero en plan amigos. Luego me contó que, en algún momento de mi ofuscación, un guardia civil me había tomado de la mano y habíamos estado así, agarraditos, unos momentos, imagen que afortunadamente me parece que no vio nadie más. En momentos así, se puede hacer pedazos el prestigio de toda una vida. Mi inconsciente, sano y selectivo, borró inmediatamente de la memoria aquellos momentos todo lo tiernos que tú quieras pero inconfesables. Bebí un sorbo de vino y todo empezó a funcionar mucho mejor.

Instantes después me incorporaba a la fiesta donde aquella multitud comía, bebía y charlaba animadamente de espaldas al siniestro que había sucedido a pocos metros de allí. Así es la sociedad en que vivimos, todo alegría, inconsciencia, confeti y serpentinas a pocos metros de la miseria, la sangre, el sudor y las lágrimas. Fui saludado por todos, que me miraban como debieron de mirar a Lázaro, con esa grima que dan los muertos vivientes aunque no muerdan.

Me puse a comer con aparente apetito para tranquilizarlos. De vez en cuando, me llevaba una servilleta a la nariz para comprobar que la sangre seguía asomando con timidez, que por lo visto no sabía cómo despedirse.

Y esto fue lo que pasó, esto y no otra cosa, en el cuartel de la VII Zona de la Guardia Civil de la Travesera de Gracia de Barcelona, el miércoles 5 de marzo, a las ocho treinta de la tarde.

Estoy bien, no os preocupéis, gracias.  

TÚNICAS MOJADAS EN EL ACRÓPOLIS

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Atenea amarrándose la sandalia.

Su transparente vestido sigue la técnica de las túnicas mojadas inventada por Fidias, donde una cascada de pliegues hace destacar las formas femeninas de la diosa. Se le ha atribuido al escultor Calimaco, creador del capitel corintio. Originariamente se encontraba en el templo de Atenea Niké en la Acrópolis. (Del Blog ARTECONTACTOhttp://artecontacto.blogspot.com.es/2011/02/arquitectura-griega.html)

DOCTEUR PETIOT, 22 RUE LA SUEUR

El 31 de octubre de 1944, dos meses después de que los aliados liberasen París, en una estación de metro un grupo de la Resistencia rodeó a un capitán de las Fuerzas Francesas del Interior y le exigieron que se identificara. 
Dijo que era el capitán Henri Valéri, pero los documentos que mostraba eran una mala falsificación. Quienes lo abordaban lo hicieron cconvencidos de que se trataba del doctor Marcel Petiot sobre el cual acababa de aparecer un artículo en el periódico Résistence titulado «Petiot, soldado del Reich». 

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Plantó cara, tanto a los patriotas de la resistencia como a la policía que intervino en el altercado. 
¿Cómo podían acusarlo de colaborar con los nazis si tiempo atrás había sido detenido y torturado por la Gestapo acusado de dirigir una organización que ayudaba a familias judías para que huyeran a España? Era un patriota, uno de los que lucharon en la sombra, encarcelado y torturado por los alemanes —reiteraba— en la cárcel de Fresnes durante ocho meses. 
No obstante, aquella vez ya convenció a nadie. Si bien era cierto que había caído en poder de los alemanes, también lo era que se había librado de ellos gracias a su ingenio e inteligencia. Y hacía siete meses que la policía francesa había entrado en la mansión que Petiot alquilaba en el número 22 de la calle de La Sueur y había encontrado una gran cantidad de restos humanos en descomposición que el doctor iba quemando poco a poco en dos hornos. Aquél era el destino que esperaba a los incautos que, queriendo escapar del genocidio nazi, habían pagado entre treinta y cincuenta mil francos para que los llevara lejos de París. 
A partir de aquel espantoso hallazgo, el tenaz inspector Massu había reconstruido la vida de un monstruo que ya había sido juzgado antaño por vender heroína y por robo y siempre había eludido a la justicia alegando «demencia evidente». 
Lo acusaron de veintisiete asesinatos, incluído el de un niño de siete años. 
El juicio se inició el 18 de marzo de 1946 y se prolongó a lo largo de quince días, durante los cuales Marcel Petiot se mostró sarcástico o indiferente. 
Fue guillotinado el 25 de mayo de aquel mismo año.

LA DALIA NEGRA

 

El miércoles, 15 de enero de 1947, a primera hora de la mañana, en una zona lujosa de Hollywood, aparecieron los restos de una mujer joven que había sido torturada hasta la muerte. La habían atado y colgado cabeza abajo, la habían quemado con cigarrillos, la habían golpeado, le habían grabado con un cuchillo las iniciales B.D. en un muslo y la habían cortado en dos por la cintura.

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Las huellas dactilares permitieron identificar a la víctima como Elizabeth Ann Short, nacida en 1924 en Boston (tenía 23 años). Quería ser actriz y frecuentaba los bares y nightclubs de Los Angeles siempre vestida por completo de negro. Tenía la piel muy blanca, los cabellos como ala de cuervo y se hacía llamar “La Dalia Negra”.

 

No tuvo éxito, pasó por muchas manos y, cuando bebía mucho, decía que había estado casada con un soldado que había muerto en la India.

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Vivía en Pacific Beach, con una acomodadora de cine llamada Dorothy French que declaró a la policía que, en la tarde del 8 de enero, Beth había salido acompañada de un hombre llamado Red. No volvió a verla viva. Una semana más tarde aparecería el cadáver.

