Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

Altafulla 2

Altafulla 2

El Libro Negro.

Conocí al doctor Delclós porque me lo presentó un amigo mío, policía y cliente habitual del restaurante. Había sido el inspector Soria, destinado a la comisaría del pueblo, y cuando lo ascendieron, los amigos le llamábamos Comisoria. Es la persona más habladora que he conocido en mi vida. Me telefoneó y me dijo:

—¿Recuerdas que alguna vez te he hablado de un tal doctor Delclós? Un psiquiatra extraño, muy conocido en determinados círculos de Barcelona. Pues mañana lo llevo a tu restaurante. Te gustará conocerlo. Me acaba de llamar diciendo que me invitaba, que me debía una y que me dejaba elegir, y yo le he dicho que le llevaría a comer el mejor arroz con alcachofas que haya comido nunca. O sea, que ya te puedes lucir. Resérvanos una mesa para cuatro, ¿de acuerdo?

—¿Vais a ser cuatro?

—No: seremos dos y tú, que te sentarás con nosotros como buen anfitrión.

La mesa para cuatro del rincón, un arroz con alcachofas a punto y la sugerencia de probar un poco de pulpo, que gusta mucho, la ensalada de anguila ahumada y el canelón XL de carne acompañado de tostadas con tomate, para acabar con el pastel de zanahoria, todo regado con un Cantaperdius, de unas bodegas de aquí cerca, de la Nou de Gaià.

El doctor Delclòs tendrá cuarenta y pocos, lleva gafas y una barba muy bien recortada, no es calvo pero lo será pronto, lacónico y amable, no necesitó más de diez palabras para decir que le gustaba mucho la zona del pueblo donde estamos, y la decoración del restaurante y que estaba encantado de conocerme. El Comisoria hablaba por los dos. No calló en toda la comida. Pude comprobar que Delclós disfrutaba de cada plato, saboreando con delectación el arroz, concentrándose en la degustación del pulpo y en la cata cuidadosa del Cantaperdius; pero nuestro común amigo policía no propició ninguna clase de diálogo gastronómico. Es una persona muy abierta al monólogo.

Cuando finalmente pude sentarme a su mesa para conocer al doctor y permitirle que me halagara con palabras de elogio, Soria no lo permitió. Se volvió hacia mí y dijo, sin prolegómenos:

—Hace cosa de un año, vino un tipo a la comisaría de Tarragona para poner una denuncia. Eloy Arilla Poyato, se llamaba. Quería comprarse una casa por la Riera de Gaià, aquella que llaman La Artiga, ¿te acuerdas?, una que está en ruinas, unos quinientos metros cuadrados de terreno que no interesan a nadie. Bueno, la quería para construirse una segunda residencia. Y, cuando estaba haciendo los trámites, alguien, tal vez el vendedor, le dijo que había una leyenda referente a aquellas ruinas. Un tesoro escondido. No sería la primera masía construida sobre unas ruinas romanas donde aparece un ánfora llena de monedas. Cuentan que los romanos solían esconder sus ahorros enterrándolos cerca de las casas y que, a veces, el que conocía el secreto moría sin revelarlo, o tenían que largarse precipitadamente, y el tesoro quedaba perdido para siempre. Ahora, hay quien se pone a hacer obras cerca de una vieja masía y se encuentra el premio sorpresa. Después, no pueden hacer nada con el tesoro, porque pertenece al patrimonio nacional, pero siempre se lo pueden esconder, no decir nada a nadie y hacer circular las monedas, poco a poco, entre coleccionistas numismáticos. En fin, que el caso es que a Eloy Arilla le contaron este cuento añadiendo que el tesoro estaba protegido por un hechizo y que, si conseguía romper el hechizo, el tesoro sería suyo.

» Entonces, fue, ¿te acuerdas de aquella librería esotérica que había cerca de aquí, junto a la muralla, donde vendían bolas de cristal y velas aromáticas y estampitas de santos y esas cosas de magia negra? Que la llevaba uno que le llamaban El Grunas, Martí Gruner Peláez, que él decía que se llamaba Grunatski y le llamaban el Grunas? Pues Eloy Arilla fue a ver al Grunas, y le habló de la existencia del tesoro encantado y le pidió un sistema para romper el hechizo.

» El Grunas le dijo que lo estudiaría, pero que le iba a salir caro. Y, unos días después, le llamó: que ya tenía la solución mágica y que a Eloy le costaría diez mil euros. Eloy fue a la tienda, que se llamaba Kobe, ¿te acuerdas ?, Kobe se llamaba la tienda, y le aforó los diez mil euros al Grunas, y el Grunas a cambio le dio un libro. Bueno, un libro, una mierda de libro, dos tapas duras de color negro y de este tamaño, así como de un folio, y dentro cuatro o seis páginas, no más, cuatro o seis, escritas de cualquier manera con unos caracteres muy raros, como letra de médico, ¿sabes?, que parece que tienes que entenderla pero no se entiende nada, y cuatro símbolos estrafalarios y dos dibujos y estrellas y chorradas así. El caso es que Eloy lo miró, dijo que él no entendía nada, que qué era aquello. Y dice que el Grunas le dijo que tenía que hacer un esfuerzo para descifrar un libro que venía directamente de manos del Demonio. Que no podía pensar que encontrar un tesoro encantado fuera tan fácil como leer un manual de instrucciones. Tenía que implicarse. Y, cuando ya se iba, el Grunas le dijo: «Míralo en Internet: hoy en día, si buscas, todo lo encuentras en Internet». El caso es que le convenció a medias y Eloy Arilla se fue a su casa con aquello.

» Dice que se hartó de buscar aquellos símbolos y garabatos en Internet antes de llegar a la conclusión de que le habían enredado.

» Llamó al Grunas y le montó un pifostio: que iría a la policía, que lo denunciaría por estafa, que se le iba a caer el pelo… Y el Grunas, sin inmutarse, le dijo que fuera aquella noche, era sábado, que fuera aquella noche cuando faltaran cinco minutos para las doce, a la tienda y que le presentaría a la única persona capaz de transmitirle el contenido del libro. Pero Eloy tenía que llevar diez mil euros más. Eloy de entrada se negó, discutieron, se amenazaron mutuamente, el uno diciendo que llamaría a la policía, el otro diciendo que no sabía con quién se jugaba los cuartos, que se trataba de un ente superior y todopoderoso. Finalmente, Eloy accedió, pero advirtiendo «No pagaré hasta que tenga la traducción completa del libro y lo haya entendido». El otro se mostró conforme, y Eloy esa noche se presentó en la tienda Kobe, que en euskera significa Cueva, con diez mil euros en el bolsillo. No llevaba consigo lo que él llamaba Libro Negro porque pensó que el «ente superior y todopoderoso» que debía conocer no necesitaría leer nada para explicarle el gran secreto.

» Entonces, ¿qué pasó? No sabemos lo que pasó. Él, al día siguiente, nos dijo que, cinco minutos antes de la medianoche, encontró la puerta de la tienda entreabierta, que la empujó y que entró. Dentro, en la penumbra, le esperaba el Grunas vestido con una túnica negra. Lo condujo a la trastienda, donde había abierta una trampilla que llevaba al sótano, donde se veía luz de velas y de antorchas. Bajaron por una escalera muy estrecha y Eloy Arilla declaró que se encontró en una especie de templo satánico lleno de gente rara, algunos cubiertos con túnicas, otros completamente desnudos, otros con máscaras horribles, bailando y follando. Una especie de orgía sexual. Dice que el Grunas, en cuanto estuvo al pie de la escalera, se quitó la túnica negra y se quedó en pelotas. En una mesa, toda clase de bebida y comida y, al fondo, presidiéndolo todo, un hombre muy peludo, muy tatuado, pintado de rojo, desnudo, con una verga descomunal colgando entre sus piernas. En un atril, a su lado, tenía un libro igual al que le habían vendido.

