Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

OPERACIÓN CATARATAS (4, 5 y 6)

El ojo izquierdo.

Empujaron la camilla hasta un rincón de la cámara de descompresión. Para que nos relajásemos, no paraban de notificarnos lo que nos estaban haciendo o nos iban a hacer al tiempo que, tanto mujeres como hombres, lucían el rostro cubierto por una máscara, como huríes del Paraíso de Mahoma, lo que sin duda debía de ser un bálsamo para la mayoría de los que pasaban por allí.

Otro artificio para aumentar la emoción del momento: el enfermero cenizo.

Quienes me conocen ya habrán podido imaginar que yo iba superando las diferentes fases de la atracción con espíritu jovial. «Tengo en ustedes una fe ciega», iba diciendo. Y, si me preguntaban: «Qué, ¿cómo va?» —que me lo preguntaron muchas veces—, mi respuesta era invariable: «De momento, bien; de momento, bien. Todo va bien.»

Hasta que me encontré con el asistente de las gafas y el gesto adusto que me corrigió:

—No siempre todo va bien.

Vaya. El viejo truco. Equivalente a recordarme que los tornillos oxidados existen.

Sin perder la sonrisa y mirándole fijamente a los ojos, insistí:

—Sí. Siempre todo va bien.

Negó con la cabeza y remachó, como sólo puede remacharse un tornillo oxidado:   

—No. No siempre. No todo va bien.

Cuántas veces habré dicho a mis alumnos que se olviden de las palabras siempre y todo porque no existen, porque son vagas, meras muletillas que no significan nada. Siempre y todo son palabras torpes, de mal escritor. Y el enfermero de las gafas y la mirada seria acababa de recordármelo.

Yo carraspeé y, al tiempo que desviaba la mirada hacia un punto del techo, añadí, sonriendo:

—Siempre. Todo.

El viejo truco del enfermero oxidado.

Me inyectaron. Ah, sí. Te colocan. Yo estoy seguro de que la mayoría de los que montan en el Dragon Khan van colocados, ya sea de alcohol como de otras sustancias, pero allí el producto corre por tu cuenta. En la Barraquer, en cambio, ellos se encargan del añadido químico que ha de proporcionarnos el máximo placer en la experiencia. Ese placer que, según Epicuro, es la ausencia de dolor. Primero te sedan para dejarte como una seda, una sensación de ay que a gustín se está aquí. Luego, te atan. Ah, sí, como a las vagonetas de las montañas rusas, no vayas a salir despedido en una de las idas y venidas. Te sujetan con unas bandas anchas fijadas con velcro. Los brazos al costado del cuerpo, ahí quieto. Te pellizcan un dedo con una especie de aguja de tender la ropa que controlará tu tensión arterial. Luego, te duermen el ojo. Te inyectan (no en el ojo, eh, no sé dónde pero no en el ojo, que eso daría mucha grima) te inyectan algo que consigue que, en los instantes siguientes, sólo puedas verte un lado de la nariz. Una de las huríes de rostro tapado viene a pedirte que muevas el ojo izquierdo, que mires arriba, abajo, a la derecha y a la izquierda hasta que no sabes si has podido superar la prueba porque se te ha olvidado que tenías un ojo izquierdo. Y entonces, y sólo entonces, alguien empuja tu camilla para introducirte en el sancta sanctorum. Hasta ahora, sólo han sido subidas y bajadas más o menos divertidas y sorprendentes. Ahora, todos tomamos consciencia de que hemos ido a parar a cinco mil metros de altura y toca la caída libre.

(Continuará.)

 

 

OPERACIÓN CATARATAS (5).

El ojo izquierdo.

Te introducen entre aparatos y planchas metálicas muy próximas a tu rostro y a tu pecho hasta que te encuentran ante la máscara y las gafas y los ojos claros y atractivos de la doctora Barraquer.

Te saluda afectuosamente:

—Hola, señor Martín. ¿Cómo estamos? 

Tú le dices que bien y aprovechas la oportunidad para iniciar un discurso que prolongue la conversación un rato porque das por supuesto que no hay ninguna prisa, estas cosas hay que abordarlas sin urgencias ni precipitaciones. Sin embargo, ella corta mi verborrea con un amable:

—Ahora, mejor guardar silencio para que no se mueva nada.

Y procede.

Las sensaciones que siguen son líquidas. El tacto líquido de humedad en la comisura del ojo, el sonido líquido de manantial, la visión líquida de una acuarela abstracta en colores pastel. Tal vez por eso le llamen cataratas.

Para no pensar en tornillos oxidados, me concentré en el vídeo que estaba preparando, una versión de Miss Otis regrets de Cole Porter ilustrada con imágenes de la película Chicago y la serie Boardwalk Empire. No había encontrado todavía la manera de representar los versos referentes a la llegada de la mob a la cárcel y cuando ahorcan a miss Otis.

—Bueno, ya está  —dijo la doctora—.  Ha ido muy bien, eh.

Y supo decirlo de tal manera que parecía que gran parte del mérito fuera mío.

Tiraron de mi vagoneta. Era ese momento de la gran caída en que tendría que haber levantado los brazos —si no estuvieran sujetos por el velcro— y sonreído ampliamente para salir divertido en la foto que te hacen.

