Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

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Consejos de Chesterton (Cómo escribir relatos policíacos, 1925.)

En primer lugar, quisiera sugerir a mis colegas vendedo­res de asesinatos que ha llegado el momento de eliminar por completo el capítulo inicial consagrado a hacer que el protagonista parezca sospechoso. La primera parte de los relatos suele estar llena de coincidencias poco o nada con­vincentes, pensadas sólo para desviar momentáneamente las sospechas hacia el primer actor o hacia el protagonista de la novela. Ahora bien, el objeto de esta noble forma ar­tística es engañar al lector, y, a estas alturas, nadie se deja engañar ni por un instante por esta parte de la historia.

Hay un joven franco, rubio y atlético, que juega al crí­quet y está felizmente enamorado de la amable y hermosa protagonista. Nadie en el mundo imagina ni por un instan­te que él pueda ser el asesino. Si acabara siéndolo al final del libro, nos hallaríamos ante un relato de lo más original y sorprendente. Pero cuando sólo se sospecha de él al principio, sabemos que tan sólo nos espera el aburrimiento de ver cómo se le exonera de las sospechas mediante otra lar­ga serie de coincidencias. Es una total pérdida de tiempo ver a la policía sospechando de alguien de quien nosotros mismos no podemos sospechar.

        En segundo lugar, acordemos eliminar esa larga distracción a mitad del libro en la que el detective viaja a algún si­tio en persecución de alguien y acaba volviendo al punto de partida. El comandante muere asesinado en Surrey; al detective le informan de que alguien que podría ser el ase­sino vive en Arizona; va a Arizona, descubre que el hom­bre en cuestión está menos implicado que ese hombre cuyo rostro parece dibujado en la superficie de la luna y vuelve a Surrey. Es una incoherencia; admitamos seriamente que no es más que puro relleno. Hay una ley no escrita que obli­ga a que la historia avance hacia su solución, y no debería incluir un largo bucle que pueda cortarse sin afectar al au­téntico nudo.

        En tercer lugar, desde un punto de vista general, una de las falacias que más falsifican nuestro arte es la idea de que debemos confundir al lector. Es muy fácil confundir al lector, poniendo cosas en su camino que él no pueda entender. El arte verdadero con­siste en colocar cosas que pueda y deba entender, aunque no llegue a hacerlo. Pero que nadie se engañe en esto, pues se refiere a cosas más profundas que los relatos de detec­tives. Los hombres sólo pueden seguir la luz, y la emoción consiste en disponer sólo de una luz muy tenue. Pero nadie puede seguir la niebla ni puede emocionarse siquiera con algo que es meramente informe. Si confundimos al lector de manera que no pueda encontrarle sentido a lo que lee, concluirá que no tiene sentido y dejará de leer. Y estará en su derecho de hacerlo.

        Y, en cuarto lugar, repetiré con un llanto de imprecación algo que creo haber dicho ya en alguna otra parte, pero que estoy dispuesto a repetir allí donde haga falta.

        Evitad la Medusa Magenta y manteneos a más de mil kilómetros ­de distancia de la Sociedad Secreta Siberiana; no porque amenace vuestra vida, sino porque amenaza vues­tra alma literaria. Una vasta organización criminal es tan aburrida como una vasta recopilación de estadísticas: hace que incluso el crimen parezca leve y vulgar. La justificación de este tipo de relatos, por rocambolescos e incluso frívo­los que puedan ser, es que implican en cierto modo al alma humana. Alguien, aunque sea sólo el mayordomo (y desa­consejo hacer que ellos sean los criminales), ha decidido, ya sea empujado por su corazón o por el odio, a solas con su Dios, aceptar la marca de Caín. Si la marca se reduplica con un sello de goma, igual que si fuese una marca comercial, es el fin de la literatura.

Andreu Martín se pasa al ebook y visita al Festival Azabache

El escritor catalán llega a Mar del Plata con el legado del policial español más duro, al tiempo que emprende una cruzada para digitalizar su obra.

El jefe del policial negro español –aquel policial de la época de oro en los años ochenta- no conoce la Argentina sino a través de una ex esposa jujeña y de aquella suegra “de agradable recuerdo”, y también gracias a un tío bandoneonista que llenó su infancia de tangos. “De manera que para mí es un hito este viaje”, cuenta por mail, todavía desde Barcelona.

