Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

OPERACIÓN CATARATAS (1)

El ojo izquierdo.

Imagen 

 

Irse a operar de cataratas a la Clínica Barraquer de Barcelona es como subirse a una de las atracciones de Port Aventura, sólo que para vivir las peripecias del Dragon Khan, por ejemplo, no tienes más que pagar una entrada y hacer cola y, en cambio, para acceder al quirófano oftalmológico, tienes que superar previamente una serie de pruebas. Opino que los de Port Aventura deberían adoptar este sistema, que proporciona mucha más emoción a la experiencia.

Cualquiera que mida más de unos cuantos centímetros puede subirse a la vagoneta del Dragon Khan pero, ah, amigo, para ponerse en manos de la doctora Barraquer, tienes que someterte al examen de tu sangre, de tu azúcar, de tus transaminasas, rayos equis, electrocardiograma y otros aparatos de ciencia ficción que aseguran que estás en plenas facultades físicas y mentales. Por ejemplo, se aseguran de que tengas cataratas y, si no las tienes, te miran con la conmiseración que reservamos a quienes pretenden colarse donde no les corresponde, y te dicen: «No, muchacho, tú no eres digno de vivir esta aventura».

¿Os imagináis que hicieran lo mismo en el Dragon Khan?  Ah, no, lo siento, muchacho, no has pasado la prueba de la tensión arterial, no estás en condiciones de someterte a la práctica de este deporte de riesgo.

Puro montaje, claro. Luego pasa todo el mundo, que en las salas de espera y las camillas de la Barraquer tampoco es que yo haya visto supermanes y supermujeres. Gente normalita normalita, incluso un poco más decrépita que en la cola del Dragon Khan. No puede ser que haya tanta gente con cataratas en Barcelona y sí, en cambio, hay enchufes, compromisos y recomendados con pasta. A mí mismo, puestos a confesarlo todo, me dijeron que tenía unas cataratitas más modelo grifo que modelo Niágara para entendernos, que por lo visto podría haber esperado un par de años, pero bueno, les caí simpático y, a la hora de marcar apto o no apto, se decantaron por la primera opción.

Unas pruebas médicas de este tipo pienso que otorgaría a la montaña rusa un extraordinario plus de sensación de riesgo.

Porque lo que hace atractivas a estas prácticas es la sensación de riesgo. Si en el Dragon Khan uno vive el miedo de perder la vida, en la Operación Cataratas se tiembla ante la posibilidad de perder el ojo, que tampoco es moco de pavo (es el ojo). Todo el mundo sabe, si se para a pensar un momento, que ese riesgo no existe. Tanto detrás de la operación oftalmológica como detrás de la aparentemente frágil estructura del Dragon Khan, hay siglos de ciencia y de práctica, centenares de profesionales conscientes de su responsabilidad, miles de pruebas, prácticas, intentos y experimentaciones y millones y millones de euros invertidos para garantizar absoluta seguridad. Claro que una mente asustadiza y paranoica puede imaginar en la superestructura de la montaña rusa un tornillo oxidado y quebradizo que haya pasado inadvertido a los inspectores del parque y que, en un momento dado, se rompa al paso veloz del convoy haciendo ceder el andamiaje del ingenio unos pocos centímetros, creando un quiebro capaz de proyectar las siguientes vagonetas por los aires, como una bala de cañón que surcara los cielos hasta impactar en ese edificio de Salou donde había congregados unos vecinos en una reunión de comunidad, ese edificio que en los bajos tiene una gasolinera que se incendiaría y explotaría en una especie de hongo atómico, pero eso no ha pasado, seguro, no ha pasado, porque se sabría, ni pasará. Claro que algún paciente especialmente aprensivo puede imaginar que la doctora Barraquer podría estornudar mientras se ocupa de él y revivir así la peor imagen de Le Chien Andalou, pero eso no ha sucedido jamás ni sucederá. De manera que, para dar valor a la vivencia, para darle un poco de vidilla, hay que crear esa sensación de riesgo, esa breve inquietud, lo que los novelistas llamamos nudo, que nos prepara para el hondo placer y satisfacción de lo que conocemos como feliz desenlace o happy end.

(Continuará.)

 

 

 

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