» Aquel hombre rojo, que Eloy Arilla identificaba con el Demonio, le preguntó en perfecto catalán qué era lo que quería. Él le dijo «Ya sabes lo que quiero». El Diablo le dijo «Tienes que escribir tu nombre en mi polla, y entonces te lo diré». En ese momento, Eloy Arilla dice que se sintió tentado de hacerlo. Contra su voluntad. Se encontró con un rotulador en la mano derecha y le vino la convicción de que, si escribía su nombre como le pedían, sería igual que firmar el contrato de venta de su alma. Dice que él no quería hacerlo pero que una fuerza superior la empujaba hacia adelante, le iba aproximando al hombre feroz, a su atributo viril, y no se podía negar. Dice que las otras personas que había en el templo se reían de él y proferían bromas obscenas. Aterrado, Eloy agarró una pequeña cruz de oro que lleva colgada al cuello y la mostró al hombre diciendo: «Jesús, María y José, válgame Dios y la Santa Virgen, vuelve al Infierno». Entonces, me aseguró que se había producido una especie de explosión sorda, un relámpago terrorífico y se hizo la oscuridad y perdió el conocimiento. »

El Comisoria hablaba y hablaba, y a mí me interesaba mucho su relato pero también quería oír la voz del doctor Delclós, y lo miraba con insistencia, a veces alzando la barbilla como para preguntar «Qué, ¿qué te parece la comida?» y a veces sonriendo para responder a los gestos discretos del comensal que me premiaba frunciendo un poco los ojos o uniendo los dedos pulgar e índice delante de la boca para indicar que el canalón, por ejemplo, le parecía muy bueno.

Y nuestro amigo policía continuaba el relato, indiferente al mundo, como si fuera un aparato de radio encendido.

—… Eloy Arilla volvió a abrir los ojos, de madrugada, cerca de las seis, en la carretera de Torredembarra, en un descampado. Le dolía mucho la cabeza y, naturalmente, no tenía los diez mil euros en el bolsillo. Hecho una mierda, hizo autostop, pidió que le llevaran a la centralita de la Policía Local, y puso la denuncia diciendo que le habían estafado veinte mil euros.

» Lo llevaron al Hospital de Sant Pau y Santa Tecla de Tarragona y allí, con el test de alcoholemia, le detectaron más de 1.5 g / l en sangre y con el análisis de la saliva, encontraron presencia de drogas. Luego, lo trajeron a mi despacho, porque estoy en el Grupo especializado en Estafas, y ante mí repitió la declaración. Que le habían vendido por diez mil euros un libro que era una estafa, que lo habían citado en una especie de aquelarre donde un individuo disfrazado de demonio en una especie de templo satánico subterráneo le había robado diez mil euros más. Dio nombres y apellidos, Martí Grunat Peláez, propietario de la librería esotérica Kobe de Altafulla.

» Podría haber citado a Martín Grunat en la comisaría pero decidí ir personalmente porque quería ver aquella especie de templo satánico subterráneo, tenía curiosidad, y no quería dejar pasar mucho tiempo para que no me lo desmontaran. Así que vine a Altafulla el mismo lunes, y me presenté en la Kobe por sorpresa.

» En cuanto vi al Grunas, supe que era culpable de algo. Tenía una mirada sesgada, provocadora y burlona, ​​y la media sonrisa de alguien que no era la primera vez que se encaraba con la policía y que se sentía muy superior al resto de los mortales.

» Le pregunté si conocía a Eloy Arilla y, de momento me dijo que no, que por el nombre no, pero cuando le hablé del Libro Negro, lo recordó y me dijo que se lo había vendido hacía un par de semanas por cincuenta euros.

» —Él dice que le pedisteis diez mil euros.

» —¿Cuánto? –se rio el dueño de la tienda.

» —Diez mil euros.

» —Es un disparate. ¿Y tiene una factura o algo para demostrarlo?

» —Él dice que se lo cobrasteis.

» El Grunas se encogió de hombros, significando que era la palabra de uno contra la del otro. Y tenía razón.

» —Y dice que el sábado por la noche lo invitasteis a una especie de aquelarre aquí, en esta tienda.

» —¿Una especie de aquelarre?

» —En el sótano de esta tienda.

» —El sábado por la noche, hicimos una fiesta en el sótano de esta tienda y él se presentó sin que nadie lo invitara. Quería hablar del Libro Negro, sí. Quería que hiciéramos una interpretación. Le dijimos que cualquiera puede hacer la interpretación que quiera de ese libro. Y él se incorporó a la fiesta y se lo pasó en grande. Bebió como un cosaco. No he visto nunca a una persona beber tanto en tan poco tiempo.

» —¿Puedo ver el sótano?

» Se encogió de hombros otra vez, con la absoluta indiferencia de quien no tiene nada que ocultar, y el Grunas me llevó a la trastienda, levantó la trampilla del suelo, me dijo «cuidado con la escalera» y bajé al almacén. Porque no era otra cosa que el almacén que esperas que tenga una tienda de cosas de magia. Había cajas de libros, y estanterías con libros y con objetos de los que vendían arriba. Velas, calaveras, bolas de cristal, cruces colgadas boca abajo, tapices con una estrella de cinco puntas, otros representando un chivo, o el número seis seis seis… Era evidente que habían retirado cajas y estantes contra las paredes para dejar un espacio vacío en medio donde se había celebrado una fiesta. Una mesa larga con restos de comida reseca, botellas de vino vacías y vasos sucios. En un rincón, dos colchones manchados, uno al lado del otro.

» —Una buena fiesta —comenté—. ¿Cuántos erais?

» Yo y dos amigos y tres chicas que contratamos en el puticlub de la carretera de Torredembarra. Y luego se añadió Eloy, por el morro, sin pagar nada.

» —¿Y qué pasó?

» —¿En la fiesta? Ya se lo puede imaginar.

» —Con Eloy.

» —Bueno, digamos que bebió mucho, hizo uso de una de las señoritas y se fue. Por cierto, que casi se cae de cabeza al subir las escaleras, que tuvimos que ayudarle, y quería salir a la calle con la polla fuera de los pantalones.

» —¿Podrá darme los nombres de los otros dos amigos y de las chicas que estaban con usted?

» —De amigos, sí. No hay problema. Las chicas… Podemos ir al puticlub y le enseño cuáles eran.

» Regresé a Tarragona y llamé a Eloy para pedirle que me llevara el famoso Libro Negro, como prueba, y algún comprobante bancario que demostrara que él había dispuesto de aquellas dos extracciones de diez mil euros, o como mínimo una.

» Eloy se presentó en mi despacho con el libro, dando por supuesto que era la demostración irrefutable de la estafa sufrida, y muy nervioso porque no existía ninguna constancia de que hubiera sacado los dos mil euros del banco porque no los había sacado del banco. Confuso, me confesó que los tenía en casa, en su caja fuerte, y añadió que no le gustaría que su mujer se enterase de que había dispuesto de aquel dinero.

» Yo le hice notar que, si seguíamos con la investigación, alguien podría pensar que se trataba de dinero negro, y a Eloy Arilla le brillaron los ojos de manera significativa. Pensé que la compra de La Artiga de la Riera de Gaià a lo mejor sólo pretendía ser un arreglo para blanquear dinero. A continuación, le conté la versión que el Grunas hacía del supuesto aquelarre, con la presencia de las chiquitas del puticlub y la abundancia de alcohol y drogas que habíamos encontrado en la sangre de Eloy, y entonces, le salió todo el cabreo contra mí. De repente, vio que tendría que retirar la denuncia si no quería que se le complicara muchísimo la vida, tanto con su mujer como con los inspectores de Hacienda. Se puso en pie, gritando que aquello era una injusticia, que le habían estafado veinte mil euros y que ahora la policía se lavaba las manos, y que nos hacíamos cómplices de los estafadores y no sé cuántas cosas más. Me tiró el Libro Negro a la cabeza y salió del despacho pegando un portazo.

