Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

Visita al doctor

(…) Me recuerda esto la primera vez que tenía que someterme a un reconocimiento de próstata. Hay que vigilar que el càncer no ataque por los bajos y llega un momento en que todo hombre no tiene más remedio que pasar por esa experiencia. Me habían avisado de cómo era eso. Por lo visto, el doctor tiene la obligación de introducirte un dedo hasta lo más profundo de tu zona rectal. Eso es algo para lo que deberían prevenirte tus padres desde tu más tierna infancia. “Llegará un día, hijo mío, en que por el bien de tu salud, vendrá un médico y etc.”
El caso es que me preparé a conciencia. Me duché bien duchado, me puse mi ropa interior preferida y allá fui. El doctor escuchó atentamente los síntomas que yo debía comunicarle, me hizo preguntas, las respondí y me recetó un anàlisis de sangre. A continuación, se levantó, me estrechó la mano y me despidió.
¿Y…?
Debo confesar que me quedé desconcertado. No sabía cómo despedirme. Resulta un poco difícil decirle a un desconocido: “¿No tenía usted que meterme un dedo por el culo?” De manera que no lo dije y me fui algo contrariado. Durante los días que siguieron tuve algo parecido a un problema de autoestima. ¿Qué le había pasado al médico conmigo? ¿Había algo en mi aspecto que le impedía tratarme como a cualquier otro paciente…?
Pensé que la terrible experiencia se produciría en la segunda visita, cuando le llevara los resultados de los anàlisis, de manera que una vez más me vestí y me preparé adecuadamente para la ocasión y me presenté en la consulta con el nerviosismo de quien se dispone a sufrir una ceremonia de iniciación o algo así.
El doctor se puso las gafas, leyó los anàlisis atentamente, se quitó las gafas y me dijo que tenía el gusto de comunicarme que mi próstata estaba en perfecto estado de revista.
Y, por lo visto, ya estaba. Parecía convencido de que ya se había ganado su sueldo. ¿Cómo podía conocer el estado de mi próstata sin el temido tacto rectal? Por un momento, estuve a punto de decirle algo así como que yo no me movía de allí si su diagnóstico se basaba en meras suposiciones y no se rebajaba, como Santo Tomás, a una comprobación palpable de la herida.
Supongo que vio el ansia en mi rostro porque, con sonrisa condescendiente, creyó oportuno comunicarme que las ciencias adelantan que es una barbaridad y que ahora basta con comprobar la cantidad de una cosa que se llama PSA en la sangre para que los sabios conozcan el estado de nuestras próstatas como si las estuvieran viendo en fotografía.
Creo que me despedí de él con lágrimas en los ojos.

3 Respuestas a “Visita al doctor

  1. Jordi 19 enero 2011 en 06:53

    Gracias por tu anecdota, voy a dormir mucho más tranquilo a partir de ahora, sabiendo que ningún doctor o doctora (no sé cual es peor) va a poner su dedo en mi parte más íntima.
    Una historia muy divertida :))

  2. Maestro Ciruela 28 marzo 2011 en 17:56

    Pues le juro por lo más sagrado, que es mi recto, que me acaba de dar una de las mayores alegrías de mi vida, ya que estaba totalmente convencido al igual que usted, de que habría de pasar por ese penoso trance. Motivo por el que a pesar de empezar a ser mayorcito, ni se me ocurría investigar sobre el tema. ¡Antes muerto en la flor de la edad, que vejado! Se me ocurre que quizá los médicos sientan también un alivio al respecto, ¿no cree usted…?

  3. Maestro Ciruela 15 mayo 2011 en 20:47

    Ah, pero… ¿es usted de esos que se la cogen con papel de fumar y no contestan a los tertulianos? ¡Pues le advierto que si espera que el blog se lo apañemos entre unos cuantos, mientras usted entra en contacto con sus genitales, anda listo!
    ¡Que lo zurzan, Sr. mío…!

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