Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

Crónica de combate de boxeo intelectual.

    Ayer por la tarde, a las 19:30 horas en punto, se celebró en la librería Excellence de la calle Balmes de Barcelona el primer GRAN COMBATE DE BOXEO INTELECTUAL, a cinco asaltos, entre la NOVELA NEGRA, representada por el joven y fino estilista SEBASTIÀ BENNASSAR, y la NOVELA POLICÍACA representada por el veterano ANDREU MARTÍN (rudo fajador). 

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    Desde el primer momento, se vio la impecable preparación de Sebastià Bennassar, seguro de sí mismo, firme en sus convicciones, y la inseguridad de un Andreu Martín cargado de notas, citas y apuntes que, además, ofreció como regalo posterior a la árbitro Anna María Villalonga en un gesto demasiado parecido a la adulación.

    En el primer asalto, Bennassar cedió la iniciativa a un Martín no muy firme que reconoció el hándicap de verse obligado a defender la novela policíaca cuando ha sido cultivador de novela negra. No obstante, se conocen en su larga biografía momentos en que ha llegado a decir que Agatha Christie tiene buenas novelas. Se lió un poco relacionando la novela policíaca con el racionalismo y la novela negra con el postmodernismo y Bennassar replicó con una claridad de conceptos y un aplomo indiscutible que enseguida le valió el apoyo del público, que le dio ganador del asalto en la votación posterior.

    En el segundo asalto, referido a la denominación de este género literario en diferentes países, Bennassar salió muy decidido y confiado, tanto que ni siquiera llegó a agotar su turno. Martín aprovechó tal confianza para continuar el discurso del anterior asalto, golpeando un poco a ciegas pero de manera machacona lo que sin duda se había preparado durante horas de entrenamiento. Se puede decir que jugó algo sucio al no ceñirse a las reglas, puesto que no se atuvo exactamente al tema señalado por el juez, pero la árbitro Villalonga no lo amonestó y llegó al final de los cuatro minutos con un cierto dominio del ring que le valió la victoria del round y el empate provisional del combate.

    En el tercer asalto, cuando tenían que hablar de Hammett i Chandler, Martín dio muestras de debilidad. Salió a la defensiva, hasta el punto de que él mismo lo reconoció en un inciso, y mientras hablaba su contrincante todo el mundo pudo ver cómo le daba la razón asintiendo con la cabeza. Se atrevió a proclamar que nadie en el mundo había entendido el argumento de El Sueño Eterno y que la novela de Hammett La Maldición de los Dain era una porquería. Bennassar, por su parte, iconoclasta también con los clásicos, aplicó una serie de golpes gloriosos defendiendo con fervor la literatura autóctona, dando muestras de una lucidez y una generosidad demoledoras, que hicieron hincar la rodilla al veterano y le dieron la victoria indiscutible del asalto.

    Martín salió al cuarto asalto visiblemente nervioso y decidido a vencer. Hablaba más de prisa que antes y en voz más alta, y no dudó en iniciar su intervención con unos cuantos golpes bajos despreciando las afirmaciones de Bennassar referentes al contenido necesario de la novela de este género, rebatiendo el discurso por la vía despectiva y queriendo demostrar que podía añadir conceptos nuevos a lo que presentó como débiles argumentos del contrincante. Recurrió a unos conceptos que tiene aprendidos desde hace tiempo y que le hemos oído repetir hasta la saciedad, pero que son efectivos y que demuestran su interés por el género. Se aprovechó de que Bennassar se había expresado primero y la contundencia de sus afirmaciones le proporcionaron de nuevo el favor de un público que sin duda se estaba divirtiendo y se veía tan empatado en opiniones como indicaba el marcador.

    En el quinto asalto, el definitivo, sobre el estado actual de la novela negra,  Martín echó el resto, salió a ganar. Acudiendo ya descaradamente a los apuntes que llevaba consigo, consiguió encajar algunas citas del maestro Chandler y suyas propias, descalificando la supuesta verosimilitud de la novela negra. Hizo reír al público varias veces e incluso arrancó la carcajada siempre espléndida de Anna María Villalonga y se lo puso muy difícil a Sebastià Bennassar que, aun cuando recurrió al apoyo de notas que hasta entonces su nivel de conocimientos universitarios, su capacidad de improvisación y su aplomo habían hecho innecesarias, se vio superado por puntos en el último momento.