Pero el día ha llegado y hoy Andreu Martín –el autor de PrótesisLa camisa del revésA navajazosPor amor al arteBarcelona Connection y otras varias decenas de novelas– está aquí. En suelo argentino, en suelo marplatense. Listo para participar del Festival Azabache, que abre la temporada negropol de Sudamérica. Aquí Andreu Martín llegó como una de las estrellas del Festival y viene a saldar su deuda con sus lectores locales, aquellos que en las décadas de fin de siglo sólo sabían (¡sabíamos!) de él a través de sus libros, como si ese nombre raro fuera un mito más que la seña de un hombre de carne y hueso.

“A mí no me gusta viajar: me gusta haber viajado”, confiesa. “Eso significa que siempre me da pereza levantar el culo del asiento, y rezongo mucho, pero cuando voy a los sitios siempre me siento estimulado, mucho más maníaco que depresivo. Y regreso más rico de como me fui, sin duda”.

Si para Martín el viaje a la Argentina es un hito, también hay que decir que viene de tomar una decisión que es otro hito –y qué hito: pasarse al ebook a los 62 años, dar batalla en la Web, ganarle al futuro, digitalizar una obra de la cual el 90% está fuera de catálogo. En ese sentido, su nueva novela, La vida es dura (que no está protagonizada por un detective sino por un indignado), sólo conoce la edición digital. Y Niños que muerden a perros, una antología de relatos insólitos y cuentos cortos, también. Martín emprende la aventura echando diez de sus títulos, ahora con licencia Creative Commons 3.0. “No sé si me costó tomar esa decisión de hacerlo… Uno decide, encuentra la gente oportuna en el momento oportuno y se lanza, y a tiro pasado parece que fue la mar de fácil. Ahí vas”, comenta. “Hablé con Cristina Fallarás, con Raúl Argemí y con Lorenzo Silva, que son pioneros en esta aventura y ellos me animaron. Y no sé si es la única salida posible, pero sí sé que es el futuro. Para bien o para mal”.

Sin embargo, el catalán advierte que no tiene la totalidad de los derechos digitales de su obra y que gran parte no está digitalizada porque fue escrita a máquina o con programas de computación ya obsoletos. “De momento, me dedicará a libros que me resulten más fáciles”, dice, y no le faltan para elegir: tiene, sin eufemismos, más de cien. Pero tampoco se ha comprado, todavía, un dispositivo para leer ebooks.

¿Qué pasó para que el 90% de su obra esté descatalogada?
Tiene que ver con la dinámica de las editoriales, con la prisa por publicar novedades, por esa estrategia absurda de los departamentos comerciales de que hablo en mi video. Y también con la gran cantidad de obras que tengo, claro está.

¿Cuáles de sus novelas cree que merecen hoy una segunda vida?
Más bien haría una lista de las novelas que preferiría que no se publicaran. Serían pocas, pero las hay. Pero no las mencionaré porque nunca se sabe. Una vez, le dije a mi agente literaria que retirara de la venta una de mis novelas y al día siguiente tenía una oferta por ella. Un editor entusiasmado. ¿Qué hacemos?  Pues qué quieres: se reeditó.

¿Cuál es el futuro de las editoriales? 
Sólo sé seguro que tendrán que variar sus estrategias. El mundo está cambiando en todos los aspectos y tiene que empezar a prescindir de esa filosofía neoliberal basada en el saqueo y el dinero fácil y replantearse las cosas. Creo que las grandes empresas organizadas tienen mucho que decir en este campo, pero tienen que encontrar el camino y únicamente lo encontrarán variando sus puntos de vista. No se trata de una disyunción exclusiva “o” papel “o” digital. Los tiempos están cambiando, los dos formatos pueden convivir. Yo lo que quiero es que mis obras perduren, y para eso, la estrategia editorial tiene que cambiar.

Llega a un festival de novela negra y criminal. ¿Qué tendencias encuentra en la literatura policial actual?
Creo que ya se está produciendo una perfecta fusión entre subgéneros, que toda buena novela policíaca actual debe tener su parte de enigma, su dosis de negra y sus elementos de psicológica. Ya no concibo una buena novela con sólo una bruzna de todo lo bueno  que podemos dar.

Aquí, las participaciones de Andreu Martín en el Festival Azabache y más sobre el gran encuentro de literatura negropol de Mar del Plata.