» Me faltó tiempo para llamar al amigo Delclós y decirle “Tengo que contarte una de esas historias que a te gustan”. Nos encontramos para comer, en Barcelona, ​​un día que tuve que ir a hacer unas gestiones; le conté la aventura de Eloy Arilla y le regalé el Libro Negro. Había pensado que le haría gracia y, efectivamente, le encantó. Y anteayer me llama el doctor y me dice: “¿Te acuerdas de Eloy Arilla? Pues te invito a comer. Elige tú el restaurante”. Y aquí estamos. Como todo sucedió en Altafulla, pensé en ti. A ver que nos quiere contar, nuestro querido doctor.

—¿Ya te callas? —pregunté al Comisoria—. ¡Menos mal! Pensaba que no ibas a callar nunca. Antes de continuar, ¿qué le ha parecido la comida, Delclós?

—Exquisita.

—¿El arroz con alcachofas?

—Memorable.

—¿El Cantaperdius?

—Es fresco, redondo y suave. Un poco áspero por los taninos. Pero, si me permiten… —Se metió la mano en el bolsillo y sacó algo que le cabía dentro del puño. Se dirigió a Soria, como si yo no existiera—. Te había invitado a comer porque pensaba que te lo debía. –Movió el puño cerrado delante de la nariz del policía y, como hacen los prestidigitadores, hizo aparecer entre los dedos pulgar e índice una brillante moneda de oro. Pequeña pero deslumbrante—. ¿Sabes qué es esto? Un sestercio romano de oro de antes de Cristo. Mira: lleva la inscripción «Veni vidi vici», las palabras que Julio César pronunció en el 47 antes de Cristo delante del Senado para describir en pocas palabras la batalla de Zela donde venció al rey Farnaces II del Ponto. Es una joya de gran valor arqueológico. Con él, pueden hacer un colgante para tu mujer. Permíteme que te la regale.

Tanto el Comisoria como yo nos habíamos quedado boquiabiertos.

No sabíamos qué decir.

Soria agarró la moneda en cámara lenta, pero no podía apartar la vista de los ojos de su amigo Delclós.

—Pero… —balbuceaba—. El libro, el Libro Negro. ¿Supiste descifrar el Libro Negro? —El doctor Delclós no podía decir ni que sí ni que no. Sólo miraba al policía al fondo de los ojos y lucía una sonrisa tibia—. ¿Pero cómo lo hiciste? ¿Cómo pudiste descifrar el libro?

— Internet —dijo el doctor Delclós—. Hoy en día, si buscas, todo lo encuentras en Internet.

(Inspirado en la anécdota citada por Salvador Vilarrasa en la revista Scriptorium, volumen VI, Ripoll 1928, que consta en el libro de JUAN AMADES «Bruixes i bruixots» de 1934.)

Mossos d’Esquadra

¿Por qué la Policía de la Generalitat / Mossos es una de las mejores policías de Europa.

 Mossos

1o.

Los Mossos renacen en 1983, con una ley aprobada en el Parlamento de Cataluña por representantes de diferentes ideologías políticas (CiU, PSC, PSUC…) que debían estar presentes en los diferentes cargos de la administración del cuerpo policial, con la intención expresa de no repetir los vicios, errores y arbitrariedades de otras policías del Estado Español creadas durante el franquismo. Si aquellas policías se basaban y se basan en la metodología de controlar el orden público mediante la imposición de la autoridad, los Mossos debían preservar, sobre todo, la seguridad ciudadana valorando antes la prevención que la represión. Fueron la primera policía del Estado Español en disponer de una unidad especializada en atender a menores tanto si eran víctimas como autores de infracciones, la famosa CEPOME, Central de Policía de Menores de 1986. Posteriormente fueron pioneros en crear unidades policiales especializadas en problemas de convivencia, como el grupo de atención a la víctima de violencia de género (GAV) dedicado a atender a las mujeres maltratadas y a sus hijos, creada en Girona a 1998, o la unidad de mediación en conflictos, que data de finales de 2011.

 

El Cuerpo de Mossos ha dispuesto siempre de suficientes candidatos como para poder hacer una selección cuidadosa. En muchas promociones, la proporción de aspirantes por plaza a llenar ha llegado ser de veinte a uno. Esto permite hacer un buen proceso de selección. Si al principio oficialmente se exigía para acceder al cuerpo el título de graduado escolar, en la actualidad ya se pide el bachiller superior y hay un gran número de mossos licenciados universitarios e incluso con el título de doctor. Todos los mossos, después de cursar nueve meses en el Instituto de Seguridad Pública, son destinados durante un mínimo de dos años a Unidades de Seguridad Ciudadana, que significa patrullar por la calle o atención al ciudadano, antes de llegar a los servicios especializados o a participar en concursos de ascenso.

 

3er.

Desde 1984, y durante más de diez años, el Ministerio del Interior español y el Gobernador civil de Barcelona se opusieron a que los mossos perfeccionaran sus estudios en los centros donde se formaban las Fuerzas y Cuerpos de seguridad del Estado. Eso obligó a los responsables de la Policía de la Generalitat a buscar en otra parte profesionales y expertos en formación policial y se firmaron acuerdos con academias de policías de todo el mundo.

Por ejemplo, el Grupo Especial de Intervención se formó a Gopppingen, la escuela de policía del Land de Waden Wurttemberg, Alemania. El curso de Inspecciones oculares y fotografía policial se realizó en la Landas Plizeischules de Baden Wurttemberg y luego continuaron allí la formación de la Policía Científica. El curso de Investigación de Incendios Criminales (Arson Investigation) se llevó a cabo en la Massachusetts State Police Academy 1994.

En 1990, dos altos cargos de mossos hicieron el curso “International Narcotics Enforcement Management”, organizado por el Departamento de Justicia de los EEUU en la National Academy de Quantico (Virginia), formación específica en cuestiones relacionadas con el tráfico de drogas.

El año siguiente, 1991, el Director y el Subdirector General de Seguridad Ciudadana y el jefe de salud pública, hicieron una estancia de un mes por todo EEUU (con gastos pagados por el Gobierno estadounidense), recibiendo instrucción de los responsables de la Drug Enforcement Administration (DEA). Así conocieron la Central de Springfield (Virginia), y delegaciones como la Task Force Policial de Nueva York, y las responsables del puerto de Los Ángeles, el aeropuerto de San Francisco y el centro de Coordinación de Información Policial de El Paso (EPIC) en Texas. En la actualidad se participa en cursos en diferentes escuelas policiales como las de Lyon, o Mainz, etc. En 1991, agentes del Mossad israelí que visitaron nuestro país impartieron también unos cursillos de especialización.

Los mandos de la Policía de la Generalitat han cursado estudios en las mejores academias de policía con más prestigio en Europa como Bramshill, (GB); la Universidad de Policía Federal de Münster (DHPOL) (D); o en Saint-Cyr-au-Mont-d’Or École nationale supérieure de la police (ENSP) (Fr) y en escuelas de negocios del país como ESADE o IESE.

 

 

4º.

El Cuerpo de Mossos ha cometido muchas irregularidades y equivocaciones pero, a diferencia de los cuerpos de policía españoles, cada uno de los errores ha sido ampliamente difundido por los medios, con buena o mala intención; ha salido en primera plana de muchos periódicos; ha recibido la crítica y sanción de formaciones políticas catalanas, ha sido expuesto a la interpelación parlamentaria, ha sido juzgado y condenado y, por tanto, corregido. La desgracia de aquella pelota de goma que hizo perder un ojo a Esther Quintana dio lugar a que se prohibiera el lanzamiento de pelotas de goma en manifestaciones en Cataluña (no en España); o los malos tratos de algunos detenidos en comisarías hicieron que haya cámaras en el interior de todas las comisarías de Mossos (y que, cuando el Partido Socialista quiso quitarlas, fueran los mismos agentes quienes insistieron en mantenerlas). Las cámaras evitan que nadie pueda acusarles en falso y se produzcan más injusticias como las de aquellos Mossos inocentes que fueron a la cárcel porque el juez dio más crédito a las palabras de un malhechor que a las de los policías. Con todo este control, se ha depurado el cuerpo de manera extraordinaria y existe la garantía de que no se perpetúan torturadores y corruptos en sus filas.

