Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

Altafulla 1

(Cuentos de brujas)

La manzana.

         La Confitería es un viejo local de la calle Sant Pau, fundado en 1912, donde al atardecer y por la noche reina un ambiente espléndido, con buena música y cócteles imaginativos y selectos. Nos citamos allí con el doctor Delclós a primera hora de la tarde para tomar un café porque así tenemos garantizada la intimidad y la tranquilidad.

         Le comento:

         —El otro día, estuve a punto de enviarte un caso que a lo mejor te habría interesado.

         Levanta una ceja. Le cuento:

         —Una mujer que trabaja para un fondo inversor. Iba a un pueblo de Tarragona, Altafulla, para gestionar la compra de unos terrenos con vistas a construir una urbanización. De repente, empezó a hacer cosas raras. Al llegar con el coche a una rotonda que hay en el centro del pueblo, se encontró dándole vueltas sin poder parar. Una vuelta y otra y otra, y ella era consciente de ello pero no podía evitarlo. Después de cuatro o cinco vueltas, continuó el viaje como si su voluntad no tuviera nada que ver con aquello. Llegó a la dirección del despacho de abogados donde había quedado con los agricultores de las tierras, y no conseguía aparcar. Pasaba por delante de un estacionamiento libre y no se detenía, pasaba de largo y se alejaba de la dirección, y volvía por la primera esquina pero ignoraba, sin querer, los aparcamientos que se le ofrecían. Cuando finalmente pudo dejar el coche y cruzó la calle, involuntariamente dio media vuelta y volvió a cruzarla en sentido contrario, y vuelta a cruzar, y una y otra vez, como una autómata.

         Me parece que, como yo suponía, el doctor Delclós sabe de qué le hablo.

         —¿Siete veces? —me pregunta.

         —No lo sé. Unas cuantas veces, no me dijo cuántas.

         —Debieron de ser siete —afirma—. Y supongo que luego no podía entrar en el portal, o en el ascensor, y entró y salió siete veces, y preguntó siete veces por el abogado y los señores que la estaban esperando.

         —Sí —confirmo—. Y los abogados y los agricultores ya habían marchado, porque llegó muy tarde. Y ella también se fue, agobiada, despavorida, incapaz de sacar adelante la negociación. Y desde ese día, experimenta la necesidad de repetir muchas veces lo que hace.

         —Siete veces —repite mi amigo, pensativo y con esa sonrisa de sabihondo que da tanta rabia.

         —Como un caso extremo de comportamiento obsesivo compulsivo. Vino a verme muy preocupada, convencida de que se estaba volviendo loca. Pensé «Este es un caso para Delclós.»

         —¿Cómo fue la primera entrevista?

         —Empezamos por la anamnesis a fondo. Ningún detalle significativo que llamara mi atención. Luego, siguiendo una intuición, dirigí mis preguntas hacia el trabajo que la llevaba al pueblo de Altafulla. ¿Le parecía bien? ¿O a lo mejor había alguna contradicción interna, alguna clase de escrúpulo…? ¿Quizás en el fondo ella no quería hacer ese trabajo? ¿O pensaba que sí debía hacerlo? ¿Se veía en la obligación de llevarlo a cabo, porque era su forma de ganarse la vida, porque tenía que obedecer a sus jefes y era lo que se esperaba de ella, pero tal vez…? Me reconoció que sí. Ella estaba de acuerdo con los dos abogados que la esperaban, tanto el que representaba a su empresa como el que representaba a los agricultores vendedores. Todos sabían que el precio que ofrecían a aquella pobre gente estaba muy por debajo del precio de mercado. Les pagarían cuatro cuartos y, en cambio, la urbanización reportaría un beneficio de muchos millones en la empresa. Me dijo que, si se lo hubiera preguntado en otro momento, habría dicho algo como «los negocios son los negocios, la vida es dura, yo no hago las reglas». Pero, en el momento en que hablábamos, ya no sabía qué decirme.

         —O sea, que iba muy nerviosa —Delclòs hace deducciones, jugando con la cucharilla dentro de la taza vacía—. ¿Te contó si había tenido algún incidente a la entrada del pueblo?

         —Sí —aquí era donde queríamos llegar—. De hecho, lo primero que me dijo fue que sospechaba que la habían envenenado. Antes de venir a verme a mí, se había hecho visitar por un par de médicos. Le hicieron unos análisis toxicológicos y no encontraron ninguna sustancia nociva ni en su cuerpo ni en la manzana…

         A Delclós se le iluminan los ojos y se le dulcifica la expresión, como si acabara de mencionar a una criatura recién nacida, tierna y adorable.

         —La manzana.

