Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

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Cómo escribo a cuatro manos (6)

Lo expuesto hasta ahora vale para el tándem con Jaume Ribera, porque tenemos un montón de vivencias profesionales en común y la experiencia de ir escribiendo la saga de Flanagan fue consolidando el método, los sobreentendidos y la práctica. Con otros colaboradores la relación ha sido distinta, naturalmente. Carlos Quílez, gran profesional y amigo, aportó realidad, realismo y verosimilitud a mi vida. Él ponía sobre la mesa argumentos sacados de la vida real y favorecía contactos con los protagonistas de la novela, policías y delincuentes, detectives y abogados que no sólo han enriquecido las novelas ASALTO A LA VIRREINA y PIEL DE POLICIA sino también el resto de mis obras y mi vida. Verónica Vila-San-Juan, con quien escribí IMPUNIDAD, ejerció de lo que es, productora. Generó la idea de la novela, generó el argumento, generó el entusiasmo y situaciones que yo jamás me habría atrevido a redactar.
Siempre es una experiencia enriquecedora escribir a cuatro manos porque con otro siempre llegas más lejos de donde habrías llegado tú solo.
Pero, eso sí, la esencia del trabajo en común siempre es la misma: ante todo el guión, la historia, las anécdotas, lo que vamos a contar. Con todo detalle. Saber lo que vas a contar como si lo hubieras vivido y sólo tuvieras que recordarlo para reconstruirlo. Ése es el secreto. (CONTINUARÁ)

Cómo escribo a cuatro manos (4)

Empieza uno u otro, da igual. Depende de quién esté libre o tenga más ganas. Empieza a escribir como si ya fuera la redacción definitiva de la novela pero con la conciencia de que no lo es. Este primer redactor tiene a su cargo toda la novela, desde el principio al final, pero puede dejarla donde quiera, o saltarse las situaciones que no le apetezca escribir o que no sepa cómo abordar porque son ocurrencias del otro. Y, cuando se cansa o no se ve con ánimo de continuar, se la pasa al colega.
Éste se regirá por el principio de que “no puede ir en una novela a cuatro manos nada que no guste a los dos autores” y, por tanto, tendrá la libertad de entrar a saco en el escrito del otro.
Escribir a cuatro manos es como escribir con un crítico literario leyendo por encima de tu hombro. Pondrás atención en cada adjetivo, en cada réplica de diálogo, en cada descripción porque, cuando la novela vuelva a tus manos, puede ser que hayan desaparecido. Deberás valorar en ese momento si el resultado es mejor que lo que tú entregaste. Al ser una segunda escritura, es fácil que lo sea, pero también es fácil que te cueste aceptarlo. Entonces, tendrás que defender tu primera redacción. Explicar que el adjetivo tenía su motivo, que el diálogo era ingenioso y la descripción imprescindible.
Así es como la novela se va convirtiendo en un producto racional, perfectamente mesurado, motivo de reflexión y, por ende, una estupenda aula de aprendizaje. (CONTINUARÁ.)

Cómo escribo a cuatro manos (3)


(Reunión de coautores a cuatro manos en el Esterri. Jaume Ribera, Andreu Martín, Verónica-Vila-San-Juan, Carles Quílez y JuanJo Sarto.)

Se suceden las reuniones, con comida o sin ella, durante las cuales los dos tomamos nota minuciosa de todo lo que se habla. Al principio, sólo son pinceladas pero, al final, terminamos sabiéndonos de memoria la historia que queremos contar. Empieza de tal manera, se complica de tal otra, aparece la paradoja, incluimos los caprichos de ambos, las situaciones de humor y de acción en los momentos estratégicos y, al fin, llegamos al desenlace de todas las historia que se hemos trenzado (normalmente, dos o tres: la principal y las subsidiarias).
El esquema final (lo que llamaríamos la escaleta, con separación por capítulos y todo) se compondrá con la amalgama de anotaciones de uno y otro autor, porque seguramente se nos habrán escapado detalles que el compañero habrá retenido.
Y, después de un mes o dos de trabajo, ya podemos escribir “Capítulo primero” y dar comienzo a la escritura.
¿Quién da el paso trascendental?
Da igual. Cualquiera de los dos. (Continuará.)

Fragmento de Si hay que matar, ¡Se mata! 

A Esquius le han dado un golpe y lo han dejado sin conocimiento.

[…]
A continuación, todo se volvió tan confuso que no sabía si lo vivía o lo soñaba.
Abrí los ojos cuando Octavio me decía «¿Me oyes, Esquius?» y movían sin contemplaciones mi cuerpo para depositarlo sobre una camilla. Yo quería decir que no hacía falta que me trasladaran a ninguna parte en camilla, que podía caminar, que no pasaba nada, pero no me salían las palabras y nadie parecía dispuesto a hacerme caso.
Salimos disparados, como huyendo de un incendio, a una noche negra llena de luces amarillas y azules de ambulancias y coches de policía y, cinco minutos después, viajaba a toda velocidad, envuelto en atenciones, solicitud y una sirena desquiciante.
Los médicos, o las enfermeras, o lo que fueran, se empeñaban en hacerme preguntas absurdas («¿Cómo se llama?», «Dónde vive?», «Cuántos dedos hay aquí?», «¿Qué oficio tenía su padre?») y Octavio, como si hubiera perdido contacto con la realidad, no dejaba de repetir que no pasaba nada, que no pasaba nada.
En Adiós, muñeca, del maestro Chandler, a Philip Marlowe, que en aquellos momentos debía de tener unos treinta y cuatro años, le dejan sin sentido de un porrazo al final del capítulo noveno, y le pegan una paliza al final de capítulo veintidós, y le tumban de un culatazo en el capítulo veinticuatro, y le drogan en el veinticinco. Y él se limita a decir «Vale, Marlowe, eres un tío resistente, metro ochenta y cinco de hierro forjado, noventa y cinco quilos en pelotas. Todo músculos y mandíbula irrompible. Puedes encajar lo que haga falta.» Y, como aquel que despierta de la siesta, se moja un poco la cara y se va tan contento, dispuesto a recibir alegremente el siguiente correctivo. En la realidad, si has perdido el conocimiento, la gente se lanza sobre ti como los preparadores sobre el púgil en el rincón del ring, entre asalto y asalto, y te tratan como si fueras de porcelana china.
Yo intentaba decirles que estaba estupendamente, como el borracho que dice que está perfectamente sobrio mientras babea a cuatro gatas. Si no me sostenía en pie, era por una simple cuestión motriz provocada por el golpe y el susto y, si me permitían ir al hotel a dormir un poco, al día siguiente estaría como nuevo.
Me llevaron al hospital de Basserra. Allí me hicieron un TAC, y me tomaron radiografías, y me miraron el fondo del ojo, y me volvieron a preguntar cuántos dedos me enseñaban, y siempre me enseñaban tres, y me hicieron andar con los ojos cerrados y, por fin, me encerraron con Octavio y Griselda en una habitación donde había una cama y me prohibieron terminantemente que durmiera durante las cinco horas siguientes.
Me pareció que me sometían a una especie de tortura. La tortura del sueño. Lo que más necesitaba, en aquellos momentos, era echar una cabezada y ellos me ponían frente a una cama y me impedían que durmiera. Y, además, me lo impedían Octavio y Griselda, dándome conversación. […]