Por todo ello afirmo que la Policía de la Generalitat / Mossos una de las modélicas y más eficientes policías de Europa.

 

 

OPERACIÓN CATARATAS (4, 5 y 6)

El ojo izquierdo.

Empujaron la camilla hasta un rincón de la cámara de descompresión. Para que nos relajásemos, no paraban de notificarnos lo que nos estaban haciendo o nos iban a hacer al tiempo que, tanto mujeres como hombres, lucían el rostro cubierto por una máscara, como huríes del Paraíso de Mahoma, lo que sin duda debía de ser un bálsamo para la mayoría de los que pasaban por allí.

Otro artificio para aumentar la emoción del momento: el enfermero cenizo.

Quienes me conocen ya habrán podido imaginar que yo iba superando las diferentes fases de la atracción con espíritu jovial. «Tengo en ustedes una fe ciega», iba diciendo. Y, si me preguntaban: «Qué, ¿cómo va?» —que me lo preguntaron muchas veces—, mi respuesta era invariable: «De momento, bien; de momento, bien. Todo va bien.»

Hasta que me encontré con el asistente de las gafas y el gesto adusto que me corrigió:

—No siempre todo va bien.

Vaya. El viejo truco. Equivalente a recordarme que los tornillos oxidados existen.

Sin perder la sonrisa y mirándole fijamente a los ojos, insistí:

—Sí. Siempre todo va bien.

Negó con la cabeza y remachó, como sólo puede remacharse un tornillo oxidado:   

—No. No siempre. No todo va bien.

Cuántas veces habré dicho a mis alumnos que se olviden de las palabras siempre y todo porque no existen, porque son vagas, meras muletillas que no significan nada. Siempre y todo son palabras torpes, de mal escritor. Y el enfermero de las gafas y la mirada seria acababa de recordármelo.

Yo carraspeé y, al tiempo que desviaba la mirada hacia un punto del techo, añadí, sonriendo:

—Siempre. Todo.

El viejo truco del enfermero oxidado.

Me inyectaron. Ah, sí. Te colocan. Yo estoy seguro de que la mayoría de los que montan en el Dragon Khan van colocados, ya sea de alcohol como de otras sustancias, pero allí el producto corre por tu cuenta. En la Barraquer, en cambio, ellos se encargan del añadido químico que ha de proporcionarnos el máximo placer en la experiencia. Ese placer que, según Epicuro, es la ausencia de dolor. Primero te sedan para dejarte como una seda, una sensación de ay que a gustín se está aquí. Luego, te atan. Ah, sí, como a las vagonetas de las montañas rusas, no vayas a salir despedido en una de las idas y venidas. Te sujetan con unas bandas anchas fijadas con velcro. Los brazos al costado del cuerpo, ahí quieto. Te pellizcan un dedo con una especie de aguja de tender la ropa que controlará tu tensión arterial. Luego, te duermen el ojo. Te inyectan (no en el ojo, eh, no sé dónde pero no en el ojo, que eso daría mucha grima) te inyectan algo que consigue que, en los instantes siguientes, sólo puedas verte un lado de la nariz. Una de las huríes de rostro tapado viene a pedirte que muevas el ojo izquierdo, que mires arriba, abajo, a la derecha y a la izquierda hasta que no sabes si has podido superar la prueba porque se te ha olvidado que tenías un ojo izquierdo. Y entonces, y sólo entonces, alguien empuja tu camilla para introducirte en el sancta sanctorum. Hasta ahora, sólo han sido subidas y bajadas más o menos divertidas y sorprendentes. Ahora, todos tomamos consciencia de que hemos ido a parar a cinco mil metros de altura y toca la caída libre.

(Continuará.)

 

 

OPERACIÓN CATARATAS (5).

El ojo izquierdo.

Te introducen entre aparatos y planchas metálicas muy próximas a tu rostro y a tu pecho hasta que te encuentran ante la máscara y las gafas y los ojos claros y atractivos de la doctora Barraquer.

Te saluda afectuosamente:

—Hola, señor Martín. ¿Cómo estamos? 

Tú le dices que bien y aprovechas la oportunidad para iniciar un discurso que prolongue la conversación un rato porque das por supuesto que no hay ninguna prisa, estas cosas hay que abordarlas sin urgencias ni precipitaciones. Sin embargo, ella corta mi verborrea con un amable:

—Ahora, mejor guardar silencio para que no se mueva nada.

Y procede.

Las sensaciones que siguen son líquidas. El tacto líquido de humedad en la comisura del ojo, el sonido líquido de manantial, la visión líquida de una acuarela abstracta en colores pastel. Tal vez por eso le llamen cataratas.

Para no pensar en tornillos oxidados, me concentré en el vídeo que estaba preparando, una versión de Miss Otis regrets de Cole Porter ilustrada con imágenes de la película Chicago y la serie Boardwalk Empire. No había encontrado todavía la manera de representar los versos referentes a la llegada de la mob a la cárcel y cuando ahorcan a miss Otis.

—Bueno, ya está  —dijo la doctora—.  Ha ido muy bien, eh.

Y supo decirlo de tal manera que parecía que gran parte del mérito fuera mío.

Tiraron de mi vagoneta. Era ese momento de la gran caída en que tendría que haber levantado los brazos —si no estuvieran sujetos por el velcro— y sonreído ampliamente para salir divertido en la foto que te hacen.

¿Ves?  En eso sí que falla la Clínica Barraquer: no te hacen una foto en plena experiencia, esa foto que luego ponen en un marco donde pone Dragon Khan Port Aventura —Operación Cataratas Clínica Barraquer— y te permite presumir con los amigos en la siguiente celebración. «Esto es cuando bajábamos en el Dragon Khan.» «Uy, ¡qué cara tan rara ponías!» «¿Qué te pasaba en el ojo?»

Vuelvo a estar en la cámara de descompresión. Todo sonrisas escondidas bajo los velos de huríes. Se me acerca el enfermero cenizo:

—¿Qué tal? 

—La experiencia más maravillosa de toda mi vida  —le digo para fastidiarle.

Me mira con odio. En aquel momento, tendría que haberme percatado de que detrás de aquella máscara verde no se escondía el Enfermero Cenizo sino el Doctor Mabuse en persona! 

Me cubren mi ojo inexistente. Noto el esparadrapo en los alrededores de cejas y ojeras, pero nada más. Me conducen hasta la zona de la cortina. Me desatan. Salto alegremente de la camilla y tienen que sujetarme porque estoy todavía bajo los efectos del sedante y las piernas son autónomas.

—Cuidado. Siéntese aquí.

A la guía del dorso de mi mano izquierda han enchufado ahora otro líquido procedente de una botellita que ponen en mis manos. Me siento en una silla de ruedas y me llevan directamente al box, sin pasar por la sala del televisor de Al-Jazeera, de los entrantes y de los salientes.

En el box me recibe Rosa María con su cálida sonrisa.

—¿Qué tal estás? 

—Estupendamente  —le digo. Qué si no.

Me tendrán en observación media horita, mientras se vacía gota a gota la botella de producto químico que la enfermera cuelga de un soporte por encima de mi cabeza. Instalado en el trono suntuoso, devoro una merienda que me traen a base de dos bocadillos de pan de molde con queso y jamón, yogur y agua mineral sin gas. Light pero apetitoso y nutritivo porque hace unas siete horas que no tomo nada, ni agua, por prescripción facultativa.

Otro detalle: en el Dragon Khan no te dan de comer. Más bien al contrario. Muchos de los usuarios, al bajar de las vagonetas, descomen. Yo prefiero comer.

(Continuará.)

 

 

OPERACIÓN CATARATAS (6).

El ojo izquierdo.

