Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

Altafulla 2

El Libro Negro.

Conocí al doctor Delclós porque me lo presentó un amigo mío, policía y cliente habitual del restaurante. Había sido el inspector Soria, destinado a la comisaría del pueblo, y cuando lo ascendieron, los amigos le llamábamos Comisoria. Es la persona más habladora que he conocido en mi vida. Me telefoneó y me dijo:

—¿Recuerdas que alguna vez te he hablado de un tal doctor Delclós? Un psiquiatra extraño, muy conocido en determinados círculos de Barcelona. Pues mañana lo llevo a tu restaurante. Te gustará conocerlo. Me acaba de llamar diciendo que me invitaba, que me debía una y que me dejaba elegir, y yo le he dicho que le llevaría a comer el mejor arroz con alcachofas que haya comido nunca. O sea, que ya te puedes lucir. Resérvanos una mesa para cuatro, ¿de acuerdo?

—¿Vais a ser cuatro?

—No: seremos dos y tú, que te sentarás con nosotros como buen anfitrión.

La mesa para cuatro del rincón, un arroz con alcachofas a punto y la sugerencia de probar un poco de pulpo, que gusta mucho, la ensalada de anguila ahumada y el canelón XL de carne acompañado de tostadas con tomate, para acabar con el pastel de zanahoria, todo regado con un Cantaperdius, de unas bodegas de aquí cerca, de la Nou de Gaià.

El doctor Delclòs tendrá cuarenta y pocos, lleva gafas y una barba muy bien recortada, no es calvo pero lo será pronto, lacónico y amable, no necesitó más de diez palabras para decir que le gustaba mucho la zona del pueblo donde estamos, y la decoración del restaurante y que estaba encantado de conocerme. El Comisoria hablaba por los dos. No calló en toda la comida. Pude comprobar que Delclós disfrutaba de cada plato, saboreando con delectación el arroz, concentrándose en la degustación del pulpo y en la cata cuidadosa del Cantaperdius; pero nuestro común amigo policía no propició ninguna clase de diálogo gastronómico. Es una persona muy abierta al monólogo.

Cuando finalmente pude sentarme a su mesa para conocer al doctor y permitirle que me halagara con palabras de elogio, Soria no lo permitió. Se volvió hacia mí y dijo, sin prolegómenos:

—Hace cosa de un año, vino un tipo a la comisaría de Tarragona para poner una denuncia. Eloy Arilla Poyato, se llamaba. Quería comprarse una casa por la Riera de Gaià, aquella que llaman La Artiga, ¿te acuerdas?, una que está en ruinas, unos quinientos metros cuadrados de terreno que no interesan a nadie. Bueno, la quería para construirse una segunda residencia. Y, cuando estaba haciendo los trámites, alguien, tal vez el vendedor, le dijo que había una leyenda referente a aquellas ruinas. Un tesoro escondido. No sería la primera masía construida sobre unas ruinas romanas donde aparece un ánfora llena de monedas. Cuentan que los romanos solían esconder sus ahorros enterrándolos cerca de las casas y que, a veces, el que conocía el secreto moría sin revelarlo, o tenían que largarse precipitadamente, y el tesoro quedaba perdido para siempre. Ahora, hay quien se pone a hacer obras cerca de una vieja masía y se encuentra el premio sorpresa. Después, no pueden hacer nada con el tesoro, porque pertenece al patrimonio nacional, pero siempre se lo pueden esconder, no decir nada a nadie y hacer circular las monedas, poco a poco, entre coleccionistas numismáticos. En fin, que el caso es que a Eloy Arilla le contaron este cuento añadiendo que el tesoro estaba protegido por un hechizo y que, si conseguía romper el hechizo, el tesoro sería suyo.

» Entonces, fue, ¿te acuerdas de aquella librería esotérica que había cerca de aquí, junto a la muralla, donde vendían bolas de cristal y velas aromáticas y estampitas de santos y esas cosas de magia negra? Que la llevaba uno que le llamaban El Grunas, Martí Gruner Peláez, que él decía que se llamaba Grunatski y le llamaban el Grunas? Pues Eloy Arilla fue a ver al Grunas, y le habló de la existencia del tesoro encantado y le pidió un sistema para romper el hechizo.