         —Sí. Sabía que te gustaría. Por eso lo dejaba para el final. A la entrada del pueblo, la paciente se detuvo en un semáforo con su BMW y una chica de raza gitana quiso limpiarle el parabrisas. La paciente se negó. La chica insistió e incluso comenzó a enjabonar el cristal con la esponja que llevaba, pero la paciente dice que iba un poco nerviosa por la importancia del negocio que tenía que atender y le dedicó unos gritos y unos insultos un poco exagerados y hasta conectó los limpiaparabrisas, dice que «con la intención de barrer a aquella desgraciada fuera de su vista».

         El doctor Delclòs asiente con la cabeza, como si nada de lo que le cuento le sorprendiera y adivina:

         —Pero la chica no se ofendió.

         —Muy al contrario —digo.

         —Muy al contrario —dice.

         —De una bolsa que llevaba colgada sacó una manzana roja y brillante, espléndida, y se la ofreció con una sonrisa tan bonita, tan inocente y generosa, que la paciente tuvo que aceptarla. Dice que le pareció que era la manera como la chica le pedía perdón y hacía las paces.

         —Y mordió la manzana.

         —Efectivamente. Mientras se adentraba en el pueblo, iba comiendo la manzana que, por lo visto, estaba buenísima.

         —Pero, al llegar a la rotonda, se puso a dar vueltas sin poder evitarlo —concluye Delclós—. Siete vueltas. Un clásico. ¿Y a qué conclusión llegasteis?

         —Terapia tres días a la semana y un neuroléptico tipo clorpromazina. —Pregunto, seguro de que me sorprenderá—: ¿Tú qué habrías hecho?

         —Ya te lo puedes imaginar. Neutralizar la manzana.

         —Entonces, ¿crees que la paciente tiene razón? ¿La manzana estaba envenenada?

         —Como la de Blancanieves. Como las manzanas que el padre de Rapunzel robaba para su mujer en el jardín de al lado de su casa, que resultó que pertenecía a una bruja. Como la Manzana de la Discordia, la que la diosa Eris cogió del Jardín de las Hespérides y que está en el origen de la Guerra de Troya. El manzano era árbol mágico en la mitología nórdica y en la mitología celta. Los druidas se reunían bajo su cobijo y tenían prohibido cortar ese tipo de árboles. No hace mucho, he leído un caso similar en un tratado de medicina del mil setecientos ochenta y tantos escrito por un médico escocés de prestigio, sir William Buchan. Habla de una chica que, cuando quería ir a misa, daba siete pasos adelante y siete pasos atrás, de manera que no llegaba nunca.

         —¿Y cómo harías para neutralizar la manzana?

         Delclós libera una risa silenciosa y traviesa quizá porque le da un poco de vergüenza responder a la pregunta. Pero, bah, somos amigos. Reflexiona un poco mientras se frota la barba, parpadea, suspira y termina diciendo:

         —Pediría a la paciente que me trajera restos de la manzana. Debe de tenerlos porque, si los analizaron, algo quedará. Cogería un trocito no muy grande o, mejor, las semillas. Le pediría una prenda que hubiera estado en contacto muy íntimo con su cuerpo, unas braguitas sucias por ejemplo, las que llevara en ese momento, sí, no te rías, me has preguntado qué haría y yo te lo digo. Envolvería las semillas o el trocito de manzana con las braguitas, pronunciaríamos unas palabras como quien reza, y pegaría fuego al paquetito, o lo tiraría al fuego de la chimenea.

         Miro a los ojos de mi amigo para asegurarme de que está hablando en serio y sí, va en serio, habla muy en serio, y eso me hace reír, y él también se ríe, y así estamos los dos un rato, sacudidos por una hilaridad imparable, incapaces de pronunciar otras palabras que «braguitas» y «semillas». Yo enarco las cejas para asegurarme de que no es una broma y él asiente para convencerme.

         —Entonces —Consigo decir al fin—, ¿la paciente volvería a la normalidad?

         —Muy probablemente.

         —Entonces… —quiero probar.

         —No, no me la envíes. No aceptaría a esa paciente.

         —¿Por qué?

         —¿Una mujer que trabaja para unos fondos buitre que iba a comprar las tierras a unos campesinos, con la intención de engañarlos pagando por debajo del precio de mercado unas tierras que se revalorizarán al cien por cien? No, gracias. No habría ninguna empatía entre nosotros. No serviría de nada, el ritual no tendría ningún efecto. No se curaría aunque prendiera fuego a los almacenes centrales de Victoria Secret. No: terapia convencional tres días a la semana y una buena dosis de clorpromazina está bien.

         —Pero, venga, hombre, Delclós —protesto—. Eso son prejuicios. La paciente sólo iba a hacer su trabajo.

         Pero no hay manera.

         Terapia tres días a la semana y una buena dosis de clorpromazina. Y a ver qué pasa.

         (Inspirado en anécdotas del libro de JUAN AMADES «Brujas y hechiceros» 1934.)

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