Al día siguiente, la doctora me quitó el parche del ojo, me miró con atención, me aseguró que todo había ido muy bien y se inició la semana de la visión descompensada y las gotas cada dos horas. En el ojo izquierdo tenía ciertas molestias soportables pero veía notablemente mejor que en el que todavía no me habían operado. Eso me mareaba un poco a ratos y me obligaba a descansar con los ojos cerrados, escuchando la radio como en mi tierna infancia; y me permitió usar parche negro de pirata —comprado en una casa de disfraces y útil sólo para presumir—  y reírnos un poco a propósito del tema.

A quien me preguntaba cómo había ido la operación, yo le respondía que me había gustado tanto que la semana siguiente pensaba repetir.

La semana siguiente, no obstante, las cosas se desarrollaron de una manera muy diferente.

Nunca segundas partes fueron buenas. O, como diría el amigo Enrique Ventura, Nunca segundas partes fueron buenas DOS.

El jueves, 20 de marzo regresé a la Clínica Barraquer con la sensación de un tedioso déjà vu y la arrogancia del veterano que mira desde las alturas a los pobres novatos asustados. Yo ya había pasado por aquello y podía darles a todos sopas con honda (con un breve entrenamiento previo, porque no he tenido nunca una honda en las manos).

No podía suponer que mi organismo y agitada biografía jamás permitirían una caída en la monotonía. Mientras que los poco imaginativos creadores de Port Aventura se resignan a que un segundo viaje en Dragon Khan sea repetitivo hasta la náusea, el equipo de guionistas de Operación Cataratas 2 se habían reservado unas cuantas sorpresas excitantes. Y no pensaron en Operación Cataratas 3 porque sólo tengo dos ojos (ojos de ver: omitiré cualquier referencia a Lobsang Rampa y a los escatológicos).

La amenaza de glaucoma, que en la primera experiencia se había mantenido al margen y nos había permitido trabajar sin sobresaltos, propició la trepidante aventura de Andreu Martín contra el Doctor Mabuse, en que se dieron episodios apasionantes como la lucha a brazo partido por clavarme la guía en el dorso de la mano. Nuestro héroe estuvo a punto de ponerse a aullar de dolor, pero no podía permitírselo, como se comprenderá, de manera que buscó la formulación de un sarcasmo del estilo de «¿Por qué no prueba de pincharme con una aguja, como hacen todos, y deja de jugar con el cuchillo del pan?», hasta llegar a la síntesis de un Collons! dicho con gran convicción. El Doctor Mabuse decidido a clavarme un tornillo oxidado en el ojo. Pero este material me lo reservo para mi próxima novela de terror. (¡No se la pierdan ni la dejen olvidada en sus asientos!) 

De momento, quedaos tranquilos porque, como siempre, Andreu salió indemne de la aventura, todo terminó con un feliz beso a la guapísima protagonista Rosa María y ya estamos galopando otra vez en busca de nuevas aventuras!

 

 

OPERACIÓN CATARATAS (3)

El ojo izquierdo.

Vienen a buscarme.

—Adelante. Ha llegado la hora.

Bueno, me levanto, me despido de Rosa María con un beso, me planteo si debería haber ido a hacer un pipí, ¿el último pipí? 

—No me han traído la báscula.

—¿La qué? 

—La báscula.

—Ah, bueno, no importa.

¿Cómo que no importa?

Vamos a ver: yo era consciente de que el tema de la báscula había sido introducido con infinita sabiduría para aumentar la tensión del momento. Uno de esos trucos sutiles que sólo conocemos los buenos novelistas y un par o tres de guionistas de Hollywood. Pero los buenos trucos son buenos porque suelen dar los resultados apetecidos. Así que ocupé la silla de ruedas atenazado por un nerviosismo similar al que atenaza a quienes se suben a las vagonetas del Dragon Khan. Que era lo que se pretendía. Vamos allá.

Me llevaron a una sala de espera donde se alineaban en sillas de ruedas como la mía cuatro o cinco personas, algunas con un parche blanco en el ojo, como de piratas buenos, y otras sin parche como yo. Los salientes y los entrantes.

Todas, eso sí, tanto señoras como señores, elegantísimos con su flamante pijama verde y unas zapatillas blancas de esas que dan en los hoteles de lujo. Me sentí raro con mi batín de cuadros y mis maltratadas pantuflas de andar por casa. Un enfermero caritativo me hizo quitar el batín, jurándome que lo cuidaría tan bien como si hubiera pertenecido a su querido bisabuelo. Lo que no supo cómo solucionar fue el problema de las zapatillas. Suerte que ya no disponía de mis anteriores pantuflas, que me regaló mi suegra y tenían la desternillante forma de enormes y acolchadas garras de tigre y tiré por fin a la basura hace un par de meses. 

Reinaba en aquella antesala el mismo ambiente de tensa camaradería que se puede encontrar en la cola de las montañas rusas o en las trincheras de primera línea de combate durante un período de calma.

Los comentarios podrían resumirse con el famoso chiste que contaba Steve McQueen en Los Siete Magníficos.

https://www.youtube.com/watch?v=pxZlv4XxM8g&list=UUEz2Bu3HUSpjyLjUqwKvS4Q

 

Ante nosotros, un televisor pasaba información de Al-Jazeera subtitulada en árabe.

Las vagonetas avanzaban ya y se habían anclado en el engranaje que con su sonido característico de cremallera se encaramaba hacia la cima del ingenio para dejarnos caer al vacío.

Nos iban llamando por nuestro nombre y cada uno de los nominados desaparecía detrás de una cortina. La misma cortina por donde aparecían otros pacientes con un ojo cubierto de blanco.

—¿Qué tal? 

—Oh, estupendo. Pero no dura más de siete minutos.

Por fin, pronunció mi nombre un joven lo bastante joven, alto y fuerte como para atraparme sin problemas en caso de que yo hubiera echado a correr en la dirección incorrecta. Crucé la cortina. Aun sin gafas (que había dejado en el box, al cuidado de Rosa María, junto con el reloj y la alianza), pude ver una sala que me recordó el interior de un submarino en película de Segunda Guerra Mundial, con cuatro o cinco camillas ocupadas por personas inmóviles. El enfermero me ordenó que me encaramase a una camilla y procedió a quitarme mis cochambrosas zapatillas. Son una gente tan bien preparada, tan endurecida por años de experiencias traumáticas, que ni siquiera hizo un mohín de asco. Pensé en la inmensa cantidad de pantuflas, zapatillas y babuchas inmundas que el abnegado joven habría manoseado a lo largo de su vida profesional.

—Túmbese  —me dijo. Me tumbé—.  Levante las manos. —Como en un atraco.

Las levanté para que cubriera mi cuerpo con una manta protectora.

Me clavó en el dorso de la mano izquierda una aguja tan suave como una caricia, que sujetó con esparadrapo. Me iba informando amablemente de todo: esto es la guía para la anestesia, ahora relájese.

Para distraerme y no agobiarme, decidí pensar otra cosa. No obsesionarme con lo que estaba pasando. Si no conocían mi peso, ¿cómo podrían calcular la anestesia que tenían que ponerme?  ¿Me pondrían anestesia como para dormir a un hipopótamo y no despertaría jamás?  ¿Me pondrían la anestesia necesaria para dormir a un mono titi y viviría mi Operación Cataratas retorciéndome de dolor bajo las manos de la doctora? Las vagonetas del Dragon Khan impactando contra la gasolinera. 

(Continuará.)

 

 

OPERACIÓN CATARATAS (2)

El ojo izquierdo. 

En la Clínica Barraquer todo está calculado.

https://www.youtube.com/watch?v=4nxPVNM-Leg

 

Las dos principales salas de espera del vestíbulo están pobladas en su mayoría por chilabas y turbantes, probablemente jeques, familiares de jeques, guardaespaldas y séquitos procedentes de los emiratos árabes, a menos que sean figurantes contratados en el Raval para dar tono. Como su forma de vestir no es especialmente lujosa, hace que te sientas uno más entre iguales y, cuando cierras los ojos aguardando a que te llamen, puedes imaginar que piensas en tus pozos de petróleo, tu harén o que estás tomando el sol en medio de tu desierto, con tu cervecita y tal.