» El Grunas le dijo que lo estudiaría, pero que le iba a salir caro. Y, unos días después, le llamó: que ya tenía la solución mágica y que a Eloy le costaría diez mil euros. Eloy fue a la tienda, que se llamaba Kobe, ¿te acuerdas ?, Kobe se llamaba la tienda, y le aforó los diez mil euros al Grunas, y el Grunas a cambio le dio un libro. Bueno, un libro, una mierda de libro, dos tapas duras de color negro y de este tamaño, así como de un folio, y dentro cuatro o seis páginas, no más, cuatro o seis, escritas de cualquier manera con unos caracteres muy raros, como letra de médico, ¿sabes?, que parece que tienes que entenderla pero no se entiende nada, y cuatro símbolos estrafalarios y dos dibujos y estrellas y chorradas así. El caso es que Eloy lo miró, dijo que él no entendía nada, que qué era aquello. Y dice que el Grunas le dijo que tenía que hacer un esfuerzo para descifrar un libro que venía directamente de manos del Demonio. Que no podía pensar que encontrar un tesoro encantado fuera tan fácil como leer un manual de instrucciones. Tenía que implicarse. Y, cuando ya se iba, el Grunas le dijo: «Míralo en Internet: hoy en día, si buscas, todo lo encuentras en Internet». El caso es que le convenció a medias y Eloy Arilla se fue a su casa con aquello.

» Dice que se hartó de buscar aquellos símbolos y garabatos en Internet antes de llegar a la conclusión de que le habían enredado.

» Llamó al Grunas y le montó un pifostio: que iría a la policía, que lo denunciaría por estafa, que se le iba a caer el pelo… Y el Grunas, sin inmutarse, le dijo que fuera aquella noche, era sábado, que fuera aquella noche cuando faltaran cinco minutos para las doce, a la tienda y que le presentaría a la única persona capaz de transmitirle el contenido del libro. Pero Eloy tenía que llevar diez mil euros más. Eloy de entrada se negó, discutieron, se amenazaron mutuamente, el uno diciendo que llamaría a la policía, el otro diciendo que no sabía con quién se jugaba los cuartos, que se trataba de un ente superior y todopoderoso. Finalmente, Eloy accedió, pero advirtiendo «No pagaré hasta que tenga la traducción completa del libro y lo haya entendido». El otro se mostró conforme, y Eloy esa noche se presentó en la tienda Kobe, que en euskera significa Cueva, con diez mil euros en el bolsillo. No llevaba consigo lo que él llamaba Libro Negro porque pensó que el «ente superior y todopoderoso» que debía conocer no necesitaría leer nada para explicarle el gran secreto.

» Entonces, ¿qué pasó? No sabemos lo que pasó. Él, al día siguiente, nos dijo que, cinco minutos antes de la medianoche, encontró la puerta de la tienda entreabierta, que la empujó y que entró. Dentro, en la penumbra, le esperaba el Grunas vestido con una túnica negra. Lo condujo a la trastienda, donde había abierta una trampilla que llevaba al sótano, donde se veía luz de velas y de antorchas. Bajaron por una escalera muy estrecha y Eloy Arilla declaró que se encontró en una especie de templo satánico lleno de gente rara, algunos cubiertos con túnicas, otros completamente desnudos, otros con máscaras horribles, bailando y follando. Una especie de orgía sexual. Dice que el Grunas, en cuanto estuvo al pie de la escalera, se quitó la túnica negra y se quedó en pelotas. En una mesa, toda clase de bebida y comida y, al fondo, presidiéndolo todo, un hombre muy peludo, muy tatuado, pintado de rojo, desnudo, con una verga descomunal colgando entre sus piernas. En un atril, a su lado, tenía un libro igual al que le habían vendido.

» Aquel hombre rojo, que Eloy Arilla identificaba con el Demonio, le preguntó en perfecto catalán qué era lo que quería. Él le dijo «Ya sabes lo que quiero». El Diablo le dijo «Tienes que escribir tu nombre en mi polla, y entonces te lo diré». En ese momento, Eloy Arilla dice que se sintió tentado de hacerlo. Contra su voluntad. Se encontró con un rotulador en la mano derecha y le vino la convicción de que, si escribía su nombre como le pedían, sería igual que firmar el contrato de venta de su alma. Dice que él no quería hacerlo pero que una fuerza superior la empujaba hacia adelante, le iba aproximando al hombre feroz, a su atributo viril, y no se podía negar. Dice que las otras personas que había en el templo se reían de él y proferían bromas obscenas. Aterrado, Eloy agarró una pequeña cruz de oro que lleva colgada al cuello y la mostró al hombre diciendo: «Jesús, María y José, válgame Dios y la Santa Virgen, vuelve al Infierno». Entonces, me aseguró que se había producido una especie de explosión sorda, un relámpago terrorífico y se hizo la oscuridad y perdió el conocimiento. »

El Comisoria hablaba y hablaba, y a mí me interesaba mucho su relato pero también quería oír la voz del doctor Delclós, y lo miraba con insistencia, a veces alzando la barbilla como para preguntar «Qué, ¿qué te parece la comida?» y a veces sonriendo para responder a los gestos discretos del comensal que me premiaba frunciendo un poco los ojos o uniendo los dedos pulgar e índice delante de la boca para indicar que el canalón, por ejemplo, le parecía muy bueno.

