Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

La verdad sobre el incidente del miércoles 5 de marzo de 2014 en el cuartel de la Guardia Civil.

 

ImatgeJornada sobre Novela Negra en el Cuartel de la VII Zona de la Guardia Civil de la Travesera de Gracia de Barcelona. Inaugura el Director General de la Guardia Civil Fernández de Mesa que nos endosa su rollo pero no se queda a escuchar el nuestro.

Una primera mesa redonda en que participamos Carlos Zanón, la juez Concepción Cantón, la guardia Carmen López y yo. Segunda mesa con Lorenzo Silva, Alicia Giménez Barlett, el fiscal anticorrupción Fernando Bermejo y el comandante del cuerpo Daniel Baena.

Todos los ponentes estuvimos la mar de brillantes y hubo aplausos y preguntas por parte del público. Al final, cuando ya cerraba el acto la delegada del gobierno, una señora rubia que no recuerdo cómo se llama, me puse en pie y me dirigí al fondo de la sala.

Un agente uniformado vino a decirme que el acto aún no había concluido porque faltaba que nos regalaran una hermosa estatuilla. Aproveché para informarle de que me había levantado respondiendo a la llamada de la naturaleza y le pregunté si acaso disponían de algún servicio en las proximidades.

Me dijo que sí, que sólo tenía que salir al patio y buscar la puerta de la izquierda.  

Salí al patio y busqué la puerta de la izquierda. Entré por ella y me encontré en un ámbito oscuro. La siguiente puerta daba a un aparcamiento, otra me parece que daba a un despacho y la tercera estaba cerrada. Accioné el pomo y no se abría. Tal vez en otro momento hubiera pensado «Está ocupado» y habría recurrido a mi reconocida paciencia pero, en aquel momento, de pronto, tomé conciencia de que estaba en un cuartel de la Guardia Civil, a oscuras y tratando de abrir puertas cerradas, se me despertó la paranoia y mi comportamiento me pareció que resultaría muy sospechoso a cualquiera que me sorprendiera.

A lo lejos, la gente aplaudía y comprendí que enseguida alguien iba a pronunciar mi nombre para darme mi regalo y no iban a encontrarme en mi puesto. Decidí aplazar el alivio de mi vejiga para más tarde y regresar a la sala lo más de prisa posible. Giré como una peonza, perdido en la tiniebla. Ante mí, la puerta que daba al patio. Quise salir por allí, disparado, y comprobé que no era una puerta que daba al patio sino un ventanal, o no sé cómo llamarlo, un cristal muy transparente y muy blindado, una trampa mortal contra la que choqué de narices y rodilla con la fuerza de un ariete medieval que llama a las puertas del castillo.

A través del cristal impoluto pude ver en el patio que mi amiga Maribel, del departamento de prensa del Cuerpo Nacional de Policía, asistía a la tragedia y se llevaba las manos a la cabeza.

Lo siguiente que contemplé fue el suelo hacia el cual me incliné para no mancharme la ropa al notar el borbotón de sangre que chorreaba de mi nariz y empezó formando goterones ante mis zapatos antes de convertirse en espantoso chorro de grifo que creaba charco.

Tres obsesiones: no mancharme la ropa, esto no duele tanto como temía y qué van a pensar de mí estos señores.

Apareció una señora, probablemente procedente del servicio que yo no había encontrado, y me preguntó qué me había pasado. No sé si se lo conté bien con todos los detalles. Creo que le hablé del puto cristal con buenas palabras. Yo estaba muy ocupado sacando el paquete de kleenex del bolsillo y un pañuelito del paquete para empaparlo en sangre. También me preocupé, no sé por qué, de quitarme las gafas y guardarlas en el bolsillo de la chaqueta.

En el instante siguiente, llegó Maribel acompañada de unos desconocidos en uniforme verde. Consiguieron unos cuantos kilómetros de papel higiénico, hicieron una pelota con ellos y me la aplicaron en la nariz al mismo tiempo que insistían en que echara atrás la cabeza y mirase al techo.

Maribel repetía «¿Y las gafas? ¿Y las gafas?», intrigada ante el fenómeno de que se hubieran volatilizado de resultas del golpe.

También me preguntaba si me mareaba. «¿Te mareas?  ¿Te mareas?». No me mareaba, cosa rara en mí. Incluso me parecía que había de ser humillante marearme en un cuartel de la Guardia Civil.