Te llaman y te conducen a una habitación tan reducida que le llaman el box. En la pared, fotografías que plasman la actividad de la Fundación Barraquer en zonas pobres de África, donde practican a lo largo del año un sinnúmero de operaciones gratuitas a gente que ya se daba por ciega y que recupera la visión como quien vive un milagro. Ninguna broma al respecto. También debo destacar que la Clínica Barraquer hace precios especiales, muy rebajados, a quienes demuestran que perciben ingresos por debajo de una determinada cantidad.

El caso es que, en el box, hay de todo: televisor de plasma con tropecientos canales, la mitad de los cuales de Al Jazeera, un sillón formidable como un trono de rey ostentoso y un silloncito más modesto al lado.  Yo enseguida pensé que el gran butacón era para Rosa María, que me acompañaba abnegada y, dado el estado de postración causado por las cataratas, había tenido que transportarme en brazos desde el aparcamiento hasta allí pero no. La enfermera lo dejó claro: el butacón era para mí y para los acompañantes era la butaquita, así que me resigné y ocupé aquel mueble mullido en que cualquier emir habría pagado por instalarse definitivamente.

En el box, una especie de pijama verde y un gorro verde de plástico para impedir que algún mechón de cabellos de mi pelambrera pueda estorbar en la delicada operación. Yo había preguntado a uno de los médicos que me había atendido en días anteriores si debía llevar algún tipo de equipaje para mi odisea y me aconsejó un batín (por si el pijama verde me parecía demasiado frío) y unas zapatillas. Así que, por consejo de la enfermera, me quité toda la ropa excepto los slips o calzoncillos (yo los llamo calzoncillos, la enfermera, más joven y más moderna, los llamó slips), me puse el batín de cuadros —descubrí en ese momento que tal vez necesitaba un zurcido y un lavado— y mis confortables pantuflas, o sea, esas zapatillas de andar por casa, blandas, acolchadas y comodísimas, que tengo desde hace años y de las que suelo prescindir cuando vienen a entregarme un paquete porque eran el juguete preferido de Brisca cuando era pequeña y se pasó largas horas mordisqueándolas, deshilachándolas y deformándolas.

Rosa María, naturalmente, me preguntó:

—¿Estas zapatillas te has traído?

—No tengo otras  —respondí.

—Habérmelo dicho  —replicó ella con una mueca que significaba que ya sabía lo que me iba a regalar por mi cumpleaños. (¡Sorpresa!) 

Esperamos con paciencia de pacientes.

Alterné la práctica del sudoku con la amena conversación con mi esposa y esporádicas nuevas pruebas a las que me sometió concienzudamente una enfermera deliciosa, de esas bellezas que podríamos llamar infantiles: que si la tensión arterial, que si pincharme el dedo, para continuar dando trascendencia al asunto. Lo hacen de manera muy sabia, para que nunca bajes la guardia. Por ejemplo, cuando te someten a un pequeño test: ¿es usted alérgico a algo?, ¿qué medicamentos está tomando?, ¿a qué hora ha ingerido el último alimento?  «El último alimento» suena potente, ¿no?  El último alimento. Y definitivo. Y, por fin, el toque del peso.

—¿Cuánto pesa? 

Ahí sí que me pilló la encantadora enfermera. No sabía cuánto pesaba. Hacía siglos que no me había pesado. No soy de esas personas obsesionadas por el peso, como ese vecino que tenía en el otro piso, que tenía una báscula que cada día vociferaba su peso a través de los tabiques. Últimamente, la gente dice que me he adelgazado, pero con eso no bastaba. La enfermera sonrió y ladeó la cabeza como diciendo «Vaya, señor Martín, por fin una mancha en su historial». Uno de esos instantes en que piensas en tornillos oxidados. «Bueno, le traeré una báscula y se pesará», dijo mientras me miraba con ojillos malvados. No me trajo la báscula. ¿No traen la báscula?  El tornillo oxidado. Oh, Dios mío.

(Continuará.)

 

OPERACIÓN CATARATAS (1)

El ojo izquierdo.

Imagen 

 

Irse a operar de cataratas a la Clínica Barraquer de Barcelona es como subirse a una de las atracciones de Port Aventura, sólo que para vivir las peripecias del Dragon Khan, por ejemplo, no tienes más que pagar una entrada y hacer cola y, en cambio, para acceder al quirófano oftalmológico, tienes que superar previamente una serie de pruebas. Opino que los de Port Aventura deberían adoptar este sistema, que proporciona mucha más emoción a la experiencia.

Cualquiera que mida más de unos cuantos centímetros puede subirse a la vagoneta del Dragon Khan pero, ah, amigo, para ponerse en manos de la doctora Barraquer, tienes que someterte al examen de tu sangre, de tu azúcar, de tus transaminasas, rayos equis, electrocardiograma y otros aparatos de ciencia ficción que aseguran que estás en plenas facultades físicas y mentales. Por ejemplo, se aseguran de que tengas cataratas y, si no las tienes, te miran con la conmiseración que reservamos a quienes pretenden colarse donde no les corresponde, y te dicen: «No, muchacho, tú no eres digno de vivir esta aventura».

¿Os imagináis que hicieran lo mismo en el Dragon Khan?  Ah, no, lo siento, muchacho, no has pasado la prueba de la tensión arterial, no estás en condiciones de someterte a la práctica de este deporte de riesgo.

Puro montaje, claro. Luego pasa todo el mundo, que en las salas de espera y las camillas de la Barraquer tampoco es que yo haya visto supermanes y supermujeres. Gente normalita normalita, incluso un poco más decrépita que en la cola del Dragon Khan. No puede ser que haya tanta gente con cataratas en Barcelona y sí, en cambio, hay enchufes, compromisos y recomendados con pasta. A mí mismo, puestos a confesarlo todo, me dijeron que tenía unas cataratitas más modelo grifo que modelo Niágara para entendernos, que por lo visto podría haber esperado un par de años, pero bueno, les caí simpático y, a la hora de marcar apto o no apto, se decantaron por la primera opción.

Unas pruebas médicas de este tipo pienso que otorgaría a la montaña rusa un extraordinario plus de sensación de riesgo.

Porque lo que hace atractivas a estas prácticas es la sensación de riesgo. Si en el Dragon Khan uno vive el miedo de perder la vida, en la Operación Cataratas se tiembla ante la posibilidad de perder el ojo, que tampoco es moco de pavo (es el ojo). Todo el mundo sabe, si se para a pensar un momento, que ese riesgo no existe. Tanto detrás de la operación oftalmológica como detrás de la aparentemente frágil estructura del Dragon Khan, hay siglos de ciencia y de práctica, centenares de profesionales conscientes de su responsabilidad, miles de pruebas, prácticas, intentos y experimentaciones y millones y millones de euros invertidos para garantizar absoluta seguridad. Claro que una mente asustadiza y paranoica puede imaginar en la superestructura de la montaña rusa un tornillo oxidado y quebradizo que haya pasado inadvertido a los inspectores del parque y que, en un momento dado, se rompa al paso veloz del convoy haciendo ceder el andamiaje del ingenio unos pocos centímetros, creando un quiebro capaz de proyectar las siguientes vagonetas por los aires, como una bala de cañón que surcara los cielos hasta impactar en ese edificio de Salou donde había congregados unos vecinos en una reunión de comunidad, ese edificio que en los bajos tiene una gasolinera que se incendiaría y explotaría en una especie de hongo atómico, pero eso no ha pasado, seguro, no ha pasado, porque se sabría, ni pasará. Claro que algún paciente especialmente aprensivo puede imaginar que la doctora Barraquer podría estornudar mientras se ocupa de él y revivir así la peor imagen de Le Chien Andalou, pero eso no ha sucedido jamás ni sucederá. De manera que, para dar valor a la vivencia, para darle un poco de vidilla, hay que crear esa sensación de riesgo, esa breve inquietud, lo que los novelistas llamamos nudo, que nos prepara para el hondo placer y satisfacción de lo que conocemos como feliz desenlace o happy end.