Y nuestro amigo policía continuaba el relato, indiferente al mundo, como si fuera un aparato de radio encendido.

—… Eloy Arilla volvió a abrir los ojos, de madrugada, cerca de las seis, en la carretera de Torredembarra, en un descampado. Le dolía mucho la cabeza y, naturalmente, no tenía los diez mil euros en el bolsillo. Hecho una mierda, hizo autostop, pidió que le llevaran a la centralita de la Policía Local, y puso la denuncia diciendo que le habían estafado veinte mil euros.

» Lo llevaron al Hospital de Sant Pau y Santa Tecla de Tarragona y allí, con el test de alcoholemia, le detectaron más de 1.5 g / l en sangre y con el análisis de la saliva, encontraron presencia de drogas. Luego, lo trajeron a mi despacho, porque estoy en el Grupo especializado en Estafas, y ante mí repitió la declaración. Que le habían vendido por diez mil euros un libro que era una estafa, que lo habían citado en una especie de aquelarre donde un individuo disfrazado de demonio en una especie de templo satánico subterráneo le había robado diez mil euros más. Dio nombres y apellidos, Martí Grunat Peláez, propietario de la librería esotérica Kobe de Altafulla.

» Podría haber citado a Martín Grunat en la comisaría pero decidí ir personalmente porque quería ver aquella especie de templo satánico subterráneo, tenía curiosidad, y no quería dejar pasar mucho tiempo para que no me lo desmontaran. Así que vine a Altafulla el mismo lunes, y me presenté en la Kobe por sorpresa.

» En cuanto vi al Grunas, supe que era culpable de algo. Tenía una mirada sesgada, provocadora y burlona, ​​y la media sonrisa de alguien que no era la primera vez que se encaraba con la policía y que se sentía muy superior al resto de los mortales.

» Le pregunté si conocía a Eloy Arilla y, de momento me dijo que no, que por el nombre no, pero cuando le hablé del Libro Negro, lo recordó y me dijo que se lo había vendido hacía un par de semanas por cincuenta euros.

» —Él dice que le pedisteis diez mil euros.

» —¿Cuánto? –se rio el dueño de la tienda.

» —Diez mil euros.

» —Es un disparate. ¿Y tiene una factura o algo para demostrarlo?

» —Él dice que se lo cobrasteis.

» El Grunas se encogió de hombros, significando que era la palabra de uno contra la del otro. Y tenía razón.

» —Y dice que el sábado por la noche lo invitasteis a una especie de aquelarre aquí, en esta tienda.

» —¿Una especie de aquelarre?

» —En el sótano de esta tienda.

» —El sábado por la noche, hicimos una fiesta en el sótano de esta tienda y él se presentó sin que nadie lo invitara. Quería hablar del Libro Negro, sí. Quería que hiciéramos una interpretación. Le dijimos que cualquiera puede hacer la interpretación que quiera de ese libro. Y él se incorporó a la fiesta y se lo pasó en grande. Bebió como un cosaco. No he visto nunca a una persona beber tanto en tan poco tiempo.

» —¿Puedo ver el sótano?

» Se encogió de hombros otra vez, con la absoluta indiferencia de quien no tiene nada que ocultar, y el Grunas me llevó a la trastienda, levantó la trampilla del suelo, me dijo «cuidado con la escalera» y bajé al almacén. Porque no era otra cosa que el almacén que esperas que tenga una tienda de cosas de magia. Había cajas de libros, y estanterías con libros y con objetos de los que vendían arriba. Velas, calaveras, bolas de cristal, cruces colgadas boca abajo, tapices con una estrella de cinco puntas, otros representando un chivo, o el número seis seis seis… Era evidente que habían retirado cajas y estantes contra las paredes para dejar un espacio vacío en medio donde se había celebrado una fiesta. Una mesa larga con restos de comida reseca, botellas de vino vacías y vasos sucios. En un rincón, dos colchones manchados, uno al lado del otro.

» —Una buena fiesta —comenté—. ¿Cuántos erais?

» Yo y dos amigos y tres chicas que contratamos en el puticlub de la carretera de Torredembarra. Y luego se añadió Eloy, por el morro, sin pagar nada.

» —¿Y qué pasó?

» —¿En la fiesta? Ya se lo puede imaginar.

» —Con Eloy.

» —Bueno, digamos que bebió mucho, hizo uso de una de las señoritas y se fue. Por cierto, que casi se cae de cabeza al subir las escaleras, que tuvimos que ayudarle, y quería salir a la calle con la polla fuera de los pantalones.