Tras una minuciosa inspección, uno de los presentes supo encontrar una pequeña herida en mi ceja que también sangraba. «¿Y esto?», me decían. «¿Y esto?». Era tal mi grado de aturdimiento que me resultaba imposible verme la ceja, de manera que no sabía a qué se referían.

Me sentía avergonzado, no sabía cómo disculparme por ponerlo todo perdido. El lago rojo. Me tranquilizaba con la convicción de que me lo perdonarían, los guardias civiles son hombres y mujeres curtidos, acostumbrados a todo tipo de cataclismos, y seguramente no era la primera vez que el suelo de un cuartel se ensuciaba de sangre.

Con la cabeza hacia atrás, la catarata de sangre que hasta entonces había estado regando el suelo se desvió hacia mi garganta. «Trago mucha sangre», informé a quienes me auxiliaban. Me respondían que no, que no podía ser tanta, que es que la sangre es muy aparatosa, de manera que me esforcé en ignorar el fluido vital que iba deglutiendo en cantidades industriales, en aquella especie de autovampirismo. Me consiguieron una silla. «Siéntese, que sentado se sangra con más comodidad.»

—¿Te mareas?  ¿Te mareas? 

—Que no.

Cuando me senté, me entró ese sudor frío y sentí que toda la sangre que corría por mi esófago hacia el estómago se iba de mi rostro.

—Ahora me parece que sí me estoy mareando.

Pero no me escuchaban porque estaban con el asunto del hielo. Maribel pedía hielo.

—No hay  —dijo alguien—. El restaurante está cerrado.

—¿Cómo que no hay?  —protestaba Maribel con esa energía que Dios le dio—.  ¿No están sirviendo copas? ¿Y no hay hielo para el cava y el vino blanco?

Después de los parlamentos se servía lo que se llama un vino español. Allí tenía que haber hielo.

—Ah. Claro.

A la mención del vino, me pareció buena idea pedir un trago, como hacía no sé quién en no sé qué película. Aquel vaquero herido en el pecho al que ofrecían un cigarrillo que aliviase su agonía.

—Vino, vino  —repetía para hacerme el simpático. 

También repetía una y otra vez que estaba mareado como una sopa y que quería tumbarme en el suelo. Pero alguien se oponía, «no, en el suelo no» y me sujetaba con fuerza. ¿Echarme en el suelo?  No, de ninguna manera.

Vamos a ver, no es que yo me pase la vida golpeándome la nariz contra cristales blindados pero una vez, de niño, me mareé durante la misa porque iba en ayunas para comulgar, y otra vez me mareé al ver cómo operaban a un gato y las dos veces se solucionó el problema echándome en el suelo en decúbito prono y poniendo los pies en alto. De manera que impuse mi férrea voluntad de protagonista del drama y terminé en el suelo, mucho mejor así, con los pies en la silla, mano de santo.

Unas manos caritativas sustituyeron la pelota de papel higiénico empapada en rojo por otro tramo kilómetrico que ahora envolvía un paquete de hielo balsámico.

De inmediato pude constatar que mi sistema de coagulación funcionaba correctamente y había finalizado la ingestión de sangre.

Al fin, llegó el médico, un hombre con gafas, todo serenidad. Aplaudió la idea de tumbarme en el suelo después de preguntar si era un acto voluntario o si me había caído, me observó  con atención y me informó de que aquello no era nada y que me había roto el tabique nasal. «No se equivoque», me permití contradecirlo. «El tabique ya venía roto de antes.» Es verdad que tengo un orificio nasal más ancho que otro —pequeño defecto que a distancia no se nota—  pero eso es producto de cuando en el colegio de los salesianos nos enseñaban a hacer el pino. Un día, en casa, traté de explicarle a mi madre el peligro que encerraba esa práctica circense. Todo el cuerpo depende de la fuerza de los brazos —le contaba apoyando las manos en la mesa—  y, si te fallan los brazos… Le hice una demostración de lo que podía pasar si te fallaban los brazos y pegué un fuerte narizazo contra la mesa. Fue entonces cuando se rompió el tabique nasal dándome este perfil tan característico. Y, curiosamente, aquella vez dolió mucho más y sangró mucho menos. Curiosidades del mundo natural. O sea que le dije al doctor que no me había roto nada, que esta nariz tan peculiar ya venía de fábrica. Creo que no me hizo ningún caso.