(Continuará.)

 

 

 

La verdad sobre el incidente del miércoles 5 de marzo de 2014 en el cuartel de la Guardia Civil.

 

ImatgeJornada sobre Novela Negra en el Cuartel de la VII Zona de la Guardia Civil de la Travesera de Gracia de Barcelona. Inaugura el Director General de la Guardia Civil Fernández de Mesa que nos endosa su rollo pero no se queda a escuchar el nuestro.

Una primera mesa redonda en que participamos Carlos Zanón, la juez Concepción Cantón, la guardia Carmen López y yo. Segunda mesa con Lorenzo Silva, Alicia Giménez Barlett, el fiscal anticorrupción Fernando Bermejo y el comandante del cuerpo Daniel Baena.

Todos los ponentes estuvimos la mar de brillantes y hubo aplausos y preguntas por parte del público. Al final, cuando ya cerraba el acto la delegada del gobierno, una señora rubia que no recuerdo cómo se llama, me puse en pie y me dirigí al fondo de la sala.

Un agente uniformado vino a decirme que el acto aún no había concluido porque faltaba que nos regalaran una hermosa estatuilla. Aproveché para informarle de que me había levantado respondiendo a la llamada de la naturaleza y le pregunté si acaso disponían de algún servicio en las proximidades.

Me dijo que sí, que sólo tenía que salir al patio y buscar la puerta de la izquierda.  

Salí al patio y busqué la puerta de la izquierda. Entré por ella y me encontré en un ámbito oscuro. La siguiente puerta daba a un aparcamiento, otra me parece que daba a un despacho y la tercera estaba cerrada. Accioné el pomo y no se abría. Tal vez en otro momento hubiera pensado «Está ocupado» y habría recurrido a mi reconocida paciencia pero, en aquel momento, de pronto, tomé conciencia de que estaba en un cuartel de la Guardia Civil, a oscuras y tratando de abrir puertas cerradas, se me despertó la paranoia y mi comportamiento me pareció que resultaría muy sospechoso a cualquiera que me sorprendiera.

A lo lejos, la gente aplaudía y comprendí que enseguida alguien iba a pronunciar mi nombre para darme mi regalo y no iban a encontrarme en mi puesto. Decidí aplazar el alivio de mi vejiga para más tarde y regresar a la sala lo más de prisa posible. Giré como una peonza, perdido en la tiniebla. Ante mí, la puerta que daba al patio. Quise salir por allí, disparado, y comprobé que no era una puerta que daba al patio sino un ventanal, o no sé cómo llamarlo, un cristal muy transparente y muy blindado, una trampa mortal contra la que choqué de narices y rodilla con la fuerza de un ariete medieval que llama a las puertas del castillo.

A través del cristal impoluto pude ver en el patio que mi amiga Maribel, del departamento de prensa del Cuerpo Nacional de Policía, asistía a la tragedia y se llevaba las manos a la cabeza.

Lo siguiente que contemplé fue el suelo hacia el cual me incliné para no mancharme la ropa al notar el borbotón de sangre que chorreaba de mi nariz y empezó formando goterones ante mis zapatos antes de convertirse en espantoso chorro de grifo que creaba charco.

Tres obsesiones: no mancharme la ropa, esto no duele tanto como temía y qué van a pensar de mí estos señores.

Apareció una señora, probablemente procedente del servicio que yo no había encontrado, y me preguntó qué me había pasado. No sé si se lo conté bien con todos los detalles. Creo que le hablé del puto cristal con buenas palabras. Yo estaba muy ocupado sacando el paquete de kleenex del bolsillo y un pañuelito del paquete para empaparlo en sangre. También me preocupé, no sé por qué, de quitarme las gafas y guardarlas en el bolsillo de la chaqueta.

En el instante siguiente, llegó Maribel acompañada de unos desconocidos en uniforme verde. Consiguieron unos cuantos kilómetros de papel higiénico, hicieron una pelota con ellos y me la aplicaron en la nariz al mismo tiempo que insistían en que echara atrás la cabeza y mirase al techo.

Maribel repetía «¿Y las gafas? ¿Y las gafas?», intrigada ante el fenómeno de que se hubieran volatilizado de resultas del golpe.

También me preguntaba si me mareaba. «¿Te mareas?  ¿Te mareas?». No me mareaba, cosa rara en mí. Incluso me parecía que había de ser humillante marearme en un cuartel de la Guardia Civil.

Tras una minuciosa inspección, uno de los presentes supo encontrar una pequeña herida en mi ceja que también sangraba. «¿Y esto?», me decían. «¿Y esto?». Era tal mi grado de aturdimiento que me resultaba imposible verme la ceja, de manera que no sabía a qué se referían.

Me sentía avergonzado, no sabía cómo disculparme por ponerlo todo perdido. El lago rojo. Me tranquilizaba con la convicción de que me lo perdonarían, los guardias civiles son hombres y mujeres curtidos, acostumbrados a todo tipo de cataclismos, y seguramente no era la primera vez que el suelo de un cuartel se ensuciaba de sangre.

Con la cabeza hacia atrás, la catarata de sangre que hasta entonces había estado regando el suelo se desvió hacia mi garganta. «Trago mucha sangre», informé a quienes me auxiliaban. Me respondían que no, que no podía ser tanta, que es que la sangre es muy aparatosa, de manera que me esforcé en ignorar el fluido vital que iba deglutiendo en cantidades industriales, en aquella especie de autovampirismo. Me consiguieron una silla. «Siéntese, que sentado se sangra con más comodidad.»

—¿Te mareas?  ¿Te mareas? 

—Que no.

Cuando me senté, me entró ese sudor frío y sentí que toda la sangre que corría por mi esófago hacia el estómago se iba de mi rostro.

—Ahora me parece que sí me estoy mareando.

Pero no me escuchaban porque estaban con el asunto del hielo. Maribel pedía hielo.

—No hay  —dijo alguien—. El restaurante está cerrado.

—¿Cómo que no hay?  —protestaba Maribel con esa energía que Dios le dio—.  ¿No están sirviendo copas? ¿Y no hay hielo para el cava y el vino blanco?

Después de los parlamentos se servía lo que se llama un vino español. Allí tenía que haber hielo.

—Ah. Claro.

A la mención del vino, me pareció buena idea pedir un trago, como hacía no sé quién en no sé qué película. Aquel vaquero herido en el pecho al que ofrecían un cigarrillo que aliviase su agonía.

—Vino, vino  —repetía para hacerme el simpático. 

También repetía una y otra vez que estaba mareado como una sopa y que quería tumbarme en el suelo. Pero alguien se oponía, «no, en el suelo no» y me sujetaba con fuerza. ¿Echarme en el suelo?  No, de ninguna manera.

Vamos a ver, no es que yo me pase la vida golpeándome la nariz contra cristales blindados pero una vez, de niño, me mareé durante la misa porque iba en ayunas para comulgar, y otra vez me mareé al ver cómo operaban a un gato y las dos veces se solucionó el problema echándome en el suelo en decúbito prono y poniendo los pies en alto. De manera que impuse mi férrea voluntad de protagonista del drama y terminé en el suelo, mucho mejor así, con los pies en la silla, mano de santo.

Unas manos caritativas sustituyeron la pelota de papel higiénico empapada en rojo por otro tramo kilómetrico que ahora envolvía un paquete de hielo balsámico.

De inmediato pude constatar que mi sistema de coagulación funcionaba correctamente y había finalizado la ingestión de sangre.