¿Ves?  En eso sí que falla la Clínica Barraquer: no te hacen una foto en plena experiencia, esa foto que luego ponen en un marco donde pone Dragon Khan Port Aventura —Operación Cataratas Clínica Barraquer— y te permite presumir con los amigos en la siguiente celebración. «Esto es cuando bajábamos en el Dragon Khan.» «Uy, ¡qué cara tan rara ponías!» «¿Qué te pasaba en el ojo?»

Vuelvo a estar en la cámara de descompresión. Todo sonrisas escondidas bajo los velos de huríes. Se me acerca el enfermero cenizo:

—¿Qué tal? 

—La experiencia más maravillosa de toda mi vida  —le digo para fastidiarle.

Me mira con odio. En aquel momento, tendría que haberme percatado de que detrás de aquella máscara verde no se escondía el Enfermero Cenizo sino el Doctor Mabuse en persona! 

Me cubren mi ojo inexistente. Noto el esparadrapo en los alrededores de cejas y ojeras, pero nada más. Me conducen hasta la zona de la cortina. Me desatan. Salto alegremente de la camilla y tienen que sujetarme porque estoy todavía bajo los efectos del sedante y las piernas son autónomas.

—Cuidado. Siéntese aquí.

A la guía del dorso de mi mano izquierda han enchufado ahora otro líquido procedente de una botellita que ponen en mis manos. Me siento en una silla de ruedas y me llevan directamente al box, sin pasar por la sala del televisor de Al-Jazeera, de los entrantes y de los salientes.

En el box me recibe Rosa María con su cálida sonrisa.

—¿Qué tal estás? 

—Estupendamente  —le digo. Qué si no.

Me tendrán en observación media horita, mientras se vacía gota a gota la botella de producto químico que la enfermera cuelga de un soporte por encima de mi cabeza. Instalado en el trono suntuoso, devoro una merienda que me traen a base de dos bocadillos de pan de molde con queso y jamón, yogur y agua mineral sin gas. Light pero apetitoso y nutritivo porque hace unas siete horas que no tomo nada, ni agua, por prescripción facultativa.

Otro detalle: en el Dragon Khan no te dan de comer. Más bien al contrario. Muchos de los usuarios, al bajar de las vagonetas, descomen. Yo prefiero comer.

(Continuará.)

 

 

OPERACIÓN CATARATAS (6).

El ojo izquierdo.

Al día siguiente, la doctora me quitó el parche del ojo, me miró con atención, me aseguró que todo había ido muy bien y se inició la semana de la visión descompensada y las gotas cada dos horas. En el ojo izquierdo tenía ciertas molestias soportables pero veía notablemente mejor que en el que todavía no me habían operado. Eso me mareaba un poco a ratos y me obligaba a descansar con los ojos cerrados, escuchando la radio como en mi tierna infancia; y me permitió usar parche negro de pirata —comprado en una casa de disfraces y útil sólo para presumir—  y reírnos un poco a propósito del tema.

A quien me preguntaba cómo había ido la operación, yo le respondía que me había gustado tanto que la semana siguiente pensaba repetir.

La semana siguiente, no obstante, las cosas se desarrollaron de una manera muy diferente.

Nunca segundas partes fueron buenas. O, como diría el amigo Enrique Ventura, Nunca segundas partes fueron buenas DOS.

El jueves, 20 de marzo regresé a la Clínica Barraquer con la sensación de un tedioso déjà vu y la arrogancia del veterano que mira desde las alturas a los pobres novatos asustados. Yo ya había pasado por aquello y podía darles a todos sopas con honda (con un breve entrenamiento previo, porque no he tenido nunca una honda en las manos).

No podía suponer que mi organismo y agitada biografía jamás permitirían una caída en la monotonía. Mientras que los poco imaginativos creadores de Port Aventura se resignan a que un segundo viaje en Dragon Khan sea repetitivo hasta la náusea, el equipo de guionistas de Operación Cataratas 2 se habían reservado unas cuantas sorpresas excitantes. Y no pensaron en Operación Cataratas 3 porque sólo tengo dos ojos (ojos de ver: omitiré cualquier referencia a Lobsang Rampa y a los escatológicos).

La amenaza de glaucoma, que en la primera experiencia se había mantenido al margen y nos había permitido trabajar sin sobresaltos, propició la trepidante aventura de Andreu Martín contra el Doctor Mabuse, en que se dieron episodios apasionantes como la lucha a brazo partido por clavarme la guía en el dorso de la mano. Nuestro héroe estuvo a punto de ponerse a aullar de dolor, pero no podía permitírselo, como se comprenderá, de manera que buscó la formulación de un sarcasmo del estilo de «¿Por qué no prueba de pincharme con una aguja, como hacen todos, y deja de jugar con el cuchillo del pan?», hasta llegar a la síntesis de un Collons! dicho con gran convicción. El Doctor Mabuse decidido a clavarme un tornillo oxidado en el ojo. Pero este material me lo reservo para mi próxima novela de terror. (¡No se la pierdan ni la dejen olvidada en sus asientos!) 

De momento, quedaos tranquilos porque, como siempre, Andreu salió indemne de la aventura, todo terminó con un feliz beso a la guapísima protagonista Rosa María y ya estamos galopando otra vez en busca de nuevas aventuras!

 

 

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