 

La policía encontró a Red: era Robert Manley, pelirrojo de 25 años, casado, que reconoció haber estado con La Dalia la noche del 8, pero tenía coartada para el momento en que se suponía que la habían matado.

 

El 21 de enero, un hombre llamó al periódico Los Angeles Examiner y proporcionó datos que únicamente el asesino podía conocer y el 24 de enero remitió al periódico el certificado de nacimiento de Beth Short, su tarjeta de la Seguridad Social, fotos y otros objetos propiedad de la muchacha.

 

El 27 de febrero el asesino envió una carta que decía que se iba a entregar a la policía el 29 de febrero, a las diez de la mañana.

 

El 29, a la una del mediodía, todavía no había comparecido y, en cambio, les hizo llegar un mensaje:

 

«He cambiado de idea. No me íbais a tratar como merezco. El crimen fue justificado.»   

 

Nunca encontraron al culpable.

 

El caso continúa abierto.

 

 

 

 

 

EL VAMPIRO DE DÜSSELDORF

El 3 de febrero de 1929, un hombre atacó a una mujer en una calle de Düsseldorf y le clavó unas tijeras veinticuatro veces. Se iniciaba una de las series de asesinatos más terrorífica de la historia.

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En realidad, había dado comienzo mucho antes porque el agresor, Peter Kürten, en 1899, con sólo dieciséis años, ya había intentado estrangular a una niña y hasta 1928 había pasado largos períodos en la cárcel por ocho intentos de estrangulación, dos ataques con martillo, el asesinato de una mujer en el transcurso de un robo y veintidós incendios provocados.

En uno de los pocos períodos en que disfrutó de libertad, se casó con una mujer que había cumplido condena por homicidio y que fue muy tolerante con el posterior comportamiento de Peter Kürten.  

Después del ataque con las tijeras, y hasta el mes de mayo de 1930, en que fue detenido, Peter Kürten cometió un mínimo de treinta agresiones con martillos, cuchillos, tijeras o sus propias manos, a hombres, mujeres, niños y niñas, y en el juidio pudieron probarle nueve asesinatos consumados.

Era un individuo pulcro, bien vestido y educado y con Frau Kürten vivían en un apartamento del 71 de Mettmannerstrasse con lo que entonces se definía como una “respetable mediocridad”.

Una de las víctimas que se llevó a su casa pudo escapar y, luego, condujo a la policía hasta el domicilio del monstruo. Él no ofreció resistencia convencido de que sólo podrían acusarlo de intento de violación, pero, cuando le preguntaron por los asesinatos, se puso a hablar de ellos sin parar, añadiendo incluso a la lista algunos crímenes de los que la policía no tenía el menor conocimiento.

El juicio dio comienzo el 13 de abril de 1931, duró diez días y lo sentenciaron a muerte.

Lo guillotinaron el 2 de julio de 1931, y ese mismo año Fritz Lang rodó la película M, el Vampiro de Düsseldorf, interpretada por Peter Lorre e inspirada en los hechos que durante el último año habían llenado los periódicos. 

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VENENO POR VOCACIÓN

El 6 de agosto de 1962, en la cárcel de Broadmoor murió uno de los reclusos llamado Berridge. El forense dictaminó que lo habían envenenado con cianuro, cosa que resultaba sumamente misteriosa si consideramos que en el penal no parecía que hubiera manera de conseguir ese veneno.

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Broadmoor es una institución penitenciaria para enfermos mentales, y por ello fueron muchos los presos que confesaron haber asesinado a Berridge, pero los investigadores no les hicieron ningún caso.

Tampoco prestaron atención al más joven de los candidatos, un muchacho de 14 años de nombre Graham Young.

Y habría sido aconsejable que estudiaran su historial, teniendo en cuenta que Young estaba encerrado allí por haber envenenado a su padre, a su madrastra, a su hermana y a un compañero del colegio; y que, desde los once años, vivía obsesionado por los venenos y sus efectos y siempre llevaba consigo una ampolla con antimonio porque decía que así se sentía más seguro, y cuando lo detuvieron tenía en su habitación veneno suficiente como para matar a 300 personas, y confesó que había echado antimonio o belladona en la comida de casa.

Por si eso fuera poco, en la cárcel tenía acceso a la biblioteca, donde continuaba instruyéndose sobre toxicología.

Allí aprendió que es posible obtener cianuro, mediante un procedimiento muy complicado, a partir de las matas de laurel que había en el patio.

També deberían de haber pensado en él cuando encontraron desinfectante en el café de los funcionarios.

Cuando el psiquiatra consideró que estaba rehabilitado, en 1971, el padre de Young aconsejó que no lo soltasen jamás.

Ello no obstante, lo soltaron y el chico enseguida consiguió trabajo en un almacén donde se manipulaban productos químicos.

 

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Tres días después de haberse incorporado a su puesto, algunos de sus compañeros se pusieron enfermos y dos acabaron muriendo.  El 21 de noviembre de 1971, volvieron a detener a Graham Young.

El 29 de junio de 1972, fue condenado a cadena perpetua y murió encarcelado cuando sólo contaba 43 años.

Tiene una efigie de cera en el Museo de Madame Thoussaud. 

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