Al fin, llegó el médico, un hombre con gafas, todo serenidad. Aplaudió la idea de tumbarme en el suelo después de preguntar si era un acto voluntario o si me había caído, me observó  con atención y me informó de que aquello no era nada y que me había roto el tabique nasal. «No se equivoque», me permití contradecirlo. «El tabique ya venía roto de antes.» Es verdad que tengo un orificio nasal más ancho que otro —pequeño defecto que a distancia no se nota—  pero eso es producto de cuando en el colegio de los salesianos nos enseñaban a hacer el pino. Un día, en casa, traté de explicarle a mi madre el peligro que encerraba esa práctica circense. Todo el cuerpo depende de la fuerza de los brazos —le contaba apoyando las manos en la mesa—  y, si te fallan los brazos… Le hice una demostración de lo que podía pasar si te fallaban los brazos y pegué un fuerte narizazo contra la mesa. Fue entonces cuando se rompió el tabique nasal dándome este perfil tan característico. Y, curiosamente, aquella vez dolió mucho más y sangró mucho menos. Curiosidades del mundo natural. O sea que le dije al doctor que no me había roto nada, que esta nariz tan peculiar ya venía de fábrica. Creo que no me hizo ningún caso.

Unos brazos de hierro me levantaron del suelo y me condujeron a la enfermería. Yo me quería hacer el valiente y decía que no necesitaba puntos de apoyo y que ya estaba mucho mejor. Trataba de bromear y, si hubiera tenido una baraja, les habría hecho un juego de manos para demostrarles mi estoicismo y entereza, pero ellos eran más poderosos. A partir de ahora, cuando hable en mis novelas de cómo traslada la Guardia Civil a los detenidos de un lado para otro, sabré de lo que hablo. Mantenía la pelota de papel higiénico y el hielo contra mi nariz y procuraba caminar como si no hubiera sucedido nada, con andares incluso un poco chulescos, como los que realiza Fred Astaire justo antes de ponerse a bailar claqué.

Dediqué un pensamiento a tantos y tantos personajes de novela negra que recibieron, reciben y recibirán trompazos en la nariz hasta caer inconscientes y nunca han disfrutado de otro cuidado que un vaso de agua fría arrojado a la cara y me compadecí de ellos y, una vez más, no me los creí.

Me tumbaron en una camilla cubierta con lienzo verde. El médico se empleó a fondo. Después de juguetear unos instantes con mis orificios nasales, nos tranquilizó a todos asegurando que yo ventilaba por ambos y ventilaba bien.

Un guardia civil compasivo tuvo la amabilidad de comparecer con un vaso de vino tinto y me lo enseñó de lejos. No fuera caso que, cuando terminásemos la sesión terapéutica la delegada del gobierno, los generales, los escritores y los demás ya hubieran agotado todas las existencias. Ante aquel vaso de tinto, me sentí acompañado y querido. Eso es importante cuando yaces en el lecho del dolor.

La sangre había dejado de manar a chorros y lo más vital, a continuación, era comprobar si yo sabía cómo me llamaba, cuántos dedos había aquí y cuál era el nombre de la delegada del gobierno, que ahí sí que fallé.

El señor doctor me recetó paracetamol, me advirtió de que había tenido una conmoción craneal y que, por tanto, si aparecía algún síntoma alarmante en las siguientes 36 horas, como por ejemplo una morbosa tendencia a escribir poesía o algo parecido, fuera corriendo —con cuidado de no tropezar- a las Urgencias de un hospital de mi confianza. En ese momento, supe que sobreviviría.

Me puse en pie a los gritos de «¡Con cuidado, con cuidado!», y recuperé la confianza en mí mismo al ver que era capaz de mantener el equilibrio yo solito. Di un fuerte abrazo a la querida Maribel, que se había hecho cargo de mi bolsa y mi bufanda y no se había apartado de mi lado en ningún momento. Fue uno de esos abrazos de final de película pero en plan amigos. Luego me contó que, en algún momento de mi ofuscación, un guardia civil me había tomado de la mano y habíamos estado así, agarraditos, unos momentos, imagen que afortunadamente me parece que no vio nadie más. En momentos así, se puede hacer pedazos el prestigio de toda una vida. Mi inconsciente, sano y selectivo, borró inmediatamente de la memoria aquellos momentos todo lo tiernos que tú quieras pero inconfesables. Bebí un sorbo de vino y todo empezó a funcionar mucho mejor.

Instantes después me incorporaba a la fiesta donde aquella multitud comía, bebía y charlaba animadamente de espaldas al siniestro que había sucedido a pocos metros de allí. Así es la sociedad en que vivimos, todo alegría, inconsciencia, confeti y serpentinas a pocos metros de la miseria, la sangre, el sudor y las lágrimas. Fui saludado por todos, que me miraban como debieron de mirar a Lázaro, con esa grima que dan los muertos vivientes aunque no muerdan.

Me puse a comer con aparente apetito para tranquilizarlos. De vez en cuando, me llevaba una servilleta a la nariz para comprobar que la sangre seguía asomando con timidez, que por lo visto no sabía cómo despedirse.

Y esto fue lo que pasó, esto y no otra cosa, en el cuartel de la VII Zona de la Guardia Civil de la Travesera de Gracia de Barcelona, el miércoles 5 de marzo, a las ocho treinta de la tarde.

Estoy bien, no os preocupéis, gracias.  

TÚNICAS MOJADAS EN EL ACRÓPOLIS

Imatge

Atenea amarrándose la sandalia.

Su transparente vestido sigue la técnica de las túnicas mojadas inventada por Fidias, donde una cascada de pliegues hace destacar las formas femeninas de la diosa. Se le ha atribuido al escultor Calimaco, creador del capitel corintio. Originariamente se encontraba en el templo de Atenea Niké en la Acrópolis. (Del Blog ARTECONTACTOhttp://artecontacto.blogspot.com.es/2011/02/arquitectura-griega.html)

DOCTEUR PETIOT, 22 RUE LA SUEUR

El 31 de octubre de 1944, dos meses después de que los aliados liberasen París, en una estación de metro un grupo de la Resistencia rodeó a un capitán de las Fuerzas Francesas del Interior y le exigieron que se identificara. 
Dijo que era el capitán Henri Valéri, pero los documentos que mostraba eran una mala falsificación. Quienes lo abordaban lo hicieron cconvencidos de que se trataba del doctor Marcel Petiot sobre el cual acababa de aparecer un artículo en el periódico Résistence titulado «Petiot, soldado del Reich». 

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Plantó cara, tanto a los patriotas de la resistencia como a la policía que intervino en el altercado. 
¿Cómo podían acusarlo de colaborar con los nazis si tiempo atrás había sido detenido y torturado por la Gestapo acusado de dirigir una organización que ayudaba a familias judías para que huyeran a España? Era un patriota, uno de los que lucharon en la sombra, encarcelado y torturado por los alemanes —reiteraba— en la cárcel de Fresnes durante ocho meses. 
No obstante, aquella vez ya convenció a nadie. Si bien era cierto que había caído en poder de los alemanes, también lo era que se había librado de ellos gracias a su ingenio e inteligencia. Y hacía siete meses que la policía francesa había entrado en la mansión que Petiot alquilaba en el número 22 de la calle de La Sueur y había encontrado una gran cantidad de restos humanos en descomposición que el doctor iba quemando poco a poco en dos hornos. Aquél era el destino que esperaba a los incautos que, queriendo escapar del genocidio nazi, habían pagado entre treinta y cincuenta mil francos para que los llevara lejos de París. 
A partir de aquel espantoso hallazgo, el tenaz inspector Massu había reconstruido la vida de un monstruo que ya había sido juzgado antaño por vender heroína y por robo y siempre había eludido a la justicia alegando «demencia evidente». 
Lo acusaron de veintisiete asesinatos, incluído el de un niño de siete años. 
El juicio se inició el 18 de marzo de 1946 y se prolongó a lo largo de quince días, durante los cuales Marcel Petiot se mostró sarcástico o indiferente. 
Fue guillotinado el 25 de mayo de aquel mismo año.

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