Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

OPERACIÓN CATARATAS (3)

El ojo izquierdo.

Vienen a buscarme.

—Adelante. Ha llegado la hora.

Bueno, me levanto, me despido de Rosa María con un beso, me planteo si debería haber ido a hacer un pipí, ¿el último pipí? 

—No me han traído la báscula.

—¿La qué? 

—La báscula.

—Ah, bueno, no importa.

¿Cómo que no importa?

Vamos a ver: yo era consciente de que el tema de la báscula había sido introducido con infinita sabiduría para aumentar la tensión del momento. Uno de esos trucos sutiles que sólo conocemos los buenos novelistas y un par o tres de guionistas de Hollywood. Pero los buenos trucos son buenos porque suelen dar los resultados apetecidos. Así que ocupé la silla de ruedas atenazado por un nerviosismo similar al que atenaza a quienes se suben a las vagonetas del Dragon Khan. Que era lo que se pretendía. Vamos allá.

Me llevaron a una sala de espera donde se alineaban en sillas de ruedas como la mía cuatro o cinco personas, algunas con un parche blanco en el ojo, como de piratas buenos, y otras sin parche como yo. Los salientes y los entrantes.

Todas, eso sí, tanto señoras como señores, elegantísimos con su flamante pijama verde y unas zapatillas blancas de esas que dan en los hoteles de lujo. Me sentí raro con mi batín de cuadros y mis maltratadas pantuflas de andar por casa. Un enfermero caritativo me hizo quitar el batín, jurándome que lo cuidaría tan bien como si hubiera pertenecido a su querido bisabuelo. Lo que no supo cómo solucionar fue el problema de las zapatillas. Suerte que ya no disponía de mis anteriores pantuflas, que me regaló mi suegra y tenían la desternillante forma de enormes y acolchadas garras de tigre y tiré por fin a la basura hace un par de meses. 

Reinaba en aquella antesala el mismo ambiente de tensa camaradería que se puede encontrar en la cola de las montañas rusas o en las trincheras de primera línea de combate durante un período de calma.

Los comentarios podrían resumirse con el famoso chiste que contaba Steve McQueen en Los Siete Magníficos.

https://www.youtube.com/watch?v=pxZlv4XxM8g&list=UUEz2Bu3HUSpjyLjUqwKvS4Q

 

Ante nosotros, un televisor pasaba información de Al-Jazeera subtitulada en árabe.

Las vagonetas avanzaban ya y se habían anclado en el engranaje que con su sonido característico de cremallera se encaramaba hacia la cima del ingenio para dejarnos caer al vacío.

Nos iban llamando por nuestro nombre y cada uno de los nominados desaparecía detrás de una cortina. La misma cortina por donde aparecían otros pacientes con un ojo cubierto de blanco.

—¿Qué tal? 

—Oh, estupendo. Pero no dura más de siete minutos.

Por fin, pronunció mi nombre un joven lo bastante joven, alto y fuerte como para atraparme sin problemas en caso de que yo hubiera echado a correr en la dirección incorrecta. Crucé la cortina. Aun sin gafas (que había dejado en el box, al cuidado de Rosa María, junto con el reloj y la alianza), pude ver una sala que me recordó el interior de un submarino en película de Segunda Guerra Mundial, con cuatro o cinco camillas ocupadas por personas inmóviles. El enfermero me ordenó que me encaramase a una camilla y procedió a quitarme mis cochambrosas zapatillas. Son una gente tan bien preparada, tan endurecida por años de experiencias traumáticas, que ni siquiera hizo un mohín de asco. Pensé en la inmensa cantidad de pantuflas, zapatillas y babuchas inmundas que el abnegado joven habría manoseado a lo largo de su vida profesional.

—Túmbese  —me dijo. Me tumbé—.  Levante las manos. —Como en un atraco.

Las levanté para que cubriera mi cuerpo con una manta protectora.

Me clavó en el dorso de la mano izquierda una aguja tan suave como una caricia, que sujetó con esparadrapo. Me iba informando amablemente de todo: esto es la guía para la anestesia, ahora relájese.

Para distraerme y no agobiarme, decidí pensar otra cosa. No obsesionarme con lo que estaba pasando. Si no conocían mi peso, ¿cómo podrían calcular la anestesia que tenían que ponerme?  ¿Me pondrían anestesia como para dormir a un hipopótamo y no despertaría jamás?  ¿Me pondrían la anestesia necesaria para dormir a un mono titi y viviría mi Operación Cataratas retorciéndome de dolor bajo las manos de la doctora? Las vagonetas del Dragon Khan impactando contra la gasolinera. 

(Continuará.)

 

 

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