Cateogrías: Incorporado por lectura | Etiquetas: 

MI MR. HYDE

       El quinto timbrazo rompió en dos una palabra que empezaba por «imp», y al mismo tiempo, hizo añicos la frase, el concepto e incluso el argumento de lo que escribía. Levanté la vista, exasperado y, cuando la devolví a la pantalla del ordenador, «imp» ya no significaba nada y yo ya no sabía adónde iba ni de dónde venía ni mucho menos quién era. El timbre de la puerta sonó por sexta vez y expiró mi inspiración, fuera lo que fuera lo que yo estaba describiendo (un asesino impávido, un policía impotente, un crimen imposible, un juez impaciente, un botín importante, una violencia imprescindible, un delincuente impetuoso, una rubia impresionante -ésos son mis temas preferidos: el horror urbano, el miedo cotidiano).

Salí del despacho y recorrí la casa preguntándome, entre dientes, dónde coño se había metido la canguro que, además de cuidar de mi hija, se suponía que debía cumplir otras funciones como, por ejemplo, la de abrir la puerta si alguien llamaba. Pegué un portazo excesivo para demostrar mi furor a la niñera negligente y para dar a entender al visitante insistente que ya acudía, que lamentaba mucho haber tardado tanto pero que tenía poderosos motivos para ello. Al pasar frente al cuarto de baño, vi a mi hija de dos años sentada en la taza del wáter, con cara de penosos esfuerzos, y a una canguro que la sujetaba y se excusaba con la mirada.

Abrí la puerta y me sacudió, como una descarga eléctrica, un ataque de pánico.

No porque el tipo que estaba ante mí tuviera un aspecto inquietante, que lo tenía, sino por algún motivo más profundo que, de momento, fui incapaz de analizar. En aquel instante sólo pude comprender que aquel individuo me daba mucho miedo porque tenía mucho que ver conmigo mismo, porque se parecía mucho a mí, porque tal vez fuéramos incluso dela familia. Unnexo profundo y sólido me unía al sujeto de niqui blanco sucio, vaqueros gastados, zapatillas deportivas, tatuaje en el bíceps, barba de días, palidez carcelaria (o quién sabe si sidótica) y mirada inyectada en sangre alcohólica.

—Qué tal, tronco —afirmó, inexpresivo—. Hoy me han soltao. ¿Puo pasar?

La respuesta era «No», naturalmente. Pero me sentía tan crispado y amedrentado como si el individuo me estuviera amenazando con una navaja. Pensé «la nena», al mismo tiempo que la oía venir corriendo por el pasillo. Pensé «No, que no se acerque, que él no sepa que existe». Pero era demasiado tarde. Los ojos sanguinolentos sonrieron al verla. Y, peor aún, también mi hija sonrió al ver los ojos sanguinolentos. Ella, que apartaba la vista y escondía la cara ante cualquier desconocido, se iluminó con la sonrisa de los domingos, abrió los brazos y corrió al encuentro del aparecido con un chillido de placer. La tomó él en brazos antes de que yo pudiese hacer nada por impedirlo, la levantó en alto y la besó, y a mí me estremeció la repulsión que ella no sentía, pero ya no pude cerrarle el paso por más tiempo, claro está, ya tuve que hacerme a un lado y aceptar que las amistades de mi hija tenían que ser bienvenidas en mi casa.

—Qué mayor sha hecho en un año, la jodía —comentó el visitante—. En un año que mhe pasao nel talego.

—¿La conocías? —pregunté al fin—. Perdona, ¿nos conocemos?

—¿Si nos conocemos?  —me echó una ojeada casi ofendida—. Yo no sé si te conozco a ti, pero tú a mí me conoces de sobras. Me he leío tos tus libros en el maco, y coño si me conoces. Te pasas la vida escribiendo lo que hago. Que si doy un palo a un banco, que si me cargo a un colega a sirlazos, que si me entalegan… Como si me hubieras parido. Yo me lo curro y tú te ganas la vida con mis aventuras. —Miró a mi hija, que le acariciaba las mejillas rasposas—. Que si nos conocemos, me pregunta tu padre. Yo a vosotros, no, pero vosotros a mí, tela, anda que no me tenéis clisao ni na. Pero no te preocupes, muñequita, que ya nos conoceremos. Las cosas van a cambiar, de ahora en adelante.

Me sentí aplastado por una losa de culpabilidad. No era la primera vez que experimentaba aquella sensación agobiante. Más de una vez había pensado que me alimentaba y alimentaba a mi familia a base de miserias ajenas. Mientras hubiera chorizos sueltos por la calle, navaja en mano, agresores de ciudadanos desprevenidos, yo tendría material para mis novelas.

