Andreu Martín

Blog del escritor Andreu Martín

Fragmento de Si hay que matar, ¡Se mata! 

A Esquius le han dado un golpe y lo han dejado sin conocimiento.

[…]
A continuación, todo se volvió tan confuso que no sabía si lo vivía o lo soñaba.
Abrí los ojos cuando Octavio me decía «¿Me oyes, Esquius?» y movían sin contemplaciones mi cuerpo para depositarlo sobre una camilla. Yo quería decir que no hacía falta que me trasladaran a ninguna parte en camilla, que podía caminar, que no pasaba nada, pero no me salían las palabras y nadie parecía dispuesto a hacerme caso.
Salimos disparados, como huyendo de un incendio, a una noche negra llena de luces amarillas y azules de ambulancias y coches de policía y, cinco minutos después, viajaba a toda velocidad, envuelto en atenciones, solicitud y una sirena desquiciante.
Los médicos, o las enfermeras, o lo que fueran, se empeñaban en hacerme preguntas absurdas («¿Cómo se llama?», «Dónde vive?», «Cuántos dedos hay aquí?», «¿Qué oficio tenía su padre?») y Octavio, como si hubiera perdido contacto con la realidad, no dejaba de repetir que no pasaba nada, que no pasaba nada.
En Adiós, muñeca, del maestro Chandler, a Philip Marlowe, que en aquellos momentos debía de tener unos treinta y cuatro años, le dejan sin sentido de un porrazo al final del capítulo noveno, y le pegan una paliza al final de capítulo veintidós, y le tumban de un culatazo en el capítulo veinticuatro, y le drogan en el veinticinco. Y él se limita a decir «Vale, Marlowe, eres un tío resistente, metro ochenta y cinco de hierro forjado, noventa y cinco quilos en pelotas. Todo músculos y mandíbula irrompible. Puedes encajar lo que haga falta.» Y, como aquel que despierta de la siesta, se moja un poco la cara y se va tan contento, dispuesto a recibir alegremente el siguiente correctivo. En la realidad, si has perdido el conocimiento, la gente se lanza sobre ti como los preparadores sobre el púgil en el rincón del ring, entre asalto y asalto, y te tratan como si fueras de porcelana china.
Yo intentaba decirles que estaba estupendamente, como el borracho que dice que está perfectamente sobrio mientras babea a cuatro gatas. Si no me sostenía en pie, era por una simple cuestión motriz provocada por el golpe y el susto y, si me permitían ir al hotel a dormir un poco, al día siguiente estaría como nuevo.
Me llevaron al hospital de Basserra. Allí me hicieron un TAC, y me tomaron radiografías, y me miraron el fondo del ojo, y me volvieron a preguntar cuántos dedos me enseñaban, y siempre me enseñaban tres, y me hicieron andar con los ojos cerrados y, por fin, me encerraron con Octavio y Griselda en una habitación donde había una cama y me prohibieron terminantemente que durmiera durante las cinco horas siguientes.
Me pareció que me sometían a una especie de tortura. La tortura del sueño. Lo que más necesitaba, en aquellos momentos, era echar una cabezada y ellos me ponían frente a una cama y me impedían que durmiera. Y, además, me lo impedían Octavio y Griselda, dándome conversación. […]

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