Unos brazos de hierro me levantaron del suelo y me condujeron a la enfermería. Yo me quería hacer el valiente y decía que no necesitaba puntos de apoyo y que ya estaba mucho mejor. Trataba de bromear y, si hubiera tenido una baraja, les habría hecho un juego de manos para demostrarles mi estoicismo y entereza, pero ellos eran más poderosos. A partir de ahora, cuando hable en mis novelas de cómo traslada la Guardia Civil a los detenidos de un lado para otro, sabré de lo que hablo. Mantenía la pelota de papel higiénico y el hielo contra mi nariz y procuraba caminar como si no hubiera sucedido nada, con andares incluso un poco chulescos, como los que realiza Fred Astaire justo antes de ponerse a bailar claqué.

Dediqué un pensamiento a tantos y tantos personajes de novela negra que recibieron, reciben y recibirán trompazos en la nariz hasta caer inconscientes y nunca han disfrutado de otro cuidado que un vaso de agua fría arrojado a la cara y me compadecí de ellos y, una vez más, no me los creí.

Me tumbaron en una camilla cubierta con lienzo verde. El médico se empleó a fondo. Después de juguetear unos instantes con mis orificios nasales, nos tranquilizó a todos asegurando que yo ventilaba por ambos y ventilaba bien.

Un guardia civil compasivo tuvo la amabilidad de comparecer con un vaso de vino tinto y me lo enseñó de lejos. No fuera caso que, cuando terminásemos la sesión terapéutica la delegada del gobierno, los generales, los escritores y los demás ya hubieran agotado todas las existencias. Ante aquel vaso de tinto, me sentí acompañado y querido. Eso es importante cuando yaces en el lecho del dolor.

La sangre había dejado de manar a chorros y lo más vital, a continuación, era comprobar si yo sabía cómo me llamaba, cuántos dedos había aquí y cuál era el nombre de la delegada del gobierno, que ahí sí que fallé.

El señor doctor me recetó paracetamol, me advirtió de que había tenido una conmoción craneal y que, por tanto, si aparecía algún síntoma alarmante en las siguientes 36 horas, como por ejemplo una morbosa tendencia a escribir poesía o algo parecido, fuera corriendo —con cuidado de no tropezar- a las Urgencias de un hospital de mi confianza. En ese momento, supe que sobreviviría.

Me puse en pie a los gritos de «¡Con cuidado, con cuidado!», y recuperé la confianza en mí mismo al ver que era capaz de mantener el equilibrio yo solito. Di un fuerte abrazo a la querida Maribel, que se había hecho cargo de mi bolsa y mi bufanda y no se había apartado de mi lado en ningún momento. Fue uno de esos abrazos de final de película pero en plan amigos. Luego me contó que, en algún momento de mi ofuscación, un guardia civil me había tomado de la mano y habíamos estado así, agarraditos, unos momentos, imagen que afortunadamente me parece que no vio nadie más. En momentos así, se puede hacer pedazos el prestigio de toda una vida. Mi inconsciente, sano y selectivo, borró inmediatamente de la memoria aquellos momentos todo lo tiernos que tú quieras pero inconfesables. Bebí un sorbo de vino y todo empezó a funcionar mucho mejor.

Instantes después me incorporaba a la fiesta donde aquella multitud comía, bebía y charlaba animadamente de espaldas al siniestro que había sucedido a pocos metros de allí. Así es la sociedad en que vivimos, todo alegría, inconsciencia, confeti y serpentinas a pocos metros de la miseria, la sangre, el sudor y las lágrimas. Fui saludado por todos, que me miraban como debieron de mirar a Lázaro, con esa grima que dan los muertos vivientes aunque no muerdan.

Me puse a comer con aparente apetito para tranquilizarlos. De vez en cuando, me llevaba una servilleta a la nariz para comprobar que la sangre seguía asomando con timidez, que por lo visto no sabía cómo despedirse.

Y esto fue lo que pasó, esto y no otra cosa, en el cuartel de la VII Zona de la Guardia Civil de la Travesera de Gracia de Barcelona, el miércoles 5 de marzo, a las ocho treinta de la tarde.

Estoy bien, no os preocupéis, gracias.  

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