—¿Qué pretendes?  —pregunté, como si sólo quisiera informarme—. ¿Qué quieres de nosotros?

—Lo que se me debe. Sólo mi parte en los derechos de autor.

Hace de esto más de un año. Mi mujer dice que es un atraco a mano armada. Yo todavía soy incapaz de negarle a míster Hyde lo que me pide.

Niños que muerden a perros

El cadáver exquisito (y 8)

¿Cómo planeé la novela a 24 manos?
Partí de un título que venía cantado: la idea nació en la Librería Negra Y Criminal y me pareció buen título para la novela. NEGRA Y CRIMINAL.
Pensé que podíamos tener una protagonista que fuera a la vez Negra y Criminal vengadora de antiguas afrentas.
Pensé entonces en una serie de víctimas de esa protagonista, cada una de las cuales protagonizaría a la vez el relato del escritor en cuestión. La única obligación de cada autor sería, pues, recrear la historia de algún malo que alguna vez mereció que nuestra Negra y Criminal acabara con él.
Añadí a algunos capítulos un plus que nos diera consistencia, evolución, planteamiento, nudo y desenlace a la historia, pero estos capítulos sólo eran propuestos, no impuestos, y aceptados por los voluntarios que asumían el pie forzado.
Jaume Ribera y yo nos reservamos el papel de reescritores de capítulos intermedios, como para disimular las costuras y las grietas que pudieran quedar entre historia e historia.
Y quedó bien, os lo prometo, quedó muy bien.
Se llama Negra Y Criminal y creo que podéis comprarla a través de la Página web de la Librería Negra y Criminal.
Probadla.

Lo haré yo mismo

«En un clásico e inspirado ejemplo policial de búsqueda de información, uno de los agentes en la escena le preguntó al gánster herido si había reconocido a los hombres que le habían disparado. Cuando Tam McGahern preguntó “¿Me voy a salvar?”, el agente de policía, a pesar de que en ese momento los huevos de McGahern compartían alojamiento con su nuez de Adán, respondió: “Sí, por supuesto”. Llegados a ese punto, el gánster dijo “Entonces, atraparé a esos bastardos yo mismo”. Y se murió.»

Craig Russel, Lennox.

Románticos suicidios

El poeta griego Kostas Karyotakis trató de suicidarse, de manera romántica, ahogándose en el Mediterráneo.

No le salió bien.

Al día siguiente, 20 de Julio de 1928, se pegó un tiro a la sombra de un eucalipto. En el bolsillo le encontraron una nota autógrafa que decía:

“Aconsejo a cuantos sepan nadar que no intenten jamás suicidarse tirándose al mar. Durante diez horas (¡DIEZ HORAS!) me estuve peleando con las olas. Tragué una enormidad de agua y, sin saber cómo, una y otra vez volvía a la superficie hasta que las olas me depositaron en la orilla.”

(DE LA CONTRA DE LA VANGUARDIA Y DE LA RED.)

Versiones

La clásica:

La Loren :

la más actual?

o la que propone Andreu:

La carcel de la vejez

«Ojalá que a usted le falten muchos años aún para entrar en la cárcel de la vejez, a la que yo me encamino amb la seguridad de que estamos —no podía ser de otra forma— en la recta final de la existencia, y pueda disponer a placer de sus horas, minutos y segundos sin sentir la angustia de llevar estampada la fecha de caducidad en cada poro de la piel.»

(CARME RIERA. La mitad del alma.)

Vacaciones

Sombreros

En 1937, tímidamente, había vuelto el sombrero, ese accesorio desaparecido de las calles durante los primeros días de la revolución porque se consideraba un símbolo burgués, y que ahora algunos volvían a lucir. Los ataques al sombrero fueron tan intensos que sus fabricantes tuvieron que inventarse un montón de teorías para conseguir venderlos, como por ejemplo que el contacto directo del sol sobre la cabeza ablandaba la masa encefálica o que no llevar la protección del ala del sombrero podía dañar la vista. Parece que la iniciativa no prosperó mucho, porque después de la derrota republicana una sombrerería barcelonesa, lanzó el eslogan: “Los rojos no llevaban sombrero”.

(EVA MELÚS. “Malgrat la guerra, la vida no s’atura.” La guerra civil a Catalunya. Memorial democràtic.)

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