» —¿Podrá darme los nombres de los otros dos amigos y de las chicas que estaban con usted?

» —De amigos, sí. No hay problema. Las chicas… Podemos ir al puticlub y le enseño cuáles eran.

» Regresé a Tarragona y llamé a Eloy para pedirle que me llevara el famoso Libro Negro, como prueba, y algún comprobante bancario que demostrara que él había dispuesto de aquellas dos extracciones de diez mil euros, o como mínimo una.

» Eloy se presentó en mi despacho con el libro, dando por supuesto que era la demostración irrefutable de la estafa sufrida, y muy nervioso porque no existía ninguna constancia de que hubiera sacado los dos mil euros del banco porque no los había sacado del banco. Confuso, me confesó que los tenía en casa, en su caja fuerte, y añadió que no le gustaría que su mujer se enterase de que había dispuesto de aquel dinero.

» Yo le hice notar que, si seguíamos con la investigación, alguien podría pensar que se trataba de dinero negro, y a Eloy Arilla le brillaron los ojos de manera significativa. Pensé que la compra de La Artiga de la Riera de Gaià a lo mejor sólo pretendía ser un arreglo para blanquear dinero. A continuación, le conté la versión que el Grunas hacía del supuesto aquelarre, con la presencia de las chiquitas del puticlub y la abundancia de alcohol y drogas que habíamos encontrado en la sangre de Eloy, y entonces, le salió todo el cabreo contra mí. De repente, vio que tendría que retirar la denuncia si no quería que se le complicara muchísimo la vida, tanto con su mujer como con los inspectores de Hacienda. Se puso en pie, gritando que aquello era una injusticia, que le habían estafado veinte mil euros y que ahora la policía se lavaba las manos, y que nos hacíamos cómplices de los estafadores y no sé cuántas cosas más. Me tiró el Libro Negro a la cabeza y salió del despacho pegando un portazo.

» Me faltó tiempo para llamar al amigo Delclós y decirle “Tengo que contarte una de esas historias que a te gustan”. Nos encontramos para comer, en Barcelona, ​​un día que tuve que ir a hacer unas gestiones; le conté la aventura de Eloy Arilla y le regalé el Libro Negro. Había pensado que le haría gracia y, efectivamente, le encantó. Y anteayer me llama el doctor y me dice: “¿Te acuerdas de Eloy Arilla? Pues te invito a comer. Elige tú el restaurante”. Y aquí estamos. Como todo sucedió en Altafulla, pensé en ti. A ver que nos quiere contar, nuestro querido doctor.

—¿Ya te callas? —pregunté al Comisoria—. ¡Menos mal! Pensaba que no ibas a callar nunca. Antes de continuar, ¿qué le ha parecido la comida, Delclós?

—Exquisita.

—¿El arroz con alcachofas?

—Memorable.

—¿El Cantaperdius?

—Es fresco, redondo y suave. Un poco áspero por los taninos. Pero, si me permiten… —Se metió la mano en el bolsillo y sacó algo que le cabía dentro del puño. Se dirigió a Soria, como si yo no existiera—. Te había invitado a comer porque pensaba que te lo debía. –Movió el puño cerrado delante de la nariz del policía y, como hacen los prestidigitadores, hizo aparecer entre los dedos pulgar e índice una brillante moneda de oro. Pequeña pero deslumbrante—. ¿Sabes qué es esto? Un sestercio romano de oro de antes de Cristo. Mira: lleva la inscripción «Veni vidi vici», las palabras que Julio César pronunció en el 47 antes de Cristo delante del Senado para describir en pocas palabras la batalla de Zela donde venció al rey Farnaces II del Ponto. Es una joya de gran valor arqueológico. Con él, pueden hacer un colgante para tu mujer. Permíteme que te la regale.

Tanto el Comisoria como yo nos habíamos quedado boquiabiertos.

No sabíamos qué decir.

Soria agarró la moneda en cámara lenta, pero no podía apartar la vista de los ojos de su amigo Delclós.

—Pero… —balbuceaba—. El libro, el Libro Negro. ¿Supiste descifrar el Libro Negro? —El doctor Delclós no podía decir ni que sí ni que no. Sólo miraba al policía al fondo de los ojos y lucía una sonrisa tibia—. ¿Pero cómo lo hiciste? ¿Cómo pudiste descifrar el libro?

— Internet —dijo el doctor Delclós—. Hoy en día, si buscas, todo lo encuentras en Internet.

(Inspirado en la anécdota citada por Salvador Vilarrasa en la revista Scriptorium, volumen VI, Ripoll 1928, que consta en el libro de JUAN AMADES «Bruixes i bruixots» de 1934.)

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