    En todo caso, no fueron puntos suspensivos porque el nivel del encuentro fue muy alto, el público se fue muy satisfecho, los dos autores firmaron libros y recibieron parabienes de sus lectores.

    Poco después del combate, un maltrecho Andreu Martín difundió este twitter:

    «Ha sido un combate muy duro. No estoy seguro de poder superar otro igual.»

    Afirmación que quería ser un elogio a la preparación teórica, al estudio del género y a la calidad literaria de Sebastià Bennassar.

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EL NOI DEL SUCRE

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Se llamaba Salvador Seguí y le llamaban El Noi del Sucre, el Chico del Azúcar. Todo el mundo admiraba su capacidad de seducir y arrastrar a las masas.

El día de San José de 1919,  en la plaza de toros de Las Arenas, a pleno pulmón había hecho callar a veinte mil obreros exaltados y los convenció de que acabaran la huelga de la Canadiense. Era el más importante líder anarquista del momento. Un mito.

La noche del 9 de marzo de 1923, Salvador Seguí, su esposa Teresa y su hijo Heleni de siete años, salieron del teatro Cómico del Paralelo y tomaron un taxi para dirigirse a la calle Valencia, número 559, donde vivían.

Durante el trayecto, el conductor del taxi advirtió a Seguí de que los iba siguiendo un coche ocupado por tres hombres. Uno de ellos era Inocencio Feced, el confidente de la policía que había puesto la bomba en el music hall Pompeya tres años antes.

Cuando llegaron a su destino, el líder sindical se apeó del vehículo, acompañó a su esposa y a su hijo hasta el portal, les dijo «ahora subo» y volvió atrás para plantarse delante de sus perseguidores.

—¡Disparad, cobardes!  —les gritó.

No se atrevieron.

El coche, con Feced en su interior, pasó de largo y se perdió en la noche.

Pero Salvador Seguí ya sabía que estaba en el punto de mira y que le quedaba poco tiempo de vida.

Al día siguiente, sábado, 10 de marzo, después de comer, dio un fuerte abrazo a Teresa:

—Voy a tomar un café con Lluís Companys —le dijo.

Su esposa notó que llevaba en el bolsillo su pistola automática belga.

Se temía lo que iba a suceder.

Pasó un rato en el Tostadero de la plaza de la Universidad jugando a billar con Companys y otros amigos. A media tarde, salió con un tal Comas para dirigirse a la calle de San Rafael a realizar una gestión profesional.

A las siete y cuarto, Comas y él pasaban por delante del número 19, cercano a la calle de la Cadena, cuando Inocencio Feced llegó por detrás y disparó un revólver a la nuca de Seguí, que cayó fulminado.

Otro individuo hirió a Comas en el costado derecho y en la pierna izquierda. Un tercero disparaba al aire para organizar jaleo y sembrar el pánico, y sus balas alcanzaron accidentalmente a una mujer, Margarita Miquel, de 66 años, que se había asomado al balcón para ver qué estaba sucediendo.

En la esquina de la calle de San Rafael con la Rambla del Raval, muy cerca del restaurante Casa Leopoldo, hoy se puede ver una placa que conmemora este asesinato. 

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SE VENDE LA TORRE EIFFEL

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El 11 de marzo de 1947, murió a los 57 años, en la cárcel de Springfield, Missouri (USA), un hombre llamado Victor Lustig. En su partida de defunción constaba, como profesión, «aprendiz de vendedor».

Era el hombre que, veintidós años antes, había vendido dos veces la Torre Eiffel.

En 1925, la torre parisiense, construida en 1889 con motivo de la Exposición Universal de París, se veía estropeada y oxidada, y muchos ciudadanos reclamaban que fuese derribada.

Cinco importantes chatarreros de Francia recibieron una carta con papel oficial, membrete del Ministerio de Correos y Telégrafos y firmada por el conde Lustig, que los convocaba a una reunión en el prestigioso Hotel Crillon.

Allí, Victor Lustig (Checoeslovaquia, 1890) les notificó que el Gobierno Francés, sin presupuesto para reparar la torre, había decidido venderla como chatarra. En un informe detallaba la cantidad de elementos de hierro que la componían y el peso que ello representaba, y les propuso que hicieran ofertas.

Días después, Lustig se reunió con el industrial André Poisson, otra vez en el hotel Crillon, para informarle de que podía conseguir que fuera él el candidato elegido por el Gobierno, a cambio de una comisión proporcional al precio de compra. Eso explicaba que la reunión se realizara en un hotel y no en el Ministerio.

Poisson firmó el documento de compra que, por la cantidad de setecientos millones de francos, lo autorizaba a derribar la Torre Eiffel y llevársela como chatarra.

Y Victor Lustig se fue a Viena para disfrutar del dinero obtenido con la estafa.

Al comprobar que Poisson no se había atrevido a denunciar los hechos a la policía, dos años después, Lustig volvió a París, reunió de nuevo a unos cuantos industriales y les endosó la Torre Eiffel por segunda vez.

Después de lo cual, se fue a viajar por Estados Unidos.

Fue allí donde Lustig inventó la máquina de fabricar dinero. Una cajita de madera con una manivela. Por un lado, se metía un papel y salía por el otro lado convertido en un billete de banco auténtico. Se hizo de oro vendiendo cajitas de ésas. Incluso consiguió que un sheriff de Texas que lo había detenido —no sabemos por qué—  le devolviera la libertad a cambio de la maravillosa maquinita de fabricar dinero.

Cuando pasó por Chicago, quiso estafar a Al Capone en persona. Le vendió por 50.000 dólares unos bonos falsos con la promesa de que, en sesenta días, duplicarían su valor.

Cuando se enteró de quién era realmente su víctima, volvió al hotel donde Capone vivía y le devolvió el dinero diciéndole que «le parecía que el negocio era sospechoso y que más valía retirarse».

Cuentan que Al Capone le regaló cinco mil dólares y le dijo que era el «hombre más honrado que jamás había conocido».

Éste fue Victor Lustig y es probable que sea en memoria de este personaje que, en francés, la palabra loustic defina a un «individuo poco serio».

 

 

 

 

PORNOCRACIA

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El 14 de mayo del año 964 después de Cristo, un hombre llega a su casa y sorprende a su mujer en la cama con un amante.

Enfurecido, agarra un martillo y lo descarga sobre la nuca del intruso hasta causar su muerte.

Si este incidente ha pasado a la historia es porque el adúltero asesinado era el Santo Padre, Papa de Roma, Juan XII, de 24 años, y porque dicen que de esa manera drástica terminaba una de las épocas más siniestras del Vaticano: la conocida como Pornocracia.

Todo había empezado 60 años antes, en el 904, cuando Teodora, la esposa de Teofilacto, noble patricio de Roma sumamente influyente, conseguía que llegase al trono papal Sergio III, un hombre al que podía manipular a su capricho, a cambio de favores sexuales.

El Sumo Pontífice también fue amante de la joven de 15 años Marozia, hija mayor de Teodora.

Al morir Sergio III, Teodora y Marozia se encargaron de que subiese al trono de San Pedro Anastasio III, más tarde asesinado por orden de Teofilacto, y luego el Papa Landó, que sólo duró seis meses.

Madre e hija también fueron íntimas del papa Joan X, durante cuyo pontificado murió Teodora. Marozia, entonces ya con 26 años, demostró que había aprendido todo lo necesario de su madre. Después de otros dos pontífices efímeros, entronizó al hijo que había tenido con Sergio III, con el nombre de Juan XI.

Entonces, otro de sus hijos, Alberico, de 18 años, se encargó de encarcelarla, a ella, a su propia madre, y tomó el relevo en la tarea de manipulación de papas, a cuál más simoníaco y corrupto, León VII, Esteban VIII, Marín II y Agapito II, hasta llegar a aquel Juan XII, hijo ilegítimo de la mítica Marozia, que murió bajo los martillazos de un marido poco comprensivo.

Dicen que en ese momento terminó la pornocracia, período en que los papas duraban cinco años de media, y siete de ellos fueron asesinados, dos murieron en la cárcel y dos mientras practicaban el sexo.

Dicen que los romanos comentaban que Juan XII había sido muy afortunado al morir en la cama, aunque fuera la de otra persona.

 

 

DULCE NEUS

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El 28 de Junio de 1981, el empresario de la construcción Joan Vila Carbonell dormía apaciblemente en la cama de su finca Mas Vila, cien hectáreas de regadío en Esplús, provincia de Huesca.

Reposaba sobre su costado derecho, en posición fetal, vestido únicamente con un slip.

En los últimos tiempos ingería gran cantidad de whisky y valium y probablemente por ese motivo no percibió que a su alrededor, a las diez de la noche, se reunió toda su familia.

Su esposa, Neus Soldevila Bartrina, de 38 años, y sus seis hijos, Neus, de 18; Lluís y Joan, mellizos de 17; Marisol de 14; y las pequeñas Dolors y Anna.

Se disponían a cometer un asesinato.

Todos ellos estaban hartos del carácter salvaje de su padre, de sus gritos y malos tratos.

Hijo de pobres campesinos, se hizo millonario con la oportunidad de las recalificaciones y del ladrillo y, afiliado al partido ultraderechista de Fuerza Nueva, Joan Vila era un déspota que obligaba a sus hijos mayores a trabajar el campo de sol a sol, haciendo turnos porque no quería que el tractor estuviese parado, que había truncado la carrera de empresariales que estaba cursando su hija Neus, que escatimaba dinero a su mujer, que era el único que comía en el salón mientras el resto de la familia tenía que comer en la cocina.

Neus Soldevila se había buscado la vida vendiendo productos de cosmética y, cuando consiguió suficiente independencia económica, decidió separarse.

Pero para Joan Vila era impensable el divorcio. Neus consideraba que incluso «podía ser peligroso». Más de una vez había dicho a sus hijos que estaba tentada de suicidarse.

Después de uno de sus frecuentes enfrentamientos conyugales,  que dejó notables cicatrices en ella, Neus consiguió una pistola Star del nueve corto.

Ésa era el arma que tenía en la mano aquella calurosa noche de junio.

Habían acordado que sería uno de los mellizos quien debía apretar el gatillo pero, en el último instante, el chico no se atrevió.

Fue Marisol quien dio un paso adelante, agarró el arma y preguntó si el retroceso no podía hacerle errar el tiro. Fue ella quien acercó el cañón a la parte superior izquierda de la cabeza de su padre y disparó.

Neus Soldevila dijo que unos desconocidos encapuchados habían asaltado la finca, pero no engañó a la guardia civil que, después de un tiempo de investigación, a través de una serie de contradicciones y luego de interrogar a la vieja criada llamada Inés, descubrió la trama.

Durante el proceso, a Neus Soldevila se la conoció como la Dolça Neus (la Dulce Neus) por la voz que tenía y su delicada manera de expresarse.

Fue condenada a 28 años de cárcel, sus hijos mayores de dieciséis años también recibieron penas de cárcel y la menor Marisol fue a parar a un reformatorio.

El 1 de octubre de 1986, aprovechando que disfrutaba del régimen abierto, la Dulce Neus escapó a Sudamérica, de donde fue extraditada tres años más tarde, en 1989, para que continuase cumpliendo condena.

Ahora, ha escrito un libro y lo vendr personalmentr, y dice que no se arrepiente de lo que hizo, que Joan Vila tuvo el final que se merecía. 

LA MUERTE DEL NIÑO

El 14 de julio de 1881, cerca de la medianoche, el sheriff Pat Garrett llega a casa de Pete Maxwell, en Fort Sumner.

Hace mucho calor y la puerta y las ventanas están abiertas. Garrett se acerca a la cama donde duerme el dueño de la casa. Lo despierta:

—¿Dónde está el Niño? 

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Se refiere al muchacho de 21 años que se hace llamar William Bonney, conocido como Billy el Niño, que se ha convertido en una leyenda en Nuevo México.

Llegó al condado de Lincoln en 1877 y entró a trabajar como vaquero (cow-boy) en el rancho de John Tunstall, un terrateniente inglés que se convirtió para él en el padre que nunca tuvo.

Una pandilla de políticos, jueces, ganaderos y militares que querían dominar el territorio de Nuevo México y que se denominaban a sí mismos el Ring de Santa Fe y entre los cuales se encontraba el famoso John Chisum, declararon la guerra a Tunstall.

Un día, el sherif William Brady salió al paso del inglés y lo mató.

Ese incidente enloqueció al joven Billy que formó una banda para vengar a su tutor.

Tomaron el nombre de Los Reguladores (The Regulators) y se dedicaron a matar a los asesinos de Tunstall y a robar su ganado.

En aquella época, Billy the Kid aseguraba haber matado a tantos hombres como años tenía «sin contar a indios ni mexicanos».

El gobernador Lewis Wallace (autor de Ben-Hur) ofreció 5000 dólares por la cabeza de Bonney. Entonces, el sherif Pat Garrett, antiguo amigo de Billy el Niño, inició la persecución del joven pistolero.

Lo detuvo en diciembre de 1880, lo juzgaron y lo condenaron a muerte, pero Billy se escapó el 9 de abril de 1881, matando a dos guardias.

Ahora, por fin, tres meses después, Garrett ha recuperado el rastro, en Fort Sumner. Y, cuando está preguntando a Maxwell dónde está Billy, en la puerta se enmarca el muchacho en mangas de camisa, descalzo y sin sombrero, con un cuchillo en una mano y un revólver del 41 en la otra, y pregunta en castellano:

¿Hay alguno ?

Garrett dispara. La bala rompe el corazón de Billy, que cae y, según Ramon J. Sender en su libro El bandido adolescente, «se le oyó toser como el niño que se atraganta bebiendo leche».

Dijo una mujer:

—La muerte le sentaba tan bien como le había sentado la vida. O mejor.

 

 

ALMA GRANDE

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El 30 de enero de 1948, Mohandas Karamchand Gandhi se dirigía a Birla Bhavan (la Casa de Birla) para rezar. Tenía 78 años y lo rodeaba una multitud que lo adoraba.

Durante treinta años había encabezado el movimiento nacionalista de la India para echar al Imperio Británico de su país.

Un día dijo: «Cuando alguien entiende que obedecer leyes injustas es contrario a la dignidad de hombre, ninguna tiranía podrá dominarlo.»

Su lucha era pacífica. Con Lev Tolstoi coincidía en la confianza ciega en la resistencia sin violencia, consistente en huelgas, o manifestaciones pacíficas, o huelgas de hambre como métodos de presión.

«No hay un camino hacia la paz: la paz es el camino.»    

En 1931, tuvo un papel esencial en la Conferencia de Londres donde reclamó la independencia ante el mundo entero.

«Desobedeceremos las leyes ingleses con tanta bondad y obstinación que ellos, cansados por nuestra apatía, se tendrán que ir.»

En 1942, a los 73 años, fue encarcelado, junto a su esposa Kasturba, que murió durante el cautiverio. Él hizo una huelga de hambre de veintiún días.

El poeta Rabindranath Tagore le había puesto el apelativo de Mahatma que en sánscrito significa Alma Grande. 

«Si aplicamos, el ojo por ojo, todo el mundo terminará ciego.»

Ghandi fue nominado cinco veces, entre 1937 y 1948, para el premio Nobel de la Paz, pero no se lo dieron nunca.

En el nuevo país, Mahatma Ghandi quiso incorporar las castas más bajas a la sociedad y defendió que los musulmanes también tenían cabida en él, lo que le valió la maldición de los hindúes fanáticos.

El día 30 de enero de 1948, exactamente cinco meses después de que India consiguiera su independencia, cuando Mahatma Ghandi iba a Birla Bhavan para rezar rodeado de una multitud que lo adoraba, uno de esos hindúes fanáticos, llamado Nathuram Godse, salió a su paso y lo mató de un tiro.

Ghandi había dicho: «La violencia es el miedo a los ideales de los otros.» 

ASESINATO EN HOLLYWOOD

El 2 de febrero de 1922 la policía de Los Angeles acudió a una mansión de Alvarado Street donde había aparecido muerto el propietario, William Desmond Taylor, famoso director de películas de éxito como la saga de Tom Sawyer (1920).

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En la casa había mucha gente: dos ejecutivos de la Paramount Pictures quemaban documentos en la chimenea, la actriz Mabel Normand revolvía cajones, el mayordomo Henry Peavey lavaba platos en la cocina, unos hombres sacaban cajas de botellas de licor por la puerta de atrás (era la época de la prohibición de consumo de alcohol en los Estados Unidos).

En medio del salón, el realizador boca arriba.

De pronto, un hombre se presentó como médico, hizo un reconocimiento del cadáver y diagnosticó muerte natural por hemorragia estomacal.

Los presentes también certificaron que Taylor sufría de trastornos gástricos que combatía con magnesia.

No obstante, cuando levantaron al muerto para trasladarlo, se descubrió que tenía una bala del calibre 38 clavada en la espalda.

La investigación fue muy complicada y confusa. Aparecieron indicios que sugerían que Taylor podía estar haciendo chantaje a un montón de mujeres de las que conservaba muestras de ropa interior, o bien ser víctima de chantaje debido a las orgías que se celebraban en aquella casa o a su relación con una actriz menor de edad: Mary Miles Minter.

Pero la industria de Hollywood tiró de todos los hilos de que disponía, presionó al fiscal e interrumpió la investigación.

Cuarenta y cuatro años después, en 1966, al famoso director de cine King Vidor se le ocurrió hacer una película sobre el «caso William Taylor». Inició por su cuenta las indagaciones alrededor de lo que había sucedido…

Y descubrió a la asesina.

Era Charlotte Shelby, madre de Mary Miles Minter, la actriz menor de edad que estaba liada con William Taylor.

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King Vidor no llegó a realizar el film porque habría descubierto la implicación de muchos amigos suyos en aquella sórdida historia de chantajes, orgías, drogas, alcohol y violaciones. 

EL HIJO DE LINDBERGH

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El 3 de abril de 1936, Richard Hauptmann fue ejecutado en la silla eléctrica de la cárcel de Trenton, New Jersey, como culpable del secuestro y asesinato del hijo del aviador Charles Lindbergh.

Tal vez todo comenzara otro día de abril, catorce años antes, cuando un Lindbergh de veinte años hizo su primer vuelo en un biplano. Muy aficionado a los aeroplanos, el 20 de mayo de 1927 fue el primer piloto que atravesó el Atlántico, cubriendo la distancia entre Long Island y París en 33 horas y con un avión Ryan NYP de un solo motor llamado Spirit of Saint Louis.

El primero de marzo de 1932, Lindbergh vivía en una mansión aislada próxima al pueblo de Hopewell, New Jersey, con su esposa Ann y su hijo Charles August de veinte meses.

Aquella noche, desde el salón del piso de abajo, el matrimonio oyó un estrépito de madera que se rompía en el jardín. Una rato después, la niñera descubrió que el niño había desaparecido.

Contra la pared, afuera, encontraron una escalera de mano con alunos escalones rotos.

Al día siguiente, llegaba una nota pidiendo rescate. Después de muchas negociaciones, el 3 de abril, los Lindbergh pagaron  50.000 dólares en billetes patrón oro.

El 12 de mayo, dos camioneros encontraron entre unos matorrales el cadáver del pequeño Charles August en estado de putrefacción.

Tuvieron que pasar dos años antes de que, en 1934, un hombre pagara 10 dólares en una gasolinera con un billete patrón oro. El propietario del establecimiento, extrañado, anotó el número de la matrícula del coche.

Así fue cómo el FBI llegó hasta el carpintero Richard Hauptmann.

Durante el juicio, quedó claro que el niño había muerto la misma noche del secuestro, cuando se rompieron los peldaños de la escalera de madera que el secuestrador utilizó para colarse dentro de la casa y él y el niño que llevaba en brazos cayeron al suelo del jardín desde una altura considerable.

Lo que nunca quedó claro fue si Hauptmann había actuado solo o con algún cómplice del interior de la casa. Tres años después de aquel primero de marzo, la descarga de 2500 voltios acabó con la vida del carpintero al que lo traicionó la madera.

 

UNA BELLÍSIMA PERSONA.

ImatgeEsteban Romero Sánchez era (es) lo que se dice una bellísima persona. De esas que, cuando los vecinos se enteran de que ha cometido un doble asesinato estremecedor, aparecen en la tele diciendo «¡No lo puedo creer!  ¡Pero si era una bellísima persona!».

Había sido dependiente de unos grandes almacenes de Barcelona y dejó su trabajo porque se había enamorado de una de sus compañeras y la administración de la empresa no permitía que los empleados se casaran entre ellos. Se fue a otros grandes almacenes, rompió su relación con la causante del traslado y se casó con otra compañera de trabajo. Tuvieron dos hijas preciosas.

Tal vez su peor error fue el de abandonar este otro trabajo poco pagado pero seguro para dedicarse a la venta de pisos bajo la promesa de que se iba a hacer de oro con las comisiones espléndidas que obtendría por cada venta.

No obstante, corría el año 1978, época de transición, hacía poco que había muerto el dictador Franco, se estaba discutiendo en las Cortes la nueva Constitución Española y, con todo el mundo a la expectativa de lo que pudiera pasar, se vendía poco.

Esteban Romero Sánchez veía pasar los meses sin vender ni piso ni aparcamiento y se iba endeudando y endeudando y su angustia aumentaba y aumentaba.

El día 17 de septiembre entró en el vestíbulo del edificio de la avenida del General Mitre donde él tenía instalado su despacho la señora Francisca Massoni Sans. Mientras visitaban el piso muestra, la buena mujer dudaba si comprar un piso o no, o comprar dos o no comprar ninguno, y no cesaba de hablar de la inmensa fortuna que tenía en el banco y de lo buenas que eran sus hijas queridas.

Siguiendo un impulso que jamás se puso explicar, en el aparcamiento en obras, Esteban Romero Sánchez agarró un pesado mazo que los albañiles habían olvidado y golpeó a la señora Francisca Massoni en la cabeza hasta matarla.

Luego, llamó a una de aquellas hijas queridas y pretendió fingir un secuestro.

«Si me pagan dos millones de pesetas, soltaré a su madre.» No le sirvió de nada, porque no le hicieron caso. Exaltado, él llegó a recriminar a la hija lo poco que quería a su madre, «parece mentira, con lo buena que es y lo bien que habla de usted», y terminaron regateando. Él ya se conformaba con quinientas mil pesetas, la hija le ofreció doscientas mil. «Por ahí ya no paso», dijo Esteban Romero Sánchez. Y le colgó el teléfono.

El dia 9 de octubre, volvió a intentarlo con un niño. Esteban Romero Sánchez asesinó a Rafael Morante Estévez, de 9 años, lo enterró en el mismo vertedero donde había enterrado a su primera víctima y pidió rescate a la familia como si lo hubiera secuestrado.

En aquella ocasión, una importante operación policial terminó con la detención del asesino.

Estos hechos tal vez no hubieran tenido ninguna trascendencia histórica de no ser porque en aquellos momentos, durante la redacción de la nueva Constitución, se estaba debatiendo el punto de la abolición de la pena de muerte. Los partidarios de la llamada pena máxima se agarraron a este horrible incidente para defenderla en una campaña sin escrúpulos. Se hizo muy famoso el llamado «Asesino de Mitre» y algunos periódicos publicaron en primera plana imágenes espantosas de los dos cadáveres, se crearon debates en radio y televisión y todo el mundo acabó hablando de Esteban Romero Sánchez, «Dios mío, si siempre me había parecido una buena persona».

Salvó su vida por los pelos. Eliminada de la Constitución la pena de muerte, en el juicio le cayeron dos penas de treinta años, de los cuales cumplió 20. Salió en libertad en 1998 y ahora posee un modesto negocio en algún lugar